Que a día de hoy podamos disfrutar de la existencia (artística) de Shirley Davis & The SilverBacks se lo debemos a esas cabriolas que solo el poder de la música puede generar. Una historia que se inicia cuando una inglesa, afincada en Australia, viaja a Madrid para asistir al concierto que ofrece su idolatrada Sharon Jones, quien la selecciona entre el público para subir a cantar junto a ella. En la misma sala los chicos del sello capitalino Tucxone Records observan la imagen y fascinados por la “espontánea” deciden ir en la búsqueda de aquella misteriosa chica. Una vez localizada y convencida para trabajar juntos, la cobijan con la banda propia de la escudería. La simbiosis entre ellos, en realidad todos ya bregados en diferentes proyectos, da como resultado material un primer disco -que pronto tendrá su continuación- de nombre Black Rose.

Conocida la particular y casi literaria biografía del combo, su presente los ha traído hasta la sala Bilborock para participar en uno de los diversos eventos que adornarán este fin de semana la capital vizcaína a base de música negra dentro del ciclo Bilbao Black Experience. Como marca la idiosincrasia del género, los primeros instantes del show se dedicarán a la presentación en solitario de la banda. Con una introducción algo extensa, hasta cuatro temas llegaron a encadenar, sin embargo también fue la mejor manera de corroborar la habilidad y variedad de matices que atesoraba el sexteto, visible en un catálogo que incluyó una llevadera sobriedad, la utilización del wah-wah sin excesos, sinuosos matices de afrobeat o un apacible romanticismo.

La entrada en escena de Shirley Davis, marcada por un atuendo de moderna africanidad, se decantó por un paso algo retenido a la hora de expresar ese omnipresente soul-funk, compensado en sus ingredientes y alejado de estridencias, que tiene a artistas como Sharon Jones, Ann Peebles o Ann Sexton en su imaginario. Piezas como la templada consistencia de “Dilemma”, la más animada, y reivindicativa, “Two Worlds”, o la recitativa sentimentalidad que rezumaba “Pay for Your Love” se mostraron correctas pero no terminaban de derribar ese siempre complicado primer muro que se genera con el público.

No es ningún demérito aceptar que la inglesa no pertenece a ese tipo de intérpretes de huracanada voz ni a aquellas con una descomunal presencia en las tablas, pero sí recopila una serie de virtudes, surgidas de una natural personalidad, tan importantes o más que las anteriores y que curiosamente iban a ebullicionar con la llegada de un “extraño”. Y es que para acompañarse en ese funk retenido pero robusto que es “Be Yourself” buscó a un espontáneo -que se desenvolvió muy bien dicho de paso- como compañero de bailes, y fuera por eso, o porque era el momento idóneo, tanto ella como el propio grupo despuntó sustancialmente. En ese despegue que ya no iba a cesar, iba a tener mucho que ver la presencia de algunas versiones, por ejemplo la que acometería desmelenada, con las rastas liberadas, el tema de Monophonics “Deception”, bajo una arrolladora intimidad arropada de una desatada guitarra.

Iba a recuperar su repertorio con la simbólica y racial, rescatando algunos abalorios tribales, “Black Rose”, en la que su voz retumbó con potencia, para proseguir con la excelente muestra de soul clásico que es “Make My Day”, que la indujo a bajar hasta el público, mientras que “My Universe” se presentaba como la peculiar del lote, decorada con una musicalidad llegada del espacio exterior que permitía el lucimiento de la banda. El último tramo del concierto se encomendó al funk más bailable, colándose algún tema ajeno más como la composición de Marva Whitney la “jamesbrowniana” “It’s My Thing” o la fornida y propia “Vanity”, que amén del epílogo instrumental, supuso el cierre.

El gran reto con el que se suelen encontrar este tipo de agrupaciones, en las que una cantante se asocia a un grupo, es el de la compenetración y el de constituir un ente único y capaz de aglutinar las características innatas de cada uno de los miembros. Un desafío que, salvo por algunos conatos iniciales algo apagados, por lo visto durante su nuevo paso por Bilbao está plenamente superado y consolidado. Shirley Davis & The SilverBacks saben perfectamente cuál es su camino y tienen las armas para ejecutarlo, por lo tanto solo es posible mejorar este de ya de por sí solvente proyecto abastecido del soul-funk clásico y lanzado con singular y rebelde expresividad.