En un hipotético sondeo sobre bandas para protagonizar un concierto en sesión vermú, lo más probable es que Tortoise no obtuviera ni un voto. Pero he aquí que, en una apuesta no exenta de riesgo pero que a la postre se saldó con buena nota, las matinales de los Conciertos Sublimes se han estrenado, coincidiendo con la festividad de San Isidro, con el quinteto de Chicago, pionero de lo que se dio en llamar post-rock hace casi 20 años y que aún sigue en la vanguardia, por mucho que las etiquetas se consuman desde entonces a velocidad de vértigo. Nada que ver con una trayectoria como la suya, tan coherente como esquiva, como certificaron de nuevo a su paso por esta calurosa mañana en Madrid.

Abrió la velada Hyperpotamus, con su voz convertida en orquesta, superado ya el concepto de curiosidad para convertirse en una manera de hacer que, al margen del virtuosismo técnico de la propuesta, se ha enriquecido con el tiempo, dejando que las melodías marquen la pauta. Desconcertante a veces y siempre divertido, aún más en directo. Después, decíamos, era el momento de Tortoise, reuniendo a seguidores de siempre y también a algunos recién llegados a un discurso que no es exclusivo suyo, pero que sin duda ellos han manejado y manejan con absoluta seguridad, lo que en ocasiones -así ocurrió en el primer tramo del concierto- deviene en cierto distanciamiento, mientras su música va tomando cuerpo y se debate entre el minimalismo y la herencia rítmica de Can, abrazando un racionalismo matemático que escapa deliberadamente de las emociones. Un presupuesto estético que es bien conocido de antemano y que, aun manteniéndose fiel a sí mismo, salta por los aires cuando Jonh McEntire y John Herndon emprenden un soberbio mano a mano en la batería, firmando un capítulo para el recuerdo. Más allá del repertorio, de “Seneca”, “Glass Museum”, “Crest”, “Charteroak Foundation” o la abrumadora “Swung From Gutters”, el directo de Tortoise impuso su ley sin hacerlo por aplastamiento (al contrario de lo que sí había ocurrido en anteriores visitas), con la sensación de que por momentos aún podría ampliar más su campo de batalla, pero en todo caso certificando que su presente, sin nuevo disco desde el irregular “Beacons Of Ancestorship” (2009), es el de una banda que difícilmente volverá a estar de moda, pero que sigue siendo necesaria.