Dicen que segundas partes nunca han sido buenas pero en el caso de Surfin’ Bichos esto es una mentira a medias. La verdad radica en que, a todas luces, la actitud y el aplomo que Fernando Alfaro, Joaquín Pascual, José Manuel Mora y Carlos Cuevas mostraron en Razzmatazz no era el que se le presume a una banda que canta con las entrañas ese pop enfermizo y bastante críptico que les caracterizó hace ya más de una década. Sonaron correctos pero sin fuerza, como si les urgiese cerrar esa etapa pasada (ahora resucitada por no se sabe qué motivos) y comenzar con sus nuevos proyectos. Y la mentira es que todos los temas sonaban frescos, haciendo realidad el sueño de los que jamás imaginamos verlos en directo porque cuando hacían discos aún no nos dejaban ir a conciertos. Recurrieron a todos sus álbumes haciendo mayor hincapié en “Hermanos Carnales”, poniendo los pelos de punta con la enorme “Abrazo de un terremoto” con una voz de Alfaro lejana pero efectista. Dieron las gracias al público por no haber cambiado y el ex Chucho declaró que continuaba siendo “Un perro feliz” y desde luego lo estaba, entonando versos que un día le hicieron daño pero que a día de hoy no pasan de anécdotas de una época algo más que tumultuosa. La guitarra de Joaquín Pascual sonaba, más que cualquier otra cosa, convincente aunque mucho menos dolorosa que en los discos, sobre todo en “Dulce mal trago”, “¿Qué clase de animal?” y “Hey Lázaro”, ésta última digna de figurar como lo mejor del concierto. Y, contra todo pronóstico, nos dijeron adiós con uno de los temas más alegres de su oscura discografía, “Fuerte!”, que el público, en su mayoría en la treintena, coreó a modo de himno generacional.