En una entrevista previa al concierto de ayer Will Sheff, cantante de Okkervil River, afirmaba que “hay que faltarle el respeto a todo lo anterior para no caer en un egocentrismo complaciente”. En realidad, y por mucho que hayan despertado el interés de un grande como Roky Erickson, el cancionero de la banda de Texas no da para demasiados actos de autocomplacencia y no destaca precisamente por sus desorbitados giros estilísticos. “I Am Very Far”, su disco de este año, apenas se desmarca de los Okkervil River de siempre para dotar a su rock de raíces de unas gotitas extra de épica, que se hacen más evidentes al trasladar sus canciones al directo. Con Sheff desatado y acaparando buena parte del protagonismo, el concierto arrancó con la banda metida en el papel de E Street Band de bajo presupuesto, interpretando “Wake And Be Fine” y ”Rider”, y acabó solicitando la participación del público (”¡Esas palmas!”) en “Unless It Kicks”, dando que pensar que por mucho que nos salgan espumarajos por la boca cada vez que citamos a U2, para muchísimos grupos de la segunda división internacional lo más parecido a un sueño húmedo sería poder ofrecer una noche, tan sólo una, un show a lo Bono & Cía ante una audiencia entregada y multitudinaria. Entre medias la interpretación de lo más parecido a un hit en su cancionero, “Our Life Is Not A Movie”, fue lo más aplaudido.

The Drums arrancaban el tour de “Portamento” en Madrid, por lo que se supone que este concierto, además de una puesta de largo, venía a ser una especie de campo de pruebas antes de afrontar las plazas más importantes de la gira. El trío había dejado muy mal sabor de boca cuando pasó hace un año por la Heineken para presentar su debut y había curiosidad por ver cómo afrontaban los cambios de formación y hasta qué punto habían sido capaces de adecuar aquella deficiente puesta en escena a esta nueva etapa. Y lo cierto es que han sabido detectar buena parte de sus problemas en directo y ponerles solución con el fichaje de un batería solvente y, por encima de todo, de un bajista que llena todos los huecos y hasta echa una mano con las voces. La consecuencia de todo esto es que Connor Hanwick abandona los tambores para pasarse a las seis cuerdas y Jacob permanece en un segundo plano encargándose de los teclados. Con esta alineación y un Jonathan Pierce más comedido (menos protagonista y, por extensión, menos ridículo) que en sus dos visitas anteriores a España, el grupo gana en contundencia y efectividad, manejando mejor los tiempos y hasta entregándose a alguna interpretación hiperacelerada, casi punk, como la de su nuevo single “Money”. El sonido también se oscurece, algo evidente si nos atenemos a la fría reacción del público cuando el concierto comienza con dos piezas nuevas, “What You Were” y “I Need A Doctor”. Con ese arranque, la expectación general pedía a gritos que caldeasen el ambiente, y efectivamente así fue con “Best Friend” y “Me And The Moon” para, a partir de ese momento, manejarse sin problema pero también sin demasiada pasión saltando de un disco a otro. Porque una vez solventadas aquellas interpretaciones escuálidas del pasado, ese es a día de hoy el mayor de los problemas en los conciertos de The Drums: la frialdad que transmiten los neoyorquinos dificulta que conecten con un público entregado de antemano. Aunque posiblemente todo esto para ti no sea más que palabrería y lo único que realmente te importe saber de cuanto aconteció anoche en el Circo Price fue si finalmente hubo o no hubo interpretación de “Let’s Go Surfing”. Pues no: bis con “It Will All End In Tears” y “The Future” y todos para casa. Con dos cojones.