La vida es un juego y estamos aquí “de momento”. Esa es la lección vital que puede extraerse de la cuarta edición del Sopela Kosta Fest, donde se tocaron prácticamente todos los palos, desde el r&b, soul y rock -vía apuestas seguras como Rubia, Willis Drummond y Tiki Phantoms-, al espectáculo de fusión de Koban y Tomasito.

Viernes 22

La amenaza de lluvia se desvanece a medida que Rubia entona el atardecer a ritmo de soul con tintes hippies. Con simpática elegancia, Sara Iñiguez y su impecable banda presentan “The Game” (Rock Izar Records, 2017). Iñiguez saluda con sonrisas cómplices a amigos, primos y demás familia. El público crece y se va animando, con una primera fila llena de niños bailongos que empiezan a írseles de las manos a sus respectivos progenitores. Pisotones, carritos, monopatines sin dueño e incluso alguna mascota despistada. Un cartel reza “Birra a 1 euro”. Estamos salvados. Iñiguez, al órgano, introduce “Anyone” y hace mención a su recién estrenado videoclip, ambientado en un bar de Norteamérica en los 50. “Salimos todos bailando y fumando”, comenta la líder de Rubia, y no miente: el vídeo recrea una fiesta que ni en los mejores guateques de Nick Cave en sus tiempos mozos. El nuevo single/videoclip da pie al comentario social envuelto en fina ironía: “Ahora no se lleva lo de fumar, pero creo que antes de dejar de fumar tendríamos que dejar de hacer otras cosas, ¿no?”, pregunta, al tiempo que con sutil firmeza llama a la desobediencia. El efecto carpa brinda un sonido un tanto apelmazado que desmerece a ratos el buen hacer de su banda, que incluye violines, coros y vientos. Brillante en su versión del “Soldier of the heart” de Judee Sill, al que sigue el villancico tétrico “Death on the snow”, de su nuevo álbum y, en sus propias palabras, su “It’s My Party” personal. Letra sombría para una melodía a priori navideña e inofensiva, campanillas y ecos de trineo incluidos. Lata de cerveza al alza, Iñiguez da la bienvenida al otoño con la exquisita “Bessie”. También hay hueco para temas de su anterior LP, “Barman”, con la amable “City of Angels” y la idónea “People”, que dedica a los presentes, a la vez que nos hace señas para que nos acerquemos. Llévanos a cualquier parte donde la música suene alta. Como en Sopela, sin ir más lejos.

Destila carisma y tablas en “Time Will Be My Doctor”; risueña dedica a las chicas “Teenage Heartbreaker”, en la dulce estela de las Shirelles. Vuelve al epicentro del escenario en la Motownera “Howl”. “Vengo a bailar aquí con vosotros, que me lo paso mejor”. Con “A Quiet Place”, reinterpretación libre del tema de Garnet Mimms and the Enchanters, rinde tributo a la época en la que trabajaron en Londres de lo que fuera, con tal de proveerse de discos de soul imposibles de encontrar por nuestros lares.

Señores nos preguntan si ya echamos de menos el verano, y se contestan ellos mismos: “Sí, porque no lo ha habido”. El espíritu de la verbena llega con ellos, con sus letras ácidas, cuerdas fieras y melodías plañideras. Como cabía esperar, “Democracia enferma”, de su autoeditado álbum “La luz” (2016), se antoja (triste) banda sonora actual. Asier Goikoetxea, voz y guitarra, recibe aplausos del público al recordar que la democracia “está bien enferma” y clamar que Catalunya “pueda expresar lo que quiera”. Entona con ímpetu el taladrador “im-píiiii-denoslo” del estribillo. Sobre una base ambiental bulle “Masa Madre”, cuya progresión pop se funde con otro himno socarrón y actual como “Corporarturo Avaricio”.

El bajista Guillermo Royo lo da todo pese a estar enfermo, como apunta al comienzo el cantante. Se nota que no está al cien por cien porque no cuenta chistes (malos) entre canción y canción. Eso sí, musicalmente no se nota virus alguno, y disfruta sobre el escenario tanto –o incluso más- que el resto de la banda. Tras la euforia teen de “Dios Enamorado”, Goikoetxea agita las masas adolescentes de la primera fila: “¡Arriba esos litros! ¡Qué envidia me dais!”, bromea. Igualmente oportuna la frase “de sarcasmos no se come” en “Margaritas”, con una potente distorsión final. Royo no puede contenerse y lanza una de sus proclamas: “Es el momento de pedir baile a la persona con la que queráis bailar”, invita antes de ejecutar “Carta de Amor Futura”, de su irónico “Curso Práctico de Autoestima” (2013). Se despiden con “Mírame (Los Placeres Me Disfrutan A Mí)”, de sus primeros EPs, y la melancólica “Estrella de la Muerte”.

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Los Tiki Phantoms (foto superior) borran de un plumazo cualquier lamento nostálgico y/o posveraniego. Desde que irrumpen en el escenario, ataviados con su característico uniforme y sus máscaras de calavera, ponen todo patas arriba y no dan tregua. El volcán ya está en erupción. Sus temas son de duración punk y como vean que no bailamos, enseguida nos afean la conducta. El público se deja llevar enseguida por el tsunami de surf-rock instrumental de este cuarteto catalán, que también está de estreno con su quinto álbum “Aventuras en celuloide” (los CDs del puesto de merchandising volarán al término del concierto).

Tiene mérito tocar durante un set frenético –más de una veintena de temas en algo más de una hora-, pegados a esas máscaras de plástico que no se desajustan ni en un descuido. El sacrificio merece la pena: el misterio en torno a las identidades de a pie de El Bravo, El Jíbaro, El Dorado y El Caníbal atrae y ensalza su magnetismo, al tiempo que les resta ego. No logo. Sobre el escenario, no hay ni bueno, ni feo ni por supuesto, malo. La imbatible “Patada Trueno” tiene como culmen un castellet con el que estos jinetes del Apocalipsis reciben una gran ovación. Son unos “Locos sobre ruedas”, perfectamente alineados a las cuerdas, coreografía de mástiles en alto y swin canalla de caderas. “Hacer esto es difícil, no vayáis de listos”, advierten. Tan divertidos como el videoclip de esta canción, a bordo de “bólidos supersónicos”. Llega el primero de sus habituales numeritos: El Bravo abandona su batería, supuestamente enfadado porque, según explica el guitarrista y maestro de ceremonias El Dorado, “sólo hay 20 personas bailando y un borracho”, señalando al que será el próximo objetivo de su… ¡Sacrificio! Los presentes corean “¡Sa-cri-fi-cio! ¡Sa-cri-fi-cio! ”, y pronto aparece una colchoneta rosa a medio hinchar con la que el borracho ya no tan anónimo surfeará sobre el público. “El Barón Rojo” es una apisonadora de actitud, que surtirá efecto para, poco después, organizar la clásica Tiki-conga. “Edith”, con sus aires de amor de verano que se desvanece con la vuelta al cole, brinda algo de sosiego, aunque esto ya no hay quien lo pare, y lo saben. “Bailad, malditos”, parecen decirnos, sin mediar palabra alguna. Sobran las letras. Reparto de Tiki-máscaras y bises desquiciantes con la hilarante versión del “Take On Me”: “Tiki On Me” desata (aún más) al público. Digna sombra de The Shadows y herederos de la efervescencia surf-rock, una espera que aparezca Link Wray de pronto y se les una a la fiesta. Si no te revitalizan los Tikis, háztelo mirar. Nos vemos en el volcán.

Mención especial a la increíble celeridad con que los técnicos, cual equipo de mecánicos de Fórmula 1, realizan el cambio entre bandas. Una puntualidad que apenas deja tiempo para ir a boxes.

Marejada electrizante con Willis Drummond (foto inferior). No hace falta estar en Sopela para escucharles, su trueno se propaga irremediable. No hay otoño que valga con el combo de Iparralde, son pura tormenta de verano y prueba de ello es la enérgica “Athabasca” (“Tabula Rasa”, 2016) inicial. También ellos aluden al kafkiano procés, al grito del “Visca Catalunya!” que profiere el cantante y guitarra Jurgi Ekiza, quien esta noche bien podría adquirir como alias El afilador. Distorsión imparable a las cuerdas (“Orain”, “Ekiraino”), acompañado de un Joseba Baleztena (Joseba B. Lenoir) muy en su línea: puro nervio, garra y precisión. El de Bera aprovecha el aire reivindicativo de la velada para mostrar su solidaridad con el Gazte Lokala de Deusto, bajo amenaza de derribo. Soberbia “Hondamendi Hontan”, con su inicio de Western taciturno que eclosiona en un caos eléctrico. Ekiza, en exhausto éxtasis, se desquita en “Ur gainean”, una gema del pasado por la que no pasa el tiempo. A ver qué valiente surfea esta bomba de relojería. Tras unos riffs demoledores y ciertos ecos a los primeros QOTSA, llega una fugaz e intensa descompresión atmosférica en la balada envenenada “A ala B”, de su anterior y homónimo álbum (2012).

El bajista y follonero Xan Bidegain muestra su agradecimiento a todos los que les han seguido durante la década larga de existencia del grupo. Llegado el punto álgido de la noche, Bidegain no sabe qué hacer con tanta energía y acaba dándose puñetazos en la cabeza. Maravilloso.

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Sábado 24

Con una puntualidad exquisita, los fiesteros Koban tienen la gran responsabilidad de sacar al público de su letargo sabático. Saben cómo animar al personal porque se lo pasan como enanos sobre el escenario. “¿Quién ha dicho que no se puede bailar electrónica a las nueve de la noche?”, desafían alegres, antes de ponerse a saltar como locos. Lo dan todo, como reza uno de sus temas (“Eman dena”). Su abanico sonoro va desde el jazz cabaretero a ritmos balcánicos –y volcánicos, también-; pasando por el pop-folk euskaldun, el swing, la electrónica y hasta batukada, si se tercia. La electro-txaranga de estos jóvenes donostiarras alberga muchos estilos con un hilo conductor: disfrutar. Nada chirría en semejante amalgama de sonidos. Ora la triki, ora toques trip-hop e incluso un guiño al “Hit The Road”. Entusiasmo y buen rollo.

Turno para la fuerza desgarradora de Kokein. Zaloa, voz y líder indiscutible de la banda de Eibar, se muestra apabullante sobre el escenario. Presentan su más reciente trabajo, “Lurpekhariä” (2016), autoeditado. Tras un par de canciones, la cantante lanza un primer aviso a unos preadolescentes sin supervisión familiar ni Supernanny que les mande al rincón de pensar. Ya está Zaloa para eso, que acaba perdiendo la paciencia cuando uno de los saltimbanquis salta la valla en un tibio amago de invasión de escenario. “¿No te han enseñado tus padres o tu familia lo que es el respeto? ¡A la puta calle!”. Touché. Estoy por saltar al escenario a darle un abrazo, pero igual me suelta una hostia. Los chavales se van poco después y la cantante, que continúa el concierto incólume y con mirada felina, se disculpa más tarde. “Lo siento, pero hay ciertas cosas que no tolero”, matiza. Claro que sí, esto no es un parking para niños, como reza una ¿guardería? muy próxima al festival. Tampoco es parada muy recomendable para señores de avanzada edad, como uno que se planta en medio de la plaza, curioso y tapándose los oídos.
Guitarras convincentes que se alían con la poderosa voz de su cantante en temas como “Gaur”, “Ohi Duen Bezala”, la balada cañera “Lotuta Egon Arren” o la atronadora-rollo Motörhead “Lokatza”. Zaloa termina cada tema al grito de “¡Yei!” y se come el escenario (y a los niños, casi).

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Con Tomasito (foto superior y encabezado) llegó el escándalo. Viene hecho un pincel. Flamenquito enjuto sin un gramo de grasa ni vergüenza, zapatos verde esperanza. El recinto está a rebosar, expectante ante este Ciudadano gitano que viene de Cádiz con ganas de repartir alegría de vivir y camaradería sin fronteras. ¿Cómo no venirse arriba con alguien que suelta, pizpireto y locuaz, “¡Viva la fiesta! ¡Gora! ¡Gora!”?. Poco más necesitará para meterse al público en el bolsillo. Tiene mucho arte y más guasa. “¡Vaya caras de felicidad tenéis, os dura el moreno!”. Presenta su antología gitana, con temas amenos y pegadizos como “Libre y a mi manera” –“Pues eso tenemos que hacer, ¡vivir a nuestra manera!”, anima-, “Bandolero” o “La Cacerola”. Curiosa estampa la de algunos parroquianos de marcada estética abertzale, bailando descosidos “Oh Mare”. ¡Olé zu! Tomasito viene muy bien acompañado con una banda que se desenvuelve con sólida soltura tanto en la guitarra española como en la eléctrica. Puro teatro por bulería en “Soy un limón”. Sólo él es capaz de calzarse una mochila con el escudo del Real Madrid, comparar al Athletic de Bilbao con los langostinos de Sanlúcar de Barrameda y salir airoso. Arte y entendimiento. Tomasito descongestiona el procés y la nueva guerra fría Trump vs. Kim Jong-Un en dos tardes. Y le sobra tiempo para irse a la freiduría (“El vino y el pescao”), tema que surge, cuenta, un día en que Kiko Veneno quería trabajar, mientras que los Delinqüentes y él no estaban por la labor, precisamente.

Azalvajao y descamisao, se atreve con “una soleá heavy”. Nada menos que la versión perfectamente taconeada del “Back in Black” de AC/DC. “¡En qué lío me he metío!”, se disculpa, antes de ponerse “todo loco”. Una locura que contagia al público, rendido a sus pies y a su fiesta. Al fin y al cabo, todos vamos “Camino del hoyo”, así que a disfrutar del momento. Nos regala otra versión, “Agradecido”, de Rosendo, donde se arranca también por bulerías. Agradecido y exultante, Tomasito se desnuda en el escenario. Literal. Termina saltando en calzoncillos. “¡Con lo bien que venía yo vestío!”, se despide irreverente, mientras suena un más que oportuno “Volando Voy”.

Volando vienen Delorean (foto inferior), previo juego de luces: oscuridad, humo, destellos azules, acción. Declaración de intenciones al abrir con el nuevo tema “Limbo”. Chasquidos y aire intimista; voz de ecos celestiales y rotundo beat, pulcramente sincronizado. Los de Zarautz apuestan por la contundencia minimalista y la primera mitad del recital trance es para “Muzik”, su último trabajo de estudio (Phlex, autoeditado, 2016). Juegan a aquello de menos es más. Más limpieza de melodías y menos virguerías. Prueba de ello es “Epic”, que parece representar un amanecer de optimismo. La mayoría del público es bastante joven, y se deja mecer por las suaves melodías y envolvente percusión de “Contra”, “Figures” y la propia “Muzik”. Pasan de la atmósfera glacial-cerebral de “Muzik” a ritmos más bailables y vitalistas con temas de trabajos anteriores como “Apar”, con mayor protagonismo de voces femeninas. La pista de baile se inunda de ritmos delicados para apaciguar los estragos de las olas, el tiempo oscilante, el atún a la plancha y música de todos los colores. “Deli”-ciosa y cálida armonía para decir adiós al verano.

Tras el ritual hipnótico de Delorean, Dj Optigan1 se encarga de poner el broche de oro a un festival intenso, variopinto y abierto a todos los públicos (y mentalidades).

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