El festival urbano Villamanuela afrontaba en esta edición una redimensión del proyecto, eliminando el peregrinar de los asistentes por diferentes salas de Malasaña y evitando al mismo tiempo los problemas de aforo que esta fórmula provoca. Es cierto que a partir de las 23:00h., cuando los cabezas de cartel ya se habían retirado de Barceló, se abrían tres escenarios diferentes para la madrugada, cada uno con su línea específica. Pero en líneas generales Villamanuela ‘17 se recordará por su comodidad y también por su apuesta por pagar deudas con la vieja guardia del art-rock en sus diferentes variables. En algún caso, incluso tuvimos la sensación de que la presente había sido nuestra última oportunidad de ver sobre el escenario a alguno de los artistas del cartel, lo que inevitablemente nos dejó con un sabor de boca agridulce.

Simon Crab

Empezó la jornada del viernes en Barceló con la presencia sobre el escenario de quien fuera componente de los industriales Bourbonese Qualk, Simon Crab. Como a tantos otros de su generación el salto de lo analógico a lo digital ha tenido un efecto no siempre favorecedor en su música. Parapetado detrás de un portátil y puntualmente incorporando líneas de guitarra a la mezcla, en 2017 la música de Crab se sitúa en una peligrosa tierra de nadie, alejada de la ferocidad y la violencia que definió su proyecto de juventud y sin entregarse del todo a un género, el de la música de baile, que le es ajeno. El resultado de ese moverse en territorios fronterizos es una serie de composiciones de aires orientales que en Villamanuela llevó a cabo con la ayuda de una batería incapaz de cuadrar un golpe de caja a tiempo. Sí, bastante decepcionante.

Afortunadamente todo lo contrario que la reencarnación de This Heat oficiada por los dos Charles, Bullen y Hayward (este último en la foto que comanda el texto), en compañía de Daniel O’Sullivan (bajo y teclados), Alex Ward (guitarra y clarinete), Merlin Nova (la hija de Hayward, voz y violín) y Frank Byng (batería). Una formación que no tiene absolutamente nada que ver con la original y que, a priori, podría plantear dudas sobre la maniobra de exhumación de las canciones del mítico trío londinense. Nada más lejos. Las canciones de This Heat son, casi cuarenta años después de su concepción, un lienzo si no en blanco sí abierto a recibir nuevas capas y texturas. Y el mejor ejemplo de ello tuvo lugar cuando tras arrancar el concierto con Horizontal Hold Charles Bullen rompió la sexta cuerda de su guitarra y se dispuso a cambiarla con toda la calma del mundo, ausentándose durante un par de temas. En otro contexto y de haber estado en frente otros músicos, que el guitarrista principal abandone el escenario se convertiría en motivo más que suficiente para que la banda no pueda seguir tocando. Sin embargo This Is Not This Heat afrontaron la ausencia como si tal cosa y, lo que es más importante, el público apenas llegó a notar la ausencia de Bullen durante esos temas.

Charles Bullen de This Is Not This Heat

Los días antes del concierto el propio Bullen me explicaba por teléfono que él y Hayward eran muy conscientes de las expectativas del público, y que no estaban dispuestos a defraudarlas. En directo ese compromiso  se convierte en un repaso de las composiciones más ortodoxas de This Heat, aquellas que mejor encajan en el concepto de un concierto rock (experimental, de acuerdo, pero rock a fin de cuentas): Twilight Furniture, A New Kind Of Water, Cenotaph, Makeshift Swahili, The Fall Of Saigon, Paper Hats, S.P.Q.R., la psicodélica Sleep y Health And Efficiency. Todas ellas adaptadas para la ocasión con constantes juegos vocales entre los seis componentes de la banda, virtuosos que, efectivamente y tal y como ya habían anunciado Hayward y Bullen, son en buena medida responsables de esta reinvención sonora del legado de This Heat que a su vez es escrupulosamente respetuosa con el pasado. Ya para cerrar sonó un 24 Track Loop en el que el sonido del sexteto mutó súbitamente en electrónico para dejar claro cuál es la deuda que Tortoise y muchas de las bandas que aún hoy consideramos avant tienen con This Heat. El concierto supuso el reencuentro con una banda capital que, tal y como ya habían anunciado quienes tuvieron la suerte de verles en otras citas previas en Primavera Sound o fuera de nuestras fronteras, resultó tan estimulante como emocionante.

Spectrum

El sábado el reparto de minutos entre Spectrum y Pere Ubu de alguna forma sugería la doble condición de cabezas de cartel de ambos. Pete Kember se presentó en Madrid acompañado de un guitarrista que le dejaba las manos libres para manejar los secuenciadores, sintes y, en algún momento que otro, su propia guitarra eléctrica, además de poner voz de la manera más voluntariosa posible a sus propias composiciones. Es un caso curioso, hasta extraordinario si se quiere, el del proyecto de Pete Kember: lleva sin publicar disco una década (aunque no pongo la mano en el fuego por esta afirmación, teniendo en cuenta que desde hace tiempo sus lanzamientos se han movido en el infraunderground). En cualquier caso eso no ha impedido que de un tiempo a esta parte Kember visite regularmente Madrid acompañado de diferentes músicos y un repertorio que repasa sin demasiado orden su carrera como Sonic Boom, al frente de Spacemen 3 y, por supuesto, en Spectrum. Básicamente eso volvió a ser su paso por el Teatro Barceló, un tripi más o menos cósmico, más o menos stoogiano, que inevitablemente se animaba en momentos legendarios como Let Me Down Gently o ese broche final con Big City.

David Thomas de Pere Ubu

En una entrevista previa a su concierto de Villamanuela David Thomas explicaba que la formación de Pere Ubu Moon Unit (compuesta por Keith Moliné a la guitarra,  Darryl Boon al clarinete, Gagarin en la electrónica y Andy Diagram en la trompeta) “cambia el set cuando algo no funciona como debiera. Somos nosotros quienes marcamos las reglas, así que podemos hacer lo que nos venga en gana”. Demasiadas cosas funcionaron de forma extraña o directamente “mal” el sábado en un concierto cuyo repertorio tuvo en Carnival Of Souls su álbum troncal: problemas de Gagarin con su equipo que arruinaron un par de temas para desespero del jefe, un accidentado arranque por parte de Moliné de Monkey Bizness,… Así las cosas, toda la atención recayó en un Thomas de humor variable que sacó a relucir su faceta de showman hasta extremos que van más allá de lo que a él mismo le hubiera gustado. El broche final a un show caótico y desconcertante, que casi siempre salvó la magnífica sección de vientos compuesta por Darryl Boon y el Two Pale Boys Andy Diagram, lo puso ese estremecedor momento en que al retirarse del escenario Thomas era incapaz de levantarse por sí solo de la silla desde la que había ofrecido el concierto. Un auxiliar de la sala le ofreció ayuda y Thomas la despreció furioso, para finalmente ponerse en pie con muchísimo esfuerzo y moverse hasta la puerta de camerinos donde cayó desplomado ante la mirada preocupada de sus músicos. Una escena tristísima con la que emprendimos el camino de salida y que por desgracia quedará grabada en nuestra memoria tanto o más que los momentos de buena música que nos ha dado este Villamanuela 2017.