Por mucho que “All That You Can’t Leave Behind” sea un disco irregular y un golpe de timón algo acomodaticio para una banda capaz de jugar con las fronteras del mainstream, los irlandeses U2 siguen estando muy por encima de sus últimos discos. Y muy por encima de las restantes bandas de estadio, esas que mantienen el tipo a duras penas, incapaces de mirar de frente a su propia leyenda. En cambio, U2 pueden mantener la mirada firme, la cabeza alta –y, de paso, los bolsillos llenos- y su orgullo intacto. Porque pocas formaciones de sus dimensiones hubiesen sido capaces de firmar un “Zooropa” o un “Pop” (no cuenten “Achtung Baby” porque a todo el mundo le hubiese gustado dar con un disco así; estamos hablando de trabajos difíciles para su público habitual y con desplantes poco cómodos a su nivel), un “Mofo” o un “Numb”. El caso es que el Elevation Tour ha vuelto a descubrirnos –por si lo dudábamos- que Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr. cuentan aún con la energía suficiente para batallar una buena temporada y para seguir demostrando lo merecido de su reputación. Sin aspavientos, sin limones gigantes, sin shows mastodónticos, casi a pelo, como si de AC/DC se tratase, pillando la directa y protagonizando un concierto de rock como los de sus mejores años. Apenas unas proyecciones (ya saben, celebraban el cuarenta cumpleaños de The Edge) y unas pantallas personalizadas en blanco y negro como único respaldo mientras en ese escenario en forma de corazón (y con los trescientos primeros fans en su interior, como si les estuviesen viendo en un pequeño club), los cuatro irlandeses desplegaban sus canciones una tras otra, evitando incomprensiblemente los momentos más arriesgados de su historial (con “The Fly”, “Zoo Station” o “Discoteque” hubiésemos tenido suficiente), pero dejando claro que el suyo es un directo de los de verdad, aunque a uno le sepa mal aceptar que ahora tenemos a unos U2 excesivamente clásicos (eso sí, por suerte no sonaron “Angel Of Harlem” o “When Love Comes To Town”). No son Madonna, ellos se defienden con una guitarra, un bajo y una batería, porque Bono soportaría el peso de cualquier show a base de carisma (poco importa que los años empiecen a pesarle) y The Edge se basta para captar el resto del interés de los asistentes. Porque pocos principios ha visto el Sant Jordi como ese tour de force, con las luces del recinto abiertas en los primeros momentos, que completaron con “Elevation”, “Beautiful Day” y “Until The End Of The World”. Sonaron también los grandes clásicos (“New Year’s Day”, “Sunday Bloody Sunday”, “Pride”, “Bad” fusionado con “40”…), hubo sorpresas (“Spanish Eyes”, esa “Party Girl” que interpretaron en acústico a petición de un fan), unos bises excelentes (“Bullet The Blue Sky”, “With Or Without You”, para acabar con la gris “Walk On”) y momentos entrañables (dedicaron “Kite” al padre de Bono, “In A Little While” a Joey Ramone –no volveré a contarles el porqué-), aunque a uno le quedó algo grande el exceso de piezas de su último largo (en todo caso, a eso se le llama presentar un nuevo disco y, vista la respuesta, tampoco creo que les importase demasiado). PopMart, Zooropa, Elevation… algunos de los grandes momentos de la historia del rock.