La silueta icónica de Robert Smith aparece tímida entre la bruma del escenario. Con el pelo alborotado y de negro riguroso demostró que a sus 57 se puede conservar el delicado encanto del genio inadaptado, del chico melancólico que escribe poesías en clase. Solo esas distancias cortas que devuelve la pantalla de los visuales nos recuerdan a veces que el tiempo es implacable y que también los ángeles, aunque tenebrosos, engordan y se arrugan, aunque sean inmortales.

Antes que ellos, los escoceses The Twilight Sad se entregan en un breve y magnífico aperitivo. Después llegan ellos y aquello suena imponente, denso, potente. Son The Cure y ese de ahí es Robert Smith. Han pasado casi 40 años desde la primera vez y 8 años desde la última gira, pero ellos no necesitan nuevo álbum para sorprender en escena porque nunca será un concierto igual al anterior: tienen más de una docena de discos para escoger y lo hacen a su antojo, con un repertorio multiestilístico de eficacia limpia y bella en su negrura.

De la garganta de ese gigantón de Crawley fluye casi sin cambios la misma voz de timbre doliente que en 1976 vistió de negro a batallones de jóvenes. Y la puesta en escena: sin florituras, sin imposturas. Del movimiento de rodilla, a medida que se siente cómodo y arropado, llegan esos gestos de teatralidad breve y fina, con la mirada perdida en alguna parte entre Barakaldo y el infinito.

De fondo, y en perfecto estado, siguen los mismos miedos, paranoias, amores, oscuridades góticas y pop luminoso de sinsabores románticos. Todo colisiona en una hermosa contradicción, en un punto en el que… Son The Cure y no hay manera humana de ponerles una sola etiqueta.

Simon Gallup, con el bajo apoyado en las rodillas y una pegada seca, recorre el escenario como el chaval que sigue siendo a sus 56 años. Con tupé y tatuajes al aire da una lección sobre juventud y actitud. Más estático y concentrado en la guitarra está Reeves Gabrels, veterano sobre el escenario y llegado a la banda hace cuatro años (ex guitarrista de Bowie y Tin machine). El teclado casi mágico de Roger O’Donnell completan un combo que además de solvencia, ofrece magia. Con ellos se destierra la idea de que las bandas ya clásicas tocan por dinero en auto homenajes previsibles. Pues no. El genio de Crawley demuestra que el negro es la unión de todos los colores y que su paleta cromática puede sorprender cada noche.

Abren tímidamente con “Plainsong”, y los primeros coros del público se escuchan con “Pictures of You”. Una guitarra española aflamenca el sonido de “The Blood”, (por algo solo la tocan en España). Llega “In Between Days” y levantan a bailar a las gradas que corea clásicos sin retirar los ojos de un Robert Smith que se entrega, que disfruta. Esta vez revisitan “Charlotte Sometimes”, un single, casi una rareza. Los primeros acordes de “Lovesong” desatan los aplausos y la locura la trae “Just Like Heaven”. Y entonces “dime cómo haces ese truco”, Robert, dinos cómo logras esa fascinación que cuelga de los ecos de tu garganta. Y así, las cerca de 8.000 personas que le rodean pasean por sus momentos más brillantes de pop sentimental.

Después de “Jupiter Crash” y algún otro tema de su multicolor discografía, llega el reconocible y eterno teclado de “Disintegration”, y Robert lo anuncia en la letra de esta canción:”poco a poco se acerca el final” (bit by bit it starts the end).

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Tras la primera desaparición del escenario suenan “A Forest”, “Fascination Street”, y “Burn” en largos desarrollos instrumentales recreándose en punteos, para dar paso a otra breve ausencia antes de una explosión final. Ojala todas las pesadillas sonasen a “Lullaby”. Y no. No es una araña la que nos está cenando esta noche, es Robert Smith, que nos engulle con todos sus registros matizados por una enorme personalidad y escoltado por una inmensa tela arácnida.

Aquello puede crecer aún más y llega el calor (“Hot Hot Hot!!!”). Y es jueves en Barakaldo pero si, llegará mañana, y será viernes y claro, todas las personas que estamos aquí, estaremos enamoradas. Lógico después de la explosión de corazones visual que deja “Friday I’m in love”. Normal, después de que nos pongan a bailar con “The Walk”. Y entonces Robert Smith hasta se permite bromear con la cámara que le persigue y se acerca aún más, cada vez más cerca de todo el mundo.

El trio final es una catársis de clásicos: “Boys Don’t Cry”, “Close to Me”, “Why Can’t I Be You?”. Disfrutón y gestual estalló en un “muchas gracias” de sinceridad conmovedora para un grandullón de su talla artística. ¿Saben aquellas personas grandes que no se dan cuenta y eso les engrandece?.

The Cure se van entre aplausos y dejan una lección de rock, de postpunk, de primera electrónica, de dance, de hard rock, de coqueteos con la psicodelia, de grandes temas de pop sentimental. La próxima cita será Barcelona. El próximo disco, ¿quién sabe?. Mientras, queda saborear el regusto de haber estado en un concierto de la que siempre puede ser su última gira.

Tres horas que no se cuentan en minutos sino en canciones: 31. Un generoso concierto en el que The Cure lleva de vuelta a otros lugares, a bares, a las puertas del instituto, a las cintas y a los VHS. The Cure, ya convertidos en materia onírica, siguen muy vivos aunque ya son leyenda.