La frontera entre España y Portugal sigue siendo algo más que los puntos y rayas sobre los que contaba Soledad Bravo. Por alguna razón hay, en general, infinita más predisposición a cruzarse la península de cabo a rabo que en recorrer menos distancia y pasar al país vecino, e incluso a gente habitual del circuito le suda la frente a la hora de nombrar cuatro festivales portugueses. Ese es uno de los motivos que pueden explicar la burbuja de festivales de Portugal, con varios de ellos instalados en la primera división europea sin sufrir, a pesar de ello, las masificaciones y el “joder, todo el mundo es guiri aquí” que mucha gente clama por estos lares.

El Super Bock Super Rock es uno de ellos y es de los que apuesta, además, por ocupar ese espacio que no llenan mareas humanas con todo tipo de distracciones paralelas: desde karaokes a graffitis pasando por el tirachinas gigante o los regalos de marcas varias (a cambio de engordar su hashtag en redes y hacerles publi gratis, claro). Pero es también uno de los que más peso da a los grupos portugueses, un peso del que otros festivales pueden -y deben- aprender. Aquí, en macrofestivales estatales, no es raro ver a grupos que meten mil personas por bolo relegados al escenario más pequeño y a horas prohibitivas. En el Super Bock Super Rock no solo están presentes sino que son programados con respeto, sin considerarlos una cuota incluida a regañadientes.

Jueves 13

Precisamente uno de los grupos patrios programados el primer día, Throes + The Shine (abajo en la foto), pueden presumir de victoria. Diría emergentes, porque aún siguen sin acabar de explotar aunque lleven más de un lustro como grupo conjunto a sus espaldas. Básicamente dos vocalistas de kuduro, con especial influencia del hip hop en los fraseos, mezclado con el rock y la electrónica aportados por un batería y un guitarrista encargado también de teclados y programaciones. A esa fórmula básica añaden en directo una riqueza rítmica que va más allá de las raíces angoleñas y nigerianas de su sonido, incluyendo incursiones en lo latino y lo caribeño así como cierta estructuración pop. Temas cortos y contundentes, tan hooliganamente coreables como bailables de principio a fin, y una presencia escénica anfetamínica por parte de los dos cantantes, cada uno con su rol tanto vocal como visual. Un ejemplo perfecto de cómo levantar a un público estático en una hora.

Ese mismo rol festivo fue el que faltó en otros de los conciertos, como en el caso de The Orwells. A pesar de tener un buen directo y el suficiente nervio para no hacer de su garage una fotocopia descafeinada no llegaron a conectar en casi ningún momento. Quizás las maneras son demasiado de manual o quizás, simplemente, están hechos para sala y no para un festival, aunque hay que decir que cuando se atreven a echar mano del punk rock la cosa mejora. Algo parecido a nivel de conexión -o de falta de- pasó con los Boogarins, a los que no les acaba de sentar bien el envoltorio experimental. En directo de hecho parece asomar una vena más rock 90s que en estudio y solo cuando apuestan por las píldoras directas de pop psicodélico encajan todas las piezas del puzzle. Cuando se van por las ramas con desarrollos instrumentales se les ven un poco las costuras. The Legendary Tigerman cerró este escenario, el segundo más grande de los tres del festival, con un concierto clásico que mejoraba cuanto más retrocedía en el tiempo, cuando pasaba del rock and roll más macarra y musculoso que pobla buena parte de su set al rockabilly.

Y ya pasando a los platos grandes hay que hacer mención obligada al pabellón cerrado en el que se celebran, coronado por una estructura de luces que se extendía por toda la parte superior hasta el techo y reforzaba muchas de las propuestas más convencionales o escuetas visualmente. Fue el caso del primero: The New Power Generation (abajo en la foto), la banda que acompañó a Prince desde los años 90 hasta su muerte, con varios invitados a la voz entre los que destacaron Bilal -que a pesar de que no incluyó nada de su propio repertorio era un aliciente por sí mismo- y la cantante de fado Ana Moura, que subió para interpretar “Little Red Corvette” (83). Un viaje en el tiempo tanto en sonido como en la manera en que estructuran el show, en el que la voz de Bilal ayuda evidenciar hasta qué punto el de Minnesota sustenta muchas de las propuestas neosoul de la última década. Tiraron de un repertorio que abarca la etapa clásica de Prince, no solo de sus grabaciones con The New Power Generation sino también temas de los ochenta, incluyendo una “Uptown” que se remonta a 1980. El desfile continuo de cantantes entorpece un poco el concierto dándole un aire un tanto añejo -tipo concierto de casino para viejos ricos, para entedernos- pero la solvencia de la banda justifica sobradamente su continuidad sin Prince, a pesar de que se eche en falta una figura central que lleve la batuta.

Para el otro plato grande no hizo falta refuerzo de luces ninguno. Los Red Hot Chili Peppers entraban, a juzgar por el porcentaje de camisetas suyas por metro cuadrado, con el partido ganado de antemano. Mantienen el espectáculo de las últimas giras, intachable a nivel visual con la disposición de pantallas circulares e independientes y pocos pudieron presumir de un sonido así en un recinto tan difícil de sonorizar. Por lo demás, teniendo en cuenta lo absolutamente profesional y rígido de sus conciertos, podría enlazar la crónica que publicamos el año pasado sobre un concierto suyo. Solo me apartaría de ella en el papel de Josh Klinghoffer, al que fuera de la nostalgia pocas tachas se le pueden sacar y que demuestra encajar bien con Flea. El espectáculo tiene como centro los hits de los dosmiles y, por supuesto, no se preocupa de enarbolar la bandera del funk. Lo suyo ya es otra liga, la del rock amable de estribillos memorables, y no seré yo quien les diga que tienen que volver a tocar el “Mother’s Milk” (89) entero en los conciertos. Para eso, además, hay otras bandas que lo pueden hacer mejor. Pero sí que siguen intentando encarnar el componente más físico del rock, el que para muchos dota de autenticidad al género. Ese “motor rítmico creando energía cinética, respirando como una entidad orgánica”, tal y como lo definiría Joe Carducci. Un concierto sobresaliente para cualquier fan del “Californication” (99) en adelante y para cualquiera no demasiado familiarizado con la banda, por mucho que a algunos les/nos duela.

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