El pasado lunes 15 de mayo se rendía culto en el WiZink Center a la conocida Movida Madrileña, y se hacía por todo lo alto: contando con un cartel de bandas excepcional, entre las que constaban Pistones, Miguel Costas, Immaculate Fools, Nacha Pop, The Stranglers y Echo & The Bunnymen. Grades mitos de los tardo setenta y los ochenta que hicieron las delicias de todos los allí presentes. Distintas generaciones se dieron cita en un antiguo Palacio de los Deportes que fue goteando gente de forma progresiva, hasta contar con un considerable número de asistentes.

El evento fue inaugurado por dos de los disc jockeys originales de la sala Rock Ola, Pepo y Magín, que se encargaron de salpimentar con éxitos de la época los inevitables vacíos que se originan durante el cambio de backline. A poco más de las siete de la tarde, el célebre periodista musical Jesús Ordovás nos daba la bienvenida, guiándonos por la senda de bandas que marcarían la ruta de este evento.

Los primeros en salir al escenario fueron los madrileños Pistones. A pesar de las contingencias que implica el hecho de inaugurar el cartel de un festival, Pistones resultaron más que convincentes, atacando con un repertorio anclado en el recuerdo, un tanto exiguo pero directo, deleitándonos con temas como “Persecución” o la emblemática “Lo que quieras oír”. Tras ello Miguel Costas, el mítico fundador de una de las formaciones gallegas más insurrectas de todos los tiempos, Siniestro Total, inundaba el escenario con su nuevo proyecto Miguel Costas Band. El gallego apostó por lo seguro, grapando temas de Siniestro Total en el corazón de los presentes, que no dudaron un segundo en desnudar su entusiasmo y corear al artista. Rock puro y duro exento de pudor alguno. Posiblemente, la guinda de su repertorio la marcó la inigualable “Bailaré sobre tu tumba”.

Pasados unos minutos de vacío que fueron revestidos con temas de Chameleons y The Cure, el señor Weatherill, miembro fundacional de Immaculate Fools, aparecía acompañado por un ejército de músicos gallegos con los que tocaría clásicos básicos de su primera etapa, aportando un sonido renovado a la par que resolutivo. El repertorio fue muy escaso, sin embargo los temas escogidos calaron en la fibra sensible del respetable. “Come Tomorrow” o el tema que da nombre al grupo se encargaron de pontificar a una banda renovada que sabe retar al ineluctable transcurso del tiempo.

Posiblemente, y de forma un tanto paradójica, Nacha Pop fuera el conjunto que menos convenció de toda la plétora de bandas. A pesar de que contaban con un buen grupo de acólitos, la inexcusable ausencia de Antonio Vega hizo que la reciclada agrupación sonase de manera diferente, ofreciéndonos el mismo guiso en otro plato. No faltaron emblemas como “Grité una noche” o la conocida por todos “La chica de ayer”.

Afortunadamente, los míticos progenitores punk The Stranglers supieron aportar una buena dosis de agresividad y nervio a la noche. Asestaron constantes puñaladas de sonido pertenecientes a sus primeras correderas compositivas, autocoronándose con el imprescindible “No More Heroes”. “Always The Sun” fue el tema más sosegado de un repertorio que en su totalidad estuvo cincelado por el nervio punk de su primera etapa. La noche empezaba a cobrar un palpable magnetismo. Stranglers supieron entusiasmarnos a todos, y no era para menos.

El plato fuerte se guardó para el final. La mítica banda de post-punk británico, Echo & The Bunnymen apareció en el escenario de forma fría y misteriosa. Parece ser que Ian McCulloch ha firmado algo parecido a un pacto con el diablo, ya que el vocalista no ha perdido ni una de sus dotes. Con semblante firme y mortalmente serio, escondido tras sus gafas de sol, el de Liverpool empezó a ofrecernos temazo tras temazo. Comenzaron de forma ordenada, abriendo con “Rescue”, el primer corte de la segunda cara de su LP debut, “Crocodiles”. Lo único que puedo reprochar a esta fantástica banda es la funesta idea de solapar temas de otros artistas con los suyos, hábito muy común en sus directos. Entre estrofas y acordes propios podíamos distinguir eventualmente retazos de The Doors o Lou Reed, lo cual, además de desconcertar, te hace perder cierto hilo. El paroxismo se alcanzo con la sepulcral “All My Colours”, interpretada de forma especialmente lúgubre y soberbia. La mítica “The Killing Moon” sonó un tanto deshidratada en comparación con otras actuaciones anteriores. Decidieron poner el punto y final con el corte más representativo de su álbum homónimo de 1987, “Lips Like Sugar”, con el que terminaron de ganarse a la totalidad de ánimas presentes.

El pasado 15 de mayo fue “un día para el recuerdo” en toda su interpretación posible, ya que siempre recordaremos lo que allí se recordó. Algo que muchos no pudimos vivir en su momento, pero que admiramos de la misma manera que los que sí pudieron.