Es inmenso el peso que sostiene Rosalía en la gira de presentación en directo de un álbum como Los Ángeles. Pese a su larga formación flamenca, sigue siendo admirable ver a alguien tan joven enfrentándose a ese conglomerado de palos que exigen una entrega plena a nivel emocional, una gran precisión técnica y un cuidadísimo trabajo vocal. Más aún, cuando tu propuesta escénica se basa únicamente en un espectáculo minimalista. En el que se prestan de lleno a los silencios, y se apoyan en el juego de luces, para lograr una experiencia clásica y delicada.

Junto a Raül Refree, productor del disco, en el directo Rosalía se introduce en su propio mundo, apuesta por la introspección, asume cada una de las historias de Los Ángeles como suyas propias, se aísla y las cuenta al público sin darle importancia alguna al número de asistentes o la repercusión que pueda tener cada uno de sus encuentros. Subirse al escenario es una pieza más del complejo engranaje que ha construido para hacernos entender hacia dónde piensa desarrollar su arte. Y esto, quieras o no, termina construyendo una barrera fría y algo distante con respecto al público. A pesar de la dureza de algunos testimonios de Los Ángeles, en el directo Rosalía no logra transmitir la desesperación, fuerza o emoción; necesaria para una temática como es la muerte. Ella es más delicada y elegante que sus historias. Y sí, aún está un poco verde como interprete en cuanto a gestos o presencia escénica. Pero, lo que no se le puede negar es su gran personalidad en la voz. Su quejío tradicional y su contundente timbre llenan la sala.

Los mejores momentos de Rosalía se producen cuando libera por completo su voz, dejándola al margen de demasiadas florituras y llevándola a crecer frente a la guitarra de Raül. Pero claro está que no siempre es así. Piezas como la famosa milonga La hija de Juán Simón la pusieron contra la espada y la pared a su paso por el mítico Teatro Lara de Madrid de la mano de SON Estrella Galicia y le obligaron a luchar para salir lo mejor parada posible de las dificultades vocales que propone el tema. El público se dio cuenta de ello, por supuesto, y la respuesta de los asistentes fue una gran ovación de apoyo .

“Bueno, buenas noches”, soltaba a tres temas de clausurar el espectáculo, sin haber hablado antes ni una sola palabra que no fuera “Gracias” y despertando una carcajada general entre los asistentes. “Me gustaría dar las gracias a Raül por compartir esto conmigo (silencio y gran ovación) y una vez más gracias a todos vosotros por estar aquí esta noche con nosotros”. Y es que parte del éxito del directo de Rosalía reside en un Raül Refree entregado por completo a la labor de hacer relucir la voz de la cantaora, en servir de apoyo y realizar un trabajo con la guitarra impecable y emocionante. Ya le hemos visto a Raül previamente dejarse la piel sobre el escenario con otros proyectos, y es cierto que con Los Ángeles le observamos mucho más contenido. Aún así, como hemos explicado, es bonito ver a un músico entregarle todo su talento a su compañera para que ella se sienta completamente segura y brille sobre las tablas.

“¿Qué os parece terminar con una saeta? Bueno, en realidad lo he dicho mal porque si digo saeta y luego alguien se espera eso igual la lio. Algo que se parece a una saeta mejor”, comentaba tras el bis presentando El redentor. A estas alturas ya habíamos disfrutado de Rosalía desenvolviéndose entre tangos, alegrías, malagueñas y así hasta un largo etcétera. Entregar su voz a otro palo diferente no hizo más que hacer más grande aún nuestro interés por ver cómo se defiende la joven en cada propuesta. Eso sí, al igual que pasa en el álbum, tras ésta cerró el concierto con la versión del I See A Darkness de Bonnie ‘Prince’ Billy y nos dejó con un sabor de boca un poco agrio. Nos gusta más la Rosalía de voz pasional, de discursos desoladores, en español, y que, a base de jugar con los espacios y el tremendo respeto entre voz y guitarra, construye una propuesta cargada de una belleza especial.

No es la primera vez que Rosalía se enfrenta al gran público, pero sí que es la primera vez que defiende un álbum tan ambicioso en directo, una propuesta que marca un antes y un después en su carrera. Estamos seguros de que la madurez, la propia vida, le acabará dando la experiencia escénica que necesita, esas heridas de guerra que le harán pisar las tablas con mucha más fuerza y le enseñarán a saber contar historias desde el alma, pero sin olvidar algo tan fundamental como es que el público termine sintiendo esas historias como suyas propias y no como relatos completamente ajenos.