Existe una máxima que dice que si algo funciona no lo cambies. Royal Blood se dieron a conocer hace apenas tres años y desde entonces su ascenso ha sido imparable: de una de las promesas del rock británico a una buscada fórmula encaminada al de rock de estadios. Por ello en su segundo disco, “How Did We Get So Dark?”, el dúo británico se mantiene fiel a su propuesta minimalista, bajo y batería. Y es que, en el fondo, no les hace falta más. Una propuesta intencionadamente sencilla que huye de la sobreproducción para ir a la raíz: puro rock.

¿Pero qué pasa cuando pasamos de la sorpresa inicial del debut de una banda de rock en la que no hay ninguna guitarra, aunque suene como si la hubiera? Si bien su segundo disco peca de continuista, no hay espacio para aburrirse con Royal Blood. Lo vemos en su puesta en escena, vistosa, rodeados de paredes de leds que refuerzan la actitud más rockstar del dúo. Entre los solos de batería obligados del directo de Tatcher y el virtuosismo de Kerr se pasean influencias fácilmente reconocibles, que además exhiben orgullosos. Desde los riffs más contundentes de Queens Of The Stone Age o The White Stripes, pasando, por momentos, por la pomposidad instrumental de Muse.

Sus canciones se enganchan desde el primer momento con el single “Lights Out”, aunque cargan las tintas en una oscuridad rocosa que les sienta tan bien como a los Arctic Monkeys de los últimos años. La incorporación de coristas de forma puntual hace que esa puesta en escena de estrellas del rock les haga tocar el cielo en los momentos álgidos de su actuación, aunque lo cierto es que prefieren dejar para el final la traca de hits. Y es ahí, con “Figure It Out” como antesala de un final apoteósico con “Ten Tone Skeleton” y “Out Of The Black”, cuando ya somos conscientes de que es imposible no rendirse a su potencia, directa y efectiva. Royal Blood conocen sus limitaciones y virtudes, han encontrado su fórmula y han decidido defenderla hasta el final y con todas las consecuencias.