La gente vapea más que fuma y el sistema contactless funciona sin incidentes. Los conciertos están llenos de lugareños que, para bien, no parecen pudientes. Se cuentan por miles, y vienen a sorprenderse; con precios mundanos, se llenan los escenarios, carajo. Todos acuden como ludópata al bingo, con deseo pero sin certeza, y aceptan con agrado el house de suburbio de Kiddy Smile –y sus bailarines meneándose como culebras– y la psicodelia otomana de Altin Gün.

Más del porvenir. El pop británico ya no es cosa de plumillas privilegiadas, y los hay que encandilan por lo que antes se consideraban tachas. En el caso que nos ocupa, por la concentración –extrema– en el mundo interior. Ese mundo interior se llama autismo, pero nadie pregunta o se extraña de más con Daniel Wakeford, líder de Daniel Wakeford Experience (abajo en la foto). Al contrario. Si se embarulla con la letra, el respetable aplaude. Que no estamos en la ópera. Entre los embelesados, Jean Louis Brossard, el director del tinglado.

El día de mañana, la música popular lo engulle todo con una pátina ruidista. Incluso lo arcade. Ya no es extraño zamparse timbres agudos y chistosos de videojuego en horario de club. El nuevo techno iluminado lo hace Kirara, que en directo se endurece y escupe glitch, sampleos que amasa con ABBA o Michael Jackson. En su habitación, eso sí, abraza el K-pop, como demuestra “Km” (17). No es la única con la vara de mando en la pista.

Ahora son ellas las que mandan a los platos: Zamilska (Polonia) y su electrónica post-industrial; Josey Rebelle (Inglaterra) y su disco-music oscura, Rezz (Canadá, en la foto principal) y su EDM estridente; o Ylia (España) y su techno noventero. Precisamente el remember bigbeat de la alicantina cautivó a los franceses, pese a la hora (23h); la del té, si hablamos del programa normal de una sesión de electrónica. También arremetió en el arranque del festival, y con aplomo de veterana, Sama’, una pinchadiscos palestina –la primera– que ha hecho de la música de baile un refugio en fuego cruzado.

Mismo caso, los bits que explican injusticias, el de Hello Psychaleppo. El joven Samer Saem Eldahr lleva el grito a sus platos. Bases de música árabe de distinto pelaje se sumergen en su mezcla, que salpimenta con drum’n’bass. No es el único que piensa que mirar hacia adelante es irresponsable si antes no se ha hecho hacia atrás. Lo demuestran los colombianos El Leopardo o Mitú, que recurren a sus abuelos para componer, y para ensoñarse. También los hay que parecen no tener patria, como el vitaminado Gily Galo y su jazz, reggae y soul. Todo soft. En amárico, hebreo e inglés. Chayanne etíope.

También marcan el ritmo, aunque de forma mucho más orgánica, las House Gospel Choir: una veintena de cantantes que reviven el disco pero entrelazando sus voces en armonías maestras. Mucho más mestizo, el impactante quinteto afroamericano Tank and the Bangas (arriba en la foto). New Orleans en 2040 sigue siendo un lugar fantástico.

El futuro se sucedió el pasado fin de semana en Rennes, en el 39 Rencontres Trans Musicales. Hasta 60.000 personas lo secundaron, pese a la lluvia; sí, todavía llueve el día de mañana. Una última cosa: en lo venidero, el trap es pasado. Aunque, si estuviésemos en 2017, los reyes del género serían los franceses Columbine: chulería, coreografías de boy band y espíritu punk. Casi sin vocoder. Dab, o lo que lo pete en el futuro.