Conocido de la afición por su paso, y el de su contrabajo, por grupos como Dead Capo, Ginferno o, en la actualidad, Forastero, Javier Díez Ena es mucho más que un músico: es ese científico loco que, en la soledad de la noche, lleva años investigando sobre algo que, quizás él no lo sepa, hará mucho más feliz a la humanidad. Porque, como ha dicho el propio Díez Ena en alguna ocasión, parafreseando a la thereminista Clara Rockmore, la música del theremin no es para asustar a los niños sino para hacer música. Nuestro protagonista lo ha conseguido: verle en un concierto manejando dos theremines y cantidad de pedales con los que crear, por momentos, la sensación de una banda al uso, es todo un espectáculo.

Una de las obsesiones del músico zaragozano es despojar al invento de Lev Serguéyevich Termén de la fama que se creó, en los años 50 y 60 del siglo pasado, de ser un instrumento de y para la ciencia-ficción. Por eso, en “Theremonial” (Beat Generation-Ale Hop! 17), disco que se presentaba en el Teatro del Arte, hay mucho más que “música de efectos especiales”.

La cita comenzaba cien por cien china con “Roll Li Ning Roll”, homenaje al gimnasta y fabricante de ropa deportiva. Sonidos orientales creados con dos manos que no tocan, casi nunca, los instrumentos a los que sirven. Además, Javier Díez Ena, como reconocería en más de una ocasión a lo largo del concierto, es un enamorado de la cultura tiki. Por eso, en “Mai Tai Break”, “Waikiki Spleen” o “Sunny García”, oda al surfero hawaiano, recoge el thereminista las reminiscencias de los sonidos del Pacífico.

Quiere Díez Ena, gracias a “este sistema armónico de Marte”, rendir tributo a la capital alemana en “Berlin Ghost Opera”, o pasear comiendo pierogis por las calles de “Cracovia Afterdark”. En uno de los momentos cumbre de la velada, se atreve a tocar los dos theremines a la vez, algo complejo por las intereferencias, según explicaba, de los campos electromagnéticos de ambas máquinas. El experimento mereció la pena. Así, con la boca abierta en muchos de los que concurrían, llegaba para clausurar la noche una peculiar versión del “Caravan” de Duke Ellington, donde Javier empezó siendo el músico norteamericano y acabó ungido por un espíritu scratch: DJ Ena por la gracia de Léon Theremin.