Han pasado unas semanas desde la edición del séptimo álbum de estudio de Wilco y, tras verlos en directo en el magno marco del Auditori de Barcelona, ya estoy en condiciones de contestar a la pregunta que yo mismo me planteaba en la crítica de “Wilco (The Album)” en estas mismas páginas. ¿Se han acomodado Wilco? Definitivamente sí. Y como prueba de cargo el narcótico concierto que protagonizaron anoche. Uno, que ya de entrada no es nada amigo de presenciar conciertos que se suponen de rock en marcos nada adecuados para este tipo de acontecimientos, salió del asfixiante auditorio barcelonés (¿olvidaron encender el aire acondicionado?) con la sensación de que una cosa es el rock americano y otra muy distinta un concierto de cámara, a pesar de que el repertorio esté plagado de medios tiempo y la predisposición del público sea igual de reverencial en ambos casos: había gente que parecía esperar que en cualquier momento San Tweedy empezara a levitar sobre sus cabezas. Y es que si comparamos esta actuación de la banda de Chicago con la protagonizada en la sala Razzmatazz hace una par de años, sin duda me quedo con la del Razz. Y no es que el repertorio (basado en sus cuatro últimos trabajos) no fuera interesante para cualquier fan de la banda (sonaron, entre otras, la nueva “Bull Black Nova”, “Jesus etc”, “At Least That’s What You Said”, “Shot In The Arm”, “Impossible Germany”, “Heavy Metal Drummer”, “Via Chicago”, “Hate I Here”, “Walken, I’m The Man Who Loves You”, “The Late Greats”, “Hoodoo Voodoo” o “I’m A Wheel”) pero sí es verdad que el ritmo fue demasiado apocado, falto de chispa, tensión o garra, cualidades que se le suponen al folk-rock a no ser que se quiera añadir el calificativo de adulto en el proceso. En definitiva, el concierto se presentó como una ocasión imprescindible para los seguidores de la banda que deseaban a toda costa una demostración de precisión, pericia y técnica instrumental, pero insoportable para nadie que no conozca sus canciones al dedillo y no sea un joven viejuno prematuro.