No sé qué cara habría puesto Robert Smith si un emisario robótico del futuro le hubiera contado que 2016 se venderían entradas a 600 euros para su concierto en Madrid (las más caras, cierto). Y, a pesar de ello, reventar el recinto. Dicho esto, conviene no enredarse en marañas de juicios, prejuicios y elaborados e ingeniosos argumentarios sociológicos antes de un macroevento de este tipo, por muy fundados que estén todos ellos. Menos aún si es de The Cure. Lo he probado en mis propias carnes.

Me había parapetado en mi propia coraza de escepticismo antes de encontrarme con el grupo en el mismo lugar (no el mismo pabellón) en que les vi por primera vez, en la gira del magnífico “Wish”, hace más de dos décadas: que si los precios astronómicos en un pabellón que no suena muy bien (bastante mejor que el que ardió, es verdad) son injustificables; que si Jason Cooper no le llega a la suela del zapato al gran Boris Williams; que si el de Tin Machine (Reeves Gabrels) sustituye a Porl Thompson a la guitarra; que si ni siquiera tienen disco nuevo y esto se parece demasiado a aquel circo del “Filthy Lucre Tour”; que si últimamente se ensimisman en sus repertorios en conciertos demasiado largos y áridos… Pues nada, fue salir la banda, sonar las primeras notas del glorioso bajo metálico de Simon Gallup, entrar el redoble de batería, empezar “Open”, y sentir con gozo y alivio cómo aquello que había preconcebido saltaba por los aires. Y no, no se trataba de sentimentalismo. Fue una cura humildad en toda regla. Moraleja: no vendas la piel del oso antes de cazarlo.

the-cure-0138

Pero empecemos por el principio: Los escoceses The Twilight Sad se habían encargado de calentar la tarde. Literalmente, porque aunque son discípulos convencidos y aplicados de las atmósferas nebulosas del post-punk y practican la tristeza congénita, no de dejan de ser una banda correcta, más cerca de unos Editors con texturas shoegazer, que de Joy Division, The Chameleons o los propios The Cure, que deben ser sus referencias sagradas. Por más dramatismo que le ponga en su gestualidad demasiado evidente su frontman James Graham, y aunque tienen buenas canciones que interpretan con convicción, les falta algo fundamental, difícilmente descriptible, para ser realmente trascendentes. Ese algo es precisamente lo que le sobra a The Cure. Incluso en 2016, y a pesar de todo.

Porque lo que hicieron Robert Smith y compañía a continuación fue una catártica, mágica y esplendorosa celebración de su imponente legado. Les arropaba una escenografía sencilla y algunas proyecciones sobrias. A The Cure y su música hipnótica de un mundo propio que han construido durante décadas desde la ética y la estética del punk y el post-punk, pero con gran apertura de miras, no le hacen falta apoyos de fuegos artificiales tecnológicos, como a ciertos compañeros de generación. Daba Jason Cooper la marca con las baquetas y uno sabía que venía un clásico. O algo parecido. Daba igual. Pocos grupos han oscilado entre la luz y la oscuridad con tanta soltura y autoridad como The Cure. Podía ser “In Between Days”, cuyo rasgueo de acústica de Robert Smith hizo caerse literalmente el pabellón; “A Night Like This” y su majestuosa secuencia de acordes; “Just Like Heaven”, y esa frase de guitarra con la que uno nunca puede evitar sentir un escalofrío en la espalda; la explosión vocal de “Push” tras la larga parte instrumental; “Lovesong” y su romanticismo químicamente puro; o joyas tenebrosas como “End”, con su intensidad cuasi apocalíptica, y “Burn” de la banda sonora de “El cuervo” (aquella película del 94 que le costó la vida a Brandon Lee). Las canciones se suceden con absoluta naturalidad. Son las dos caras de la misma moneda. El cielo y el infierno.

El quinteto alternó, pues, con insuperable aplomo su lado más pop con la negrura eléctrica de canciones más oscuras, en cualquier caso, igualmente disfrutables. De esta manera recorrieron casi cuatro décadas de canciones inmortales, desde “Three Imaginary Boys” (que reservaron para el segundo bis) a la melancolía desatada de “The Last Days of Summer” de “Bloodflowers”, “The Hungry Ghost”, probablemente de lo mejor de su último y ya añejo disco “4:13”, e incluso algún corte de ese próximo álbum que nunca llega, y que sonó robusto y convincente. Casi tres horas de espectáculo de primer nivel estructurado en un primer gran bloque y tres sucesivos bises de varias canciones, sin dar tregua ni respiro a un público en alma y corazón entregado.

the-cure-0341

La primera parte de la velada concluyó con una traca en lo más alto: “From The Edge of The Deep Green Sea”, una interpretación demoledora de “One Hundred Years” -con ominosas imágenes del catastrófico siglo XX- y la mencionada “End”. De por sí, habría sido un concierto superlativo, pero lo que vino después, una sucesión de canciones para la eternidad interpretadas con pasión, lo convirtió en extraordinario: “A Forest” -en el emotivo mano a mano final entre Gallup y Smith, guitarra y bajo, se podía palpar la química original de ambos-; “Shake Dog Shake”, “Fascination Street”, “Never Enough” y su wah perverso, “Lullaby”, “Friday I´m In Love”…hasta un aporte decididamente menor como “Wrong Number”, brilló. Para terminar “Boys Don´t Cry”, “Close To Me” y “Why Can´t I Be You”, de la que nadie echó en falta los coros. Casi nada.

Robert Smith, lacónico y tímido pero feliz, en su propio mundo como siempre, estuvo algo más contenido con su voz -la edad no perdona-, aunque no se dejó nada. Simon Gallup, merodeando por el escenario encorvado y con el bajo en las rodillas, como una fiera desatada, volvió a demostrar ser el corazón de The Cure, y -digámoslo ya, por si no se ha dicho- uno de los mejores bajistas que ha dado la Historia del pop. Jason Cooper estuvo -lo admito, sí- muy bien, preciso y sólido. Tampoco hay que infravalorar la aportación de Roger O´Donnell añadiendo valiosos matices de sintetizador, siempre en su sitio. Y el nuevo, el virtuoso guitarrista Reeves Gabrels, aunque se mantiene en un discreto segundo plano, brilló cuando tenía que brillar, sin empalagar con su estilo guitarrístico pirotécnico.

Cayeron 31 canciones al final: casi tres horas de celebración de lo mejor que ha dado el pop (o el rock, tanto da) en los últimos 40 años, sin que en ningún momento se me hiciera cuesta arriba. Esto sí que fue una fiesta apoteósica de la música, y no las naderías manufacturadas que se promocionan por ahí a bombo y platillo. ¿Y lo del precio y demás? Dejémoslo para sociólogos y expertos en aguar la fiesta. Lo fundamental es que The Cure siguen siendo eternos. Afortunadamente.