De un tiempo a esta parte, el antiguo Palacio de Deportes de la capital española se ha convertido en toda una meta dentro de lo que conocemos por indie. Los Planetas, Vetusta Morla, Fuel Fandango, Izal o Supersubmarina ya han cerrado gira en el Wizink y dentro de un año le llegará el turno a Lori Meyers. Con una larga trayectoria a sus espaldas y un aclamado directo, Sidonie ya tardaban en pasarse por allí, pero estaban esperando la ocasión perfecta.

Y es que a pesar de que la cita se presentaba como el fin del periplo de El peor grupo del mundo (Sony, 2016), su octavo disco, la velada del sábado fue realmente una celebración de sus veinte años de carrera, de la música que aman y, ante todo, de la amistad que une a Marc Ros, Jes Senra y Axel Pi. También fue una nueva oportunidad para celebrar a su fiel público, que en fechas de viajes y reuniones familiares respondió a la convocatoria, pues 4.000 seguidores ocuparon el Ring. Y, además, un ensayo de fin de año de casi dos horas, ropa interior roja incluida –para un concurso de fotos por el que tres fans se acabarían yendo de fiesta con el grupo–  en el que seguidores de todas las generaciones vivieron todas las fases.

Su último trabajo es una carta de amor a sus ídolos, pero en él Sidonie también se rinden ante sus compañeros de filas, como Rufus T. Firefly, protagonistas del carrillón de la noche. Definidos por Ros como “el futuro del rock nacional”, Víctor Cabezuelo y compañía festejaron también el fin de su año más especial hasta la fecha, porque los augurios para 2018 sólo pueden ser buenos: Magnolia, que floreció hace ya casi un año, no perdió su olor en 12 meses, colándose entre los primeros puestos de los mejores discos de 2017. Respetando el formato que no ha parado de defender por salas y festivales de todo el mapa, el quinteto de Aranjuez se quedó reunido en el centro del escenario, como la pequeña familia que es, para desplegar desde allí su amor por la psicodelia. Y este es tal que Cabezuelo actuó por segunda noche consecutiva con un dedo menos (se lo rompió 24 horas antes), no impidiendo al guitarrista y teclista dirigir con una entrega total a un grupo donde las baquetas de Julia Martín-Maestro siguen siendo un espectáculo.

Los cuartos se repartieron entre la banda sonora que acompañó al recinto mientras se preparaba Sidonie (David Bowie, Queen, Mi Capitán…) y las panderetas con las que apareció en escena la formación al completo (con los teclados de Edu Martínez, la guitarra de Víctor Valiente y la percusión de Ramiro Nieto), dando paso a las campanadas, que arrancaron con Os queremos. Y esos queridos Bowie, Morrissey o Jagger guiarían en sus paseos por la pasarela al gran showman Marc Ros, maestro de una ceremonia de homenaje a dos décadas de canciones. Como uvas que no se atragantarán nunca se sucedieron, sin freno, Nuestro baile de viernes, Costa Azul, Sierra y Canadá y Fascinado, dando fe de que su colección de himnos les permitía tal licencia.

Himnos de distintas épocas y estilos que unidos a un directo perfeccionado con el paso de los años y las alineaciones adecuadas hacen que Sidonie no pierda la capacidad de sorprender y enganchar cada noche a un público en su mayoría reincidente. Su conocida actitud canalla sobre las tablas les hace imprevisibles y más con una pasarela por la que desfilaron todos los componentes. La vena exhibicionista aparece con la electrónica de Yo soy la crema, seguida de la guitarra acústica de Atragantarnos y el karaoke a gran escala en el que se ha convertido a No sé dibujar un perro. Pero también hubo lugar para el recogimiento y la intimidad, reubicado el grupo al final de la pasarela para revisar Por ti o Giraluna –letra por la que no pasan los años– e invocar al espíritu de George Harrison mediante Los coches aún no vuelan.

Padres con sus hijos a hombros gozaron con ese viaje atrás a la época anglosajona que supuso Feelin’ down 01 y todas las edades agradecieron los guiños a compañeros de profesión. Con unos versos de Lady Madrid de Pereza, Ros excusó a un Leiva que finalmente no pudo estar presente y acompañado de Mikel Izal repitieron el homenaje a Supersubmarina que ya organizaron en la Plaza del Trigo dentro del pasado Sonorama, revisando el LN Granada de los baezanos. Finalmente, Víctor y Julia de Rufus T. Firefly volverían a pisar el escenario en un momento más que adecuado, el psicodélico y alocado paseo por El bosque, para encaminar al honorable hacia las coreadas Carreteras infinitas, comentando, “la canción es vuestra, haced con ella lo que queráis”.

Casi veinte campanadas después, el personal había hecho suyas todas las canciones, y aún quedaban las más queridas, si cabe. Tras la breve retirada de rigor, con cuernos de reno y cerveza en mano, regresaron Sidonie para proceder con la pirotecnia final, previa declaración de amor entre sus componentes. Ros se paseó a hombros por la pista para el tradicional baño de masas de Un día de mierda –un crío saludaba al cantante desde la distancia, como si fuera un Rey Mago–, se colgó de nuevo la guitarra para encender la mecha final con El incendio y alcanzar el clímax de la comunión con Estáis aquí. Ros, Senra y Pi terminaron la velada en ropa interior (roja, por supuesto) y así la banda al completo se dejó vestir por el baño de confeti que marcó el fin pero también el inicio de un nuevo año para Sidonie, el mejor que podría haber esperado “el peor grupo del mundo”.