Uno de los grandes males que sufrimos los seguidores de algunos grupos es, al contrario de lo que podría parecer, que esos mismos artistas nos hayan visitado en diversas ocasiones y perdamos la excitación frente a sus próximos conciertos. Lo que un día deviene una sorpresa abrumadora acaba convirtiéndose por reiteración en algo a lo que no prestamos la atención que realmente requiere. Así, ver a Sigur Rós por séptima u octava vez no era algo que me hiciese saltar por la calle o chasquear los dedos camino al palacio barcelonés en el que iba a ser una más de las casi cinco mil personas que esta vez iban a ver al grupo islandés sobre el escenario.
Lo que no podía imaginar es que Jónsi y los suyos (un total de once personas en el escenario) me hicieran cambiar de idea con tal facilidad.

Habían pasado apenas diez minutos cuando ya estaba rendido a sus pies. Si les hubiese tenido enfrente hubiese aceptado arrodillarse y pedirles disculpas por dudar siquiera un momento de que me iban a hacer sentir nuevamente algo especial. No hubo lágrimas, tampoco es eso, pero estuvieron cerca, meciéndose en unos párpados cansados que evitaban cerrarse para no perder cada uno de los preciosos detalles que el grupo proyectaba en las pantallas (primero frente a ellos, luego a sus espaldas, en un fantástico formato panorámico). Viendo lo emotivo que me estoy poniendo supongo que habrán intuido ya que el concierto de Sigur Rós me pareció apasionante. Fueron dos horas de las que resultó imposible abstraerse, dos horas a lo largo de las que los islandeses manejaron con tal maestría el ritmo de su actuación que no hubo peros posibles, ni dudas, ni siquiera recelos ante aquellos excesos de épica de los que echaban mano años atrás. Esta vez controlaron los subidones, salpicando únicamente los momentos claves del set con aquellos crescendos que en el pasado parecían recurso fácil para emocionarnos.

Obviamente, el sonido ayudó a que viviésemos tan intensamente su actuación. Definido y casi perfecto, consiguió que Sigur Rós bordasen un una recta final de impresión (“Hoppípolla”, “Me∂ Bló∂nasir” y “Glósoli”)
Tampoco nos ofrecieron su cara más pop, algo que parece haberse quedado ya para los conciertos de Jónsi en solitario y sí varias sorpresas, entre ellas –como de costumbre- varios temas nuevos (alguno tiñó de oscuridad inédita parte del concierto, como los últimos minutos de “Kveikur”, pieza que cerró la primera parte del show) o el mayor protagonismo de la sección de vientos.