En una noche en la que coincidían, entre otros, Vampire Weekend, The Wedding Present y The Walkmen, el de The Drums pudo haber sido un gran concierto, pero su presentación en Madrid se quedó un par de escalones por debajo. Principalmente por un sonido manifiestamente mejorable que provocó que Jonathan Pierce no domase el micro hasta la cuarta canción, de modo que “Best friend” arrancó de forma tibia y en “Submarine” y “Book of stories” su voz apenas llegó de forma intermitente. Y eso, en una actuación de una hora y 15 temas (en realidad sólo faltaron cuatro para haber tocado su repertorio oficial al completo), es apelar a una complicada remontada. Tampoco puntuaron los silbidos, palmas y otros efectos pregrabados (en “Make you mine”, por ejemplo), comprensibles en alguna ocasión, pero que en general resultaron como las risas enlatadas en las series de antaño (o en el “Museo Coconut” de ahora, aunque Joaquín Reyes diga que pertenecen al público).

Pero a pesar de todo, y por mucho que todavía tengan que asentar su directo, la música de estos cuatro chicos de Nueva York tiene un contagioso encanto; y no se trata sólo de que “Let’s go surfing” fuera coreada de forma entusiasta por la muchachada, sino que los capítulos que siguieron, “Me and the moon” y “I need fun in my life”, dieron la verdadera medida del grupo, recuperando el glorioso poder de los estribillos hasta en la canción más aparentemente tonta y mostrándose cada vez más sueltos sobre el escenario, con Jonathan Pierce (luciendo una chaqueta de fútbol americano muy a la medida de su look) convertido en un Ian Curtis adolescente y despreocupado, mientras que Jacob Graham (guitarra) se entretenía en bailes tan elásticos como sus propios punteos.
Así las cosas, los últimos 20 minutos despejaron todo atisbo de duda: “Forever and ever amen” es una de esas canciones que recordaremos para siempre, “Baby, that’s not the point” dio cuenta con acierto de su vertiente más delicada y “The future” ganó argumentos respecto al disco, sin que para entonces tuviese sentido pensar en las comparaciones más manoseadas (de Orange Juice a Vampire Weekend, pasando por los Smiths), porque en definitiva se trata de ese algo que se tiene o no se tiene, y The Drums lo tienen, al menos en un presente que les pertenece de forma indiscutible. Para rubricarlo, ya en los bises, miraron cara a cara a The Cure (“It will all end in tears”), atacaron “Skippin’ town”, otra vez con un adictivo estribillo, y se despidieron con “Down by the water”, canción a priori más propia para otros menesteres pero que cumplió su función de forma notable, dejando al final un buen sabor de boca en un concierto que no había empezado todo lo bien que debía.