Me desconciertan desde el principio y me sorprendo a mí mismo, rompiendo el monacal silencio de la sala, elucubrando sobre el folclore islandés y el minimalismo cinematográfico. Estoy perdiendo el tiempo porque no me doy cuenta de que Sigur Rós, pertrechados por un cuarteto de cuerda que sabe de temple pero también de coraje, acaban de convertir la muy nacional sala madrileña en una pequeña capilla situada justo encima de uno de los respiraderos de la dorsal atlántica. Y de allí sale lava que, como el hielo, quema de pura evanescencia. Sin quererlo, sin darme cuenta, ya soy parte de ese bosque, petrificado y silente, que formamos todos los que asistimos a este pequeño milagro de casi dos horas de duración. Lo de afuera no importa: una décima de segundo entre el final de “Hjartao Hamast” (¿o era “Viorar Vel Til Loftárása”?… bueno, ¿qué más da?…) y nuestros aplausos se elonga hasta el infinito y la sutil placidez que me invade no es sino la constatación de que la belleza existe. Nos es esquiva, nos reta a su búsqueda e incluso a veces nos desprecia. Pero existe. Y sólo por comprobarlo merece la pena vivir la vida que vivimos.