Íbamos con expectativas elevadas y el Roadburn las ha superado. Un festival de cuatro días en Tilburg (Holanda), de aforo mediano (4.000 personas por jornada), asequible en cuanto a parrilla y extensión, en el que poder descubrir bandas y ver la mayoría de conciertos de forma cómoda, sin colas y disfrutando de un sonido impecable. Su programación ha combinado, un año más, nombres ascendentes en la órbita del metal -aunque también del post-rock, la psicodelia y la experimentación- con la presencia de bandas consagradas, algunas de las cuales han interpretado de forma íntegra sus discos más emblemáticos o significativos.

Los primeros en hacerlo fueron los suecos Cult Of Luna, quienes repasaron su personal “Somewhere Along The Highway” con motivo del décimo aniversario del álbum. Con las siluetas de sus miembros recortadas ante cambiantes contraluces de colores, la banda se mostró solemne, majestuosa y altamente competente en cualquiera de sus registros, combinando sensibilidad (“Marching To The Heartbeats”) con potentes descargas no exentas de emoción (enorme “Finland”) y miradas contemplativas de pulso post-rock (vibrantes y ensoñadoras “Dim” y “Dark City Dead Man”).

Otros grupos que recuperaron discos enteros en la primera jornada del festival fueron Converge y Paradise Lost. Los primeros interpretaron el referencial “Jane Doe”, piedra angular del hardcore extremo que cumple este año tres lustros sin mostrar síntomas de agotamiento. La furibunda naturaleza de sus doce canciones se recrudece aún más en el escenario, capitalizada por un Jacob Bannon que no respira ni un segundo, corriendo y contorsionándose como una bestia en llamas (o como el ave fénix de la caótica “Phoenix In Flames”). Se les sumó su primer guitarrista, Stephen Brodsky (Cave In), y el show nos dejó noqueados desde la demoledora “Concubine” hasta la épica pieza-título que cierra, “Jane Doe”. Impresionantes.

Por su parte, Paradise Lost reivindicaron su totémico “Gothic”, piedra de toque del gothic doom, con una inusitada potencia no exenta de su habitual majestuosidad. Resultó emocionante poder viajar veinticinco años atrás y corroborar la importancia y el impacto de aquél trabajo en nuestros días: “Dead Emotion”, “Falling Forever”, la inédita en directo “Angel Tears” o la bella “The Painless” no han envejecido nada mal. Nick Holmes clavó los guturales -desterrados de buena parte de su discografía posterior- y redondearon el set con “Embers Fire”, “Hallowed Land”, “Pity The Sadness” (que dedicaron a Lee Dorrian), “As I Die” y las nuevas “No Hope in Sight” y “Beneath Broken Earth”. Dio un poco de lástima -no precisamente por la banda- que la pista se vaciara un poco tras la última nota de “Gothic”, evidenciando poco interés de un sector de la audiencia en piezas posteriores a su misma altura.

 

Completaron el primero de los días The Skull con su clásica, eficaz y rodada aleación de doom y heavy metal; los finlandeses Hexvessel, con su folk psicodélico y misticismo cósmico salpicado de trompetas oníricas; la salvajada sludge-industrial de The Body; y Abysmal Grief, doom metal de inquietante puesta en escena con músicos encapuchados, imaginería cristiana y sonidos del más allá.

Entre los descubrimientos, destacar a Usnea y su alternancia de downtempos doom y vertiginosos tramos black; la virulenta e intensa propuesta de Cult Of Occult en la iglesia reconvertida en sala de conciertos Her Patronat, con unos graves propios de fallas tectónicas en plena erosión y unas interesantes proyecciones repletas de horcas y catedrales; y, de forma especial, el black metal indagador de los finlandeses Misþyrming, uno de los nombres más citados a lo largo del festival.

La segunda jornada se abrió con la inclasificable Diamanda Galás y una triste noticia para los fotógrafos: la artista no permitía retratos en directo y pedía igualmente al público que respetara su decisión. Una excentricidad anecdótica comparada con su huidiza propuesta no apta para todos los públicos. Eso sí, la sala se llenó, aplaudió y enmudeció tras su salida al escenario como si fuera un espectro, desgarbada y de rostro pálido semioculto por una larga y lacia melena negra de puntas rojas. Tras media reverencia se sentó al piano para arrancarle un rocambolesco y endiablado ritmo de blues-jazz sin patrones definidos sobre el que, como un ser mitológico tocado de muerte, Galás escupió alaridos estremecedores, sonidos, gritos y rugidos sin control. Tristeza. Rabia. Autodestrucción. Y temblor en nuestro espinazo propio de quien es interpelado desde el abismo. Una extraña delicatessen que experimentamos flanqueados por Tomas Lindberg (At The Gates) y Erik Danielsson (Watain).

Los portugueses Sinistro marcaron una interesante sorpresa, con amasijos de riffs envolventes, graves como el centro gravitatorio de la Tierra, sobrevolados por la cristalina voz de Patricia Andrade. Sus coreografías de mimo y las proyecciones en blanco y negro añadieron un tono onírico al conjunto.

Repulsion, por su parte, se marcaron otro de los conciertos más brutales de todo el evento. Precedidos por un cartel que rezaba “Rituals For The Blind Dead”, señal que se trataba de uno de los conciertos programados por el curator Lee Dorrian, los norteamericanos salieron a machete y nos volaron la cabeza con su festín goregrind servido en bombas de minuto y medio como “Eaten Alive”.

With The Dead, nuevo proyecto del citado Dorrian, desplegaron con impecables maneras su monstruosa criatura de doom clásico, envolvente y de distorsión ultrasaturada. Algo fríos pero convincentes, su tempo y sonido nos atraparon junto a las imágenes en movimiento de la pantalla de fondo: video footage retro y en bucle de destrucción, drogas, prisiones, estrellas, predicadores y entierros. Pura poesía, vamos.

Había mucha expectación por ver a G.I.S.M., quienes arrancaron con la sala principal a reventar y musicalmente acelerados, con su rabiosa y cortante amalgama de hardcore punk y heavy metal a pleno rendimiento. Atacaron cortes como “A.B.C. Weapons”, “Still Alive” o “Anthem”, mientras su batería aporreaba las baquetas con un estilo muy Mikkey Dee (Motörhead) y se sucedían proyecciones, alucinógenas y no aptas para epilépticos; una locura surrealista y agresiva que le sentó como un tiro a su propuesta.

Los cabezas de cartel del viernes fueron unos Pentagram increíbles, liderados por un exultante Victor Griffin y por un Bobby Liebling, inexplicablemente, en plena forma. Arrancaron con las tres primeras canciones de su clásico “Relentless”, unas muy coreadas “Death Row”, “All Your Sins” y “Sign Of The Wolf (Pentagram)”, y mantuvieron un nivel altísimo hasta las finales “Last Days Here”, “Be Forewarned” y “20 Buck Spin”, en la que Liebling se dejó caer al suelo simulando su muerte; la banda le siguió el juego arrastrándolo por el escenario y “sepultándolo” con amplificadores e instrumentos. Grandes.

La guinda de la jornada la pondrían Úlfsmessa, un pequeño dream team del black metal underground con miembros de los citados Misþyrming y un show muy atmosférico que se tornaría progresivamente en auténtica tormenta.
Pero la recta final del festival aún nos tenía reservadas algunas de sus mejores bazas. El aperitivo de primera clase nos lo sirvieron Brothers Of The Sonic Cloth, sólido tratado de post metal de monolíticos riffs con garantía de calidad Neurot Recordings; Tau Cross, con Rob Miller (Amebix) y Michel ‘Away’ Langevin de Voivod en sus filas, reprodujeron con nervio su salvaje y curtido punk metal; y el trío californiano Beastmaker nos regaló en Her Patronat un soberbio tratado de doom clásico con groove y sonido perfecto, mezclando los primeros Black Sabbath con sugerentes pinceladas de blues oscuro, cine de terror en blanco y negro y olor a marihuana.

Tras ellos, se sucedieron en la sala grande tres de los mejores y más especiales conciertos del festival. El primero de ellos fue la segunda actuación de Converge, con un setlist exclusivo que están interpretando en escasas fechas y que reúne algunos de sus temas más introspectivos y bajos de revoluciones. Abrieron con los riffs gruesos y netamente metálicos de “Plagues” para encadenar medios tiempos y voces limpias en “Grim Heart/Black Rose”, “Coral Blue” o el lejano “Minnesota”. En su segunda mitad se marcaron una reluciente versión del “Disintegration” de The Cure y reunieron de forma inédita a Steve Von Till de Neurosis (en la etérea “Cruel Bloom”) y a Chelsea Wolfe, en un emocionante tramo final que incluyó la estremecedora “Wretched World” e “In Her Shadow”. Es fácil imaginarlos en un Liceu o en un Auditori del Fórum dejando al personal con la mandíbula desencajada.

Algo parecido sucedió con el set acústico de Amenra, sentados en círculo en el centro del escenario y desplegando la mística y el misterio de sus composiciones por caminos más líricos y cálidos. Sumidos en la semipenumbra, desnudaron hasta la esencia piezas como “Aorte. Nous Sommes Du Même Sang” o “Razoreater”, adornando con arreglos de violín otros cortes originalmente acústicos (“Dying Of Light”, “Wear My Crown”) y dejándose guiar por el registro más limpio y sinuoso de Colin H. van Eeckhout, cercano en ocasiones al de Maynard James Keenan; no resulta casual que intercalaran una versión del “Parabol” de Tool.

Tras oxigenarnos brevemente con La muerte y su rocambolesco rock con ecos a los Clutch más crudos, llegó el momento de los cabezas de cartel absolutos del festival, Neurosis, quienes celebraron sus treinta años de carrera con un doble y vasto repertorio -sábado y domingo, en el marco del llamado Afterburner- con el que repasaron los múltiples registros explorados en sus tres décadas de vida. Resulta curioso que, siendo pioneros y toda una referencia en la inclusión de visuales en los directos, y tocando en un festival en el que casi todas las bandas llevan proyecciones, los de Oakland optaran por prescindir de ellas y mostrarse de forma esencial y, si cabe, más directa.

La primera de las dos noches resultó ser la mejor, difícil de describir por su intensidad y vibraciones, algo casi ancestral y más poderoso que cualquier otra manifestación musical explicable. Sonó hardcore-punk acelerado (“Pain Of Mind”), sludge lacerante, doom pesado y brutal (“Times Of Grace”) y post-metal sideral cuajados con samples y sonidos industriales de origen indefinible (“Water Is Not Enough”, “At The Well”). Con una ejecución de energía desbordante -la suma de los registros de Scott Kelly, Steve von Till y Dave Edwardson, con el pelo teñido de verde intenso, sigue formando una combinación brutal-, incluyeron otros temas que, a día de hoy, siguen sin poder etiquetarse más allá del sonido Neurosis, como “Takeahnase”, “An Offering”, “Through Silver In Blood” o la final “Stones From The Sky”.

Para la segunda noche se reservaron piezas más ambient (“The Tide”) y unos cuantos pilares del metal de vanguardia más inspirador y, aunque las largas pausas entre canciones lastraron el ritmo global, cortes como el reciente “We All Rage In Gold”, “Locust Star” o el cierre con “The Doorway” valieron todo un festival. Suyo es este Roadburn 2016 ejemplar y memorable que tuvo en las actuaciones de los épicos Green Carnation, el sludge monolítico de Buried At Sea y, de forma especial, el acongojante set eléctrico de Amenra un epílogo magistral de emociones no menos intensas.