Dicen que antes de morir ves toda tu vida pasar delante de tus ojos. Pero hay dos tipos de personas -a menudo encerradas en el mismo cuerpo- que saben que no es la única forma de que eso suceda: los lectores de ciencia ficción y los aficionados al rock and roll. Ayer sobre el escenario del Marula se veía pasar la vida de una banda, pero a la vez era un espejo en el que buena parte de los ahí presentes estaban viendo la suya. Y ni moribundos ni más vivos que antes: tan vivos como siempre, con kilómetros de furgoneta y carretera en las venas. Con la tranquilidad de saber que ni siguen ni van en contra de la corriente, sino que hace tiempo que nadan por otras aguas.

Pero antes de hablar de eso, supongo que un servidor debería tomar ejemplo y empezar también por el principio. Los encargados de calentar el ambiente eran The Grandaddies, que repetían en el Marula tras debutar en el mismo lugar hace unos meses como tesoneros de MFC Chicken. Y lo cierto es que, pese a lo breve de su trayectoria, el engranaje funciona con perfecta precisión. Con amor declarado a Bo Diddley y un repertorio que gira en torno al rhythm and blues dieron un concierto corto pero contundente, en el que si algo sorprendía era lo bien que sonaban. El tipo de sonido que parece fácil de conseguir pero, a la hora de la verdad, no se ve tan a menudo. Una pena, como digo, que solo estuvieran una media hora escasa sobre la palestra, pero basta para no olvidar su nombre y vigilar sus próximos movimientos.

En el Marula no hay telón pero sí altavoces, y vamos a dejar de lado la metáfora por un día. Era música la que anunciaba la entrada de Sex Museum, y así debería ser con una banda que se ha convertido en una homenaje a la música en sí misma. Aunque no a toda música: solo a la comprometida, sudorosa, divertida y honesta. Que no es poco. Durante más de hora y media desgranaron toda su carrera, desde los tempranos pildorazos de garage y fuzz, desde el “Have Love, Will Travel” de The Sonics, hasta su último disco, “Big City Lies” (Tritone, 14), pasando por la etapa más hard rockera y alguna que otra versión como el “Smoke on the Party (Fight for your Right)” con el que soplaban las velas hace unos meses. No aportaría mucho hablando de la contundencia de Fernando Pardo, Marta Ruíz, Javi Vacas y Loza, porque es de sobra conocida. Tampoco ha cambiado la electricidad y el magnetismo de un Miguel Pardo que parece ser capaz de hacer suya cualquier cosa que le echen, desde Beastie Boys a Motörhead pasando por Electric Six. Precisamente era su “Danger! High Voltage” (porque en aquel momento era suyo) el que ponía el broche final, demostrando una vez más que se puede hacer rock and roll sin orejeras de burro.

Uno de los primeros grupos de rock que recuerdo ver sobre un escenario es Sex Museum, y no ha cambiado lo primero que pensé aquella vez: realmente disfrutan haciendo lo que hacen. Y, cuando los que los rodean también lo hacen, se crea esa comunión que da sentido aún hoy en día a un concierto de rock. Llevan haciéndolo posible tres décadas, y siguen sin mirar ni siquiera de reojo el pedal de freno. Ya lo cantaba Gardel el día que se equivocó de número: “Que treinta años no es nada”.