Definitivamente, los islandeses Sigur Rós se han convertido en una formación que huye de las comparaciones en favor de una personalidad muy clara. Ni siquiera encajan ya en el concepto de “discípulos de Radiohead”. Lo demuestran todos sus discos y, sobre todo, sus actuaciones en vivo. La que vivimos aquella noche fue un ejemplo más de que andan por buen camino y que las canciones de “Takk” atesoran aún más carga emocional de la que intuíamos en estudio. Sigur Rós consiguieron erizarnos el vello con inusual maestría, lo que les convierte en malabaristas de los sentimientos como los grandes directores de cine o los grandes escritores. Conocen su sintaxis y la usan con conocimiento de causa. Colocan los silencios intencionadamente, provocan a nuestra epidermis con subidones controladísimos y se van tras arrasar, dejándonos con las lágrimas a punto de brotar. Hubo momentos abrasadores, tan abrasadores como esos hielos que aparecían a sus espaldas, hubo una iluminación dirigida con una clase descomunal (apenas un color por tema, y cada tema su color), hubo un buen puñado de canciones de su nuevo disco (“Glosoli”, “Hoppipolla”, Sorglopur”…) y hubo –al principio y al final- un telón frontal tras el que Sigur Rós juguetean con sus propias sombras para ilustrar las notas que interpretaban. Fue una noche especial, otra más, de esas que uno recuerda y recuerda y recuerda. Sigur Rós podrían separarse mañana mismo, pero con lo que nos han dado hasta ahora ya se han ganado el cielo.