Acabó una nueva edición de Sónar, pero no fue una edición más, sino que fue la que sirvió para dar un gran paso adelante en cuanto a crecimiento. El traslado del evento diurno a las instalaciones de la Fira de Montjuïc ha sido todo un acierto, primero por su disposición dentro del entramado urbanístico en una zona mucho más oxigenada, y segundo por la infraestructura aportada por un espacio preparado para este tipo de eventos. El festival sin duda sigue su carrera hacia la perfección. Pero todavía hay cosas por mejorar, como las colas de la cita nocturna (hay que acabar con las esperas en barras y lavabos). El nuevo acceso también dio problemas, siendo insuficiente en los momentos clave previo a las actuaciones de los cabezas de cartel. Pero yendo a lo que dieron de sí los conciertos empezaremos por la jornada inaugural.

La edición 2013 de Sónar inauguraba el jueves su espacioso nuevo emplazamiento diurno en Fira de Barcelona, orillado por la vegetación de Montjuïc. El primer triunfo se lo adjudicó el local Wooky haciendo acrobacias del IDM al dub en su puesta de largo con visuales de Videocratz en el nuevo Complex. También C. Tangana, del colectivo Agorazein, presentaba con nota su rap mediterráneo valientemente delicado, pero en un Dome que no se poblaría de los habituales guiris descalzos y muecas felizmente descontroladas hasta el minimal crujiente y remachado con bombo de Cassegrain.

En el Village, el público se repartía entre las sombras atestadas y la parrilla tosta-guiris pasando de los contagiosos ritmo y sonrisa de la barcelonesa Tutu a un Fantastic Mr. Fox repeinado, que sufriendo el calor se concentraba en un techno de pausada psicodelia dejando la fiesta para un Gluteus Maximus, rebozado en housete sudoroso que se ganaba a su público con “Love Is In The Air”. En el Dome, entre el saxo y el teclado, Joni Tenor apadrinaba con tal potencia el funky de Jesse que hacían sudar literalmente el techo, lo que haría aún más decepcionamente el sonido emborronado del rapper intelectual Oddissee con y su entregada banda, cual The Roots principiantes. El que sonó como quiso fue Gold Panda con una excelente sesión más abstracta y dura de lo esperado que no se lo puso fácil al público más fiestero del Village. Parte de la audiencia prefería vislumbrar en el Hall a los Liars post-post-punk, que ahora defienden un sombrío rock minimalista de beat sostenido, entre el melodrama y lo industrial. Uno de los momentos más esperados llegaba al Complex con la actuación de Francesco Tristano, enfant terrible y prodigio del piano, que empezó con la exigencia de un Steve Reich y rozó el ritmo infeccioso de un Stevie Wonder, pero enseguida se vendió a las ganas de jarana de parte del respetable, soltando bombo machacón por el ordenador y centrándose en los sonidos más verbeneros de sus tres teclados a los que, eso sí, domaba como ya le habría gustado a Nacho Cano. Quien parecía una versión viejuna de aquel ídolo pop era Karl Hyde, mitad de los míticos Underworld, acompañando de una magnífica banda con los que armó un show armoniosamente angélico en el Hall, afectado por ramalazos de diva bienintencionada, pero salvado por un final apoteósico versionando “8 Ball”, la hipnótica aportación al soundtrack de “The Beach” de su banda principal (a la que no quiso nombrar).
Lástima que no lo disfrutaran más de un centenar de personas, con el gentío entregado a los elegantes hitazos veraniegos en el cierre del Village con Lindstrom & Todd Terje, que saldrían a hombros echando el cierre con un efectista y efectivo “I Wanna Dance with Somebody” de Whitney Houston. Carlos G. Vela

El jueves nos sentimos como un niño con zapatos nuevos cuando pisamos las recién estrenadas instalaciones. Ciertamente nos desapareció la nostalgia del Sónar de Día en el centro de la ciudad en apenas unos minutos al estar en un nuevo espacio mucho más amplio y sin duda, mejor acondicionado. Tras unos instantes para reprogramar el mapa de la disposición de los escenarios en el cerebro corrí para ver a Liars en el escenario SonarHall donde venían a presentar “WIXIW”, su trabajo más electrónico hasta la fecha. El trío comandado por Angus Andrew consiguió llevarse el gato al agua del día en prácticamente una hora de oscuridad e introspección.
Luego me decidí por Ulf Eriksson. De nuevo bajo el paraguas de la Red Bull Music Academy, el escenario Sonardôme dio cabida a las propuestas de baile que se encuentran en el extremo menos previsible y comercial. El sueco no defraudó a nadie apostando por una combinación audaz de techno y house clásico, eso sí, ejecutado bajo su prisma escandinavo, mucho más gélido y sintético. Dominó a la audiencia gracias al lanzamiento de hits rompe-caderas como el himno nu disko “Oh Jabba” de Ob Ignitt.
De camino al SonarComplex paré un momento a ver la propuesta freak de Sebastien Tellier, y lo cierto es que me alegré de no haberlo escogido como opción para cubrir, así que aceleré el paso para no quedarme fuera del Auditorio donde Francesco Tristano iba a ofrecer su espectáculo “Piano 2.0”. Llegué a tiempo antes de que se abarrotase. En medio de la obscuridad, Tristano inició su set con divagaciones más contemporáneas y sesudas, pero luego pasó a la extravagancia trasnochada con bases de baile. Fue muy variado, con dejes techno, otros más house y alguno incluso de electropop. El momento álgido lo consiguió cuando interpretó el clásico house de Rhythm Is Rhythm “Strings Of Life”.

Lo de Za! al día siguiente volvió a ser un agradable delirio. Sin duda su propuesta en directo es una de las más originales de todo nuestro panorama. El dúo conformado por Papa duPau y Spazzfrica Ehd sorprendió nuevamente desde el principio, cuando empezaron su concierto apareciendo por el lateral de la sala tocando trompeta uno y golpeando baquetas por donde pudiera el otro. De ahí pasé a DZA, todo un contraste en forma de bajos gordos mezclando todo tipo de recursos provenientes de cualquier extremo de la electrónica. El ruso convenció al poco público que a esas horas rondaba por allí.

Christeene
brindó un espectáculo cargado de provocación y canallesca gay. Ataviado con vestuario íntimo mínimo -bragas altas “ella” y slips apretados los dos bailarines de dudosa figura que la acompañaban, arremetió con rimas cargadas de veneno, y hay que reconocer que más allá del espectáculo también cuentan con algún tema demoledor, como “Fix My Dick”. Sin duda fue el concierto en el que se avistaron más bocas abiertas. Mientras tanto Sisý Ey en el SonarVillage fueron la primera propuesta decididamente bailonga de la jornada. Chris Carlson ofreció experimentación con pedigrí. Sirviéndose de una interface inventada por él mismo, fue capaz de crear paisajes sonoros hasta ahora nunca oídos mediante la combinación de micro-ruidos.

Por la noche, los ingleses Raime volvían a Barcelona después de su paso por el festival MicroMutek hace apenas cuatro meses. El dúo londinense despachó a gusto un sinfín de ráfagas de ambient en formato completamente deconstruido. Se acompañaron de una serie de imágenes que ilustraban la devastación, sin duda un complemento imprescindible para su propuesta. Tras ellos llegó uno de los platos fuertes de este año. Kraftwerk regresaban a Sónar quince años después de su histórica actuación en el Pavelló Esportiu de la Mar Bella. Su espectáculo en el fondo no ha variado demasiado desde entonces. Volvimos a ver el mismo fondo de imágenes para algunos temas como “The Model”. Eso sí, para la mayor parte del espectáculo prepararon una serie de imágenes para ser disfrutadas con gafas 3D. En una actuación que duró casi dos horas dieron un buen repaso a sus grandes hits –memoria sonora del siglo XX- y también interpretaron alguno no tan conocido como “Vitamin”. Los de Düsseldorf, con Ralf Hütter como único miembro original en activo tras la marcha de Florian Schneider en el 2008 convirtieron con sus himnos atemporales –“The Robots”, “Man-Machine”, “Numbers”, “Computer World”, “Autobahn”, las dos versiones de “Tour de France”, “Radioactivity”…-. Bat For Lashes en la otra punta del recinto de la Fira 2 por contra ofrecieron una actuación menos lineal, en el que los instrumentos orgánicos (violoncelo, batería, guitarra…) se combinaban perfectamente con la parafernalia digital.

Al norteamericano Baauer, le importó bien poco que su escenario se medio vaciase tras el concierto de Kraftwerk. El suyo fue un set killer –por no decir terrorista, como su mundialmente conocido “Harlem Shake” y poco a poco fue ganando adeptos conforme fue avanzando la sesión. Nicolas Jaar hizo pequeño el escenario de SonarLab –no fue la única actuación en que pasó-. A diferencia de sus visitas previas al festival, esta vez optó por aplicar a su selección de una carcasa mucho más ideal para el baile.



Fotos: Gustaff Choos

Two Door Cinema Club abarrotaron el inmenso espacio del SonarPub. Se contuvieron a la hora de interpretar temas de su último disco y apostaron por un set de fácil contagio por el baile. Así que abundaron hits de su primer disco como “Undercover Martyn” o “What You Know” con la que cerraron.
Para la jornada del sábado, uno de los momentos más esperados era sin duda el concierto de los raperos Jurassic 5. Recientemente reunificados tras su disolución del 2006 demostraron que su oferta es para paladares con pedigrí. El cuarteto titular de la Costa Oeste en el all star de los MC’s con Chali 2Na, Zaakir, Mark 7even y Akil salieron a por todas y no decepcionaron a nadie. Igual que hicieron hace un año sus compatriotas The Roots pusieron patas arriba el escenario SonarPub. Y es que si la parte lírica estaba más que cubierta, nada se puede decir en contra de la parte musical, a cargo de los deejays Cut Chemist y Un-Mark, ambos ataviados con traje de etiqueta y gafas de sol y protagonistas únicos de algunos lances del concierto, como cuando aparecieron con sus juguetes sonoros (guitarra-plato, sampler-pad casero a base de vinilos o un plato gigante) para hacer sus improvisaciones in situ.
Cuando acabaron todavía quedaba noche para disfrutar y una de las citas ineludibles era sin duda la fiesta de décimo aniversario del sello Ed Banger. Abrió fuego Breakbot para presentar en directo su disco de debut “By Your Side”. Tras una intro de teclados pronto pasó a servirse de los resortes digitales para construir piezas de house made in France, con mucho músculo en el bombo y claros referentes a sus compatriotas Daft Punk y Justice. Le dio relevo Busy P, o lo que es lo mismo, Pedro Winter, el capo del label, quien se encargó de dar un repaso de los mejores hits del sello en su primera década de existencia. Para darlo todo, vaya. El festejo lo acabaron nada menos que Justice a los platos. De nuevo volvieron a liarla con fuertes dosis de dance combinado con guiños a clásicos como el “Be My Baby” de The Ronettes que mezclaron con su hit a medias con Simian “We Are Your Friends”.
Delorean acabaron abarrotando el SonarLab, sobre todo hacia la recta final de su concierto, coincidiendo con el final de Pet Shop Boys en el escenario de al lado. Su propuesta de banda bailable sigue ofreciendo unos excelentes réditos en directo. Excelente final con sample de “Ride On Time” de Black Box incluido. Tras ellos, el británico George Fitzgerald ofreció una sesión al más puro house clásico. No hubo grandes sorpresas, la verdad.
Los que reventaron el SonarClub fueron 2manydj’s. Ciertamente los belgas cada vez que se presentan en el festival acaban concentrando un enorme protagonismo. Y es que son unos selectores de hits infalibles. Además su fórmula de mezclar a la velocidad del rayo, sin tener en cuenta afiliación estilística, sigue enganchado al público, aunque los trucos se repitan.
Al final desfilaron por la edición de este año más de 120.000 personas, el gran techo del certamen tras veinte años de su primera edición, y conclusiones positivas, gracias también a componentes más allá de lo musical como la inaugurada seción Sonar +D con Workshops, conferencias, espectáculos exclusivos e instalaciones. Lluís S. Ceprián

Los festivales son como las personas. Casi todos crecen y otros solo engordan. En su veinte cumpleaños Sónar se ha hecho adecuada y felizmente gigante. Las más de 120.000 almas que han bailado, al son diurno y noctívago, de la edición del vigésimo cumpleaños del mejor festival de música electrónica del mundo, han sido lo mejor, más llamativo y talentoso de una nueva cita con Sónar en la que la presencia escénica abrasiva, espectacular y excitante de Skrillex ha sido lo más llamativo, acertado vs. superfluo por su allí comprobado escasez de fondo e interés sonoro. Hay que tener muchas pelotas, o estar muy majareta, para empezar tu show en el sarao más exigente del planeta pinchando el “Barcelona” de Mercury y Caballé, todo ello cabalgando sobre proyecciones de imágenes, tipo postal, de la Sagrada Familia en todas las pantallas del Sonarclub. Vestirte con una camiseta blaugrana, y que en tu espalda rece 666, tampoco es que sea muy original. Como no lo fue casi nada del espídico y apocalíptico set que este artista norteamericano desplegó en Barcelona. Sin embargo creo, a pies juntillas y en contra de la opinión del habitual talibaneo periodístico más afín al Sónar menos aperturista y popular, que su presencia en lo más alto del cartel de este año era algo casi imprescindible. Un festival que asume el riesgo y la novedad, como dos de sus constantes más presentes en su ADN, debe de contar siempre con lo último, aunque esto no sea lo mejor y al tipo de las gafapasta y las rastas, le pasa precisamente eso: es lo más rabioso y top, pero las entretelas de su apuesta sonora atufan a ventajismo mainstream, a banda sonora de centro comercial de clase media-baja localizado en la periferia de L.A., que tira de espaldas.
Otro cantar bien diferente fue el que nos trajeron, por el día, Chromatics -que hasta nos recordaron un poco a los maravilloso Saint Etienne- y AlunaGeorge. Sus conciertos fueron luminosos, finos y muy pop. En cuanto a lo magro de la cita nocturna destacar el impagable set old-schoolero de Zero –nuestro Kraftwerk nacional- y los de un Angel Molina –léase Don Sónar- al que preferimos en su warm-up del sábado antes de los Pet Shop Boys: memorable retrospectiva technócrata y aledaños al que solo él puede tener acceso. Precisamente tras los chicos de la tienda de mascotas, y no entender nada de lo que nos proponían unos pesadísimos y ruidosos Melé, 2manydj’s perpetraron una aberrante sesión sin orden ni concierto (…de Soulwax). Solo el cierre con el mítico “Acid Trax” -opus Dj Pierre- puso un poco de luz ante tan descabezada apuesta de los hermanísimos belgas. Y fue entonces cuando Undo salió a calentar la pista, ante del asalto de Paul Kalkbrenner, y lo hizo de maravilla: bombo+melodía entre sombras+pop con ese buen gusto Factor City que impregna todo lo que toca este catalán que es un oasis entre tanto cacharreo dancehallero, reggaeton camuflado y technaco de tarifa plana, de garrafa y sin alma. A continuación, el alemán clavó el mismo live que hace dos años sin que apenas nadie se diera cuenta… y todo funcionó a la perfección.

Luciano cerró el SonarClub, en loor de multitudes, con su house cadencioso, confetista y latinero. A su vez Skream prometió batalla y estuvo a la altura, vaya que sí. Tras él el monsieur del techno, Laurent Garnier, salió al escenario del SonarPub para darlo todo, sin tregua y desde el primer segundo de su set. Techno de alta cuna y baja cama, atemporal y acerado, pinchado y trabajado en sudoroso directo, como debe ser. Sobresale, apabulla y convence, como siempre. Antes y tras el gran set de house-tech-garage del elegante e impoluto George Fiztgerald -de lo mejor del festival- Hot Natured y Maceo Plex por fin nos hicieron bailar con su house contemporaneizado, tecnificado y soulero, entendiendo los allí presentes casi todo de lo que nos lanzaban desde los Technics. Y es que sus códigos y mensajes si son accesibles para el reportero mediocre que les reportajea.

Por la tarde, y ante miles de almas entregadas a la causa, el viernes bRUNA, y el sábado Nacho Marco, dejaron claro que la electrónica nacional está más que a la altura de lo foráneo… y nosotros que nos alegramos. Grandes y de la casa.

En fin, felicidades Sónar, por el apabullante éxito de esta monumental celebración de cumpleaños en la que, insisto, el masivo comportamiento y educada y bailonga presencia del respetable –se puede decir que literalmente se bailaron hasta la musiquilla de los autos de choque situado en el SonarLab- ha sido lo más vistoso, amable y celebrado de una cita enorme y apasionante. Fernando Fuentes