En 2003, el maestro Lloyd Cole (nada que ver musicalmente con Sigur Rós) le dedicó un disco a la música en lengua extranjera, y argumentaba que la edad provocaba que llegara un momento en el que, aunque la pasión no se hubiera acabado, a veces era necesario no sufrir siempre el ansia post-adolescente en las canciones, y defendía la escucha de música en lengua extranjera como terapia necesaria de abstracción en la vida. Exactamente lo que ocurre con Sigur Rós. Menos algún obseso, nadie sabe qué demonio dicen cuando quieren decir algo, a pesar de las bocas entreabiertas tarareando canciones en islandés. Por eso, la fiesta de lalalás y confeti-flaminglipsero que se montan con la tamborrada de For A Minor Reflection en “Gobbledigook” es la celebración de lo absolutamente abstracto más multitudinaria que ha conocido el indie en los últimos años. Ni siquiera los baños de masas del techno pueden emular esta ensoñación en la que, a pesar de sonar y parecer más grandes que la vida, Sigur Rós lo dejan todo a la imaginación. Hay que poner lo suficiente de tu parte para fantasear con lo que está ocurriendo encima del escenario. Y contra la voluntad mayoritaria, siento que cuanto más llenan de letra y significado sus canciones, más lejos están de un público que los quiere porque los siente aunque no los entienda. Y sí, hubo arco de violín y trinos agudos y explosiones circulares de caricias, y, sobre todo, miles de personas disfrutando de una película con un guión que no va a ninguna parte. En ese sentido, aleccionador y hasta vivificante.