En la juventud lo que uno se espera es tener ese punto de descaro y derroche de energía a raudales que proporcionan las hormonas en constante ebullición. Cuando en 2013 The Strypes presentaron su primer disco, “Snapshot”, siendo casi unos imberbes, cumplieron con creces esas expectativas, con un trabajo que recogía las influencias del blues garajero, el rock ‘n’roll, el rhythm & blues y el pub rock que se hacía en los setenta en Inglaterra con bandas como Dr. Feelgood o Kilburn and the High Roads, entre otras. Esa exaltación juvenil la guardan intacta: han traspasado la veintena y siguen estando exultantemente frescos. Su tercer disco de estudio, “Spitting Image” (17), es su vuelta a las raíces después del anterior “Little Victories” (15), donde se abrieron estilísticamente a otros aires un poco más actuales, pero que no tuvo la pegada y la atención que se esperaba.

En su fin de gira europea, en Barcelona, la primera ráfaga de disparos que tenían en su arsenal llegó con la versión del “Rollin’ and Tumblin” de Hambone Willie Newbern, con un Ross Farrelly  desgañitándose a viva voz a escondido debajo de sus gafas de sol Wayfarer -que no se quitó en todo el concierto- y sacando notas punzantes de su armónica. Mientras, el bajista Pete O’Hanlon parecía tener el baile de de San Vito y formaba una contundente base rítmica junto al batería Evan Walsh, e incendiándolo todo estaba Josh McClorey con la cantidad de riffs que sacaba de su guitarra, haciendo que el conjunto sonara de lo más animal y primitivo.

Con una admirable química y conjunción energética entre ellos,  tocaron diferentes canciones de sus tres trabajos como “Eighty-Four”, “Cruel Brunette” o “Hometown Girl”, y paulatinamente fueron apretando el acelerador para al final del concierto, que no duró más de la hora y cuarto, llegar al climax con píldoras vitamínicas como “Mistery Man”, “What A Shame” o “Still Gonna Drive You Home”. Todas ellas coreadas hasta reventar por el público, el cual, en “Scumbag City”, volvió a tener protagonismo cuando los irlandeses lo hicieron sentarse en el suelo para hacerlo brincar posteriormente a base de metralla sonora. Tras un breve descanso, para los bises, tocaron una versión endiablada del “Heart Of The City” de Nick Lowe y se despidieron con espíritu garajero de su primer disco con “Blue Collar Jane”.

El rock no entiende de edades, sólo de espíritu, o lo llevas dentro y lo sientes profundamente, removiéndote todo el cuerpo cuando lo sientes, o parece ser una cosa perdida de otros tiempos. Pero en el caso que nos ocupa, The Strypes lo llevan en lo más hondo de su corazón y eso es lo que hace que hagan vibrar con su música, pareciendo mucho más maduros en cuestiones musicales que por la edad que pone en sus pasaportes.