La última vez que a The Libertines tocar en Barcelona, con esa especie de farola roadie a la guitarra, Carl Barât parecía abrumado por la losa que inesperadamente le acababa de caer encima. Se mostró totalmente incapaz de sugerir nada remotamente justo con las canciones de “Up The Bracket”, nada con una mínima chispa de vida. Pero después de aquello reflexionó, debió hacerlo. Debió decirse a sí mismo Carlos, mira Carlos, hay mucha mierda en todo esto, pero las canciones de The Libertines merecen algo mejor; este grupo merece algo mejor. Imposible girar las agujas en sentido antihorario, The Libertines no serán nunca más esa explosión descontrolada de su primera visita a Razz 3, nunca más dejarán tantas bocas abiertas, tanta adrenalina tras de sí, tanta locura, ni tanta incredulidad como entonces. Pero de ahí a lo de la farola y a las caras desmoralizadas hay un trecho. Un espacio inmenso en el que situar esa circunstancia prolongada que parece ser el nuevo presente de The Libertines. Quizás no sea posible reproducir las descargas de Doherty y Barât cruzándose con los ojos dilatados a la busca de micrófonos que debían intuir más que ver, pero seguro que es posible generar una mínima chispa en unas canciones que vienen siempre de cara. Es posible traer de vuelta parte de la energía de entonces, sin los fantasmas, y con una pizca de la antigua altanería. Es posible sentir y hacer sentir emociones de nuevo. Es posible demostrar que The Libertines son el grupo que mejor juega con los cambios de ritmo y los parones. Y finalmente es posible sudar y hacer sudar, dejar un millar de cuerpos como si acabaran de salir de una piscina. Todavía poseen esa grandeza. Aunque, ciertemente, más sudaban antes, y no era verano.