Adoro tener la oportunidad de seguir la carrera musical de un grupo no solamente en cuanto a sus trabajos en estudio, sino verles evolucionar también año tras año sobre los escenarios. Y empiezo así esta crónica porque el caso de The Drums es muy definitorio en ese sentido. Aún recuerdo el destartalado, alocado e irónico concierto que protagonizaron hace un par de años en el barcelonés Primavera Sound, tomándose la puesta en escena más bien a pitorreo, jugueteando entre ellos, dejando claro que buena parte de lo que escuchábamos eran pregrabados. Ellos lo pasaron en grande, algunos de nosotros también. Sonó “Let’s Go Surfing”. Meses más tarde volví a verles, Jonathan Pierce parecía obsesionado en que cada uno de sus exagerados gestos sobre el escenario llegase a su límite de credibilidad, tirando de la cuerda de cada una de las poses hasta casi romperla. Ahora bien, en conjunto hubo equilibrio. El entretenimiento se dio la mano con un sonido bastante más sólido, más creíble, más válido para defender unas canciones que son bastante mejores de lo que parecen. Lo eran las que tenían en aquel momento y son las que forman parte de “Portamento”. En aquella segunda cita, ellos lo pasaron bastante bien, nosotros también. También sonó “Let’s Go Surfing”. Y así llegamos hasta la puesta de largo oficial de su segundo álbum en Barcelona –no en Madrid, ciudad en la que ya habían estado antes del verano-.
Mucho más público que en ocasiones anteriores, igualmente entregado (el tipo que cantaba a chillidos cada uno de los versos de cada una de las canciones del grupo sería un buen ejemplo), y más músicos en el escenario. Ahora mismo The Drums son un quinteto, lo cual repercute proporcionalmente en que suenen cómo un grupo serio debe hacerlo, precisos, fieles a su fórmula, profesionales y claros. Es evidente que Pierce y Graham han aprendido que, para sobrevivir en este mundo de alimañas, deben dejarse de bromas y sonar como es debido, convencer a todos de que son una banda seria e interesante (algo que son). Solo que claro, eso también entraña sus riesgos. No me cabe duda de que lo han conseguido. The Drums no pueden parecerle a nadie una broma, sobre todo cuando suenan piezas tan redondas como “Best Friend”, “I Need A Doctor”, “Money” o la melancólica “Down By The Water”, pero –y ahora voy a ser lo más subjetivo posible- algunos lo pasábamos mejor aceptando ese desparpajo amateur y ese descaro como parte de sus directos. Tampoco ellos parecían pasarlo tan bien como antaño, más allá de Pierce, que sigue bailando con estilo y clase, como si fuese el Morrissey de esta generación. Vamos, que esta vez algo me dice que ni ellos ni nosotros lo pasamos como en anteriores visitas, por mucho que hayan dado un obligado paso adelante en madurez (ya están preparados para rendir de verdad en festivales). Y no, no sonó “Let’s Go Surfing”, algo que no me parece tan extraño como pudiese imaginarse a primera vista.