En su última edición (ocho ya) el Festival Low demostró dos cosas de forma inequívoca. Una, que se puede montar un festival de música indie y conseguir que sea un éxito tirando principalmente de propuestas autóctonas y sin necesidad de recurrir a grandes nombres afincados en EEUU o en las islas británicas. Eso teniendo en cuenta que estamos en Benidorm, probablemente la ciudad con más visitantes procedentes del Reino Unido del mundo. Y dos, que los buenos grupos nunca pasan de moda. Poco importa que Belle & Sebastian firmaran sus mejores trabajos en los 90 o que Los Planetas lleven ya cinco años sin publicar un largo. Se llevaron el gato al agua.

Día uno

Bien pronto contábamos con la asistencia de La M.O.D.A en el segundo escenario más grande del recinto (Matusalem): animados y dispuestos a hacer frente a una explanada que, a pesar del horario, se iba abarrotando de más y más asistentes. Honorando a su nombre, y quizás con la guitarra de David Ruiz algo escondida, los de Burgos hicieron un repaso de sus tres publicaciones discográficas, sobre todo de “La primavera del invierno” (Mus Records 15), durante la hora que duró la actuación. En el escenario Jägermusic, mucho más pequeño (pero con músicos también jóvenes e incluso propuestas más grandes y ambiciosas), los chilenos –exceptuando el batería –afincados en Barcelona, The Zephyr Bones, se proclamaron los chamanes del pop y la psicodelia con todas las de la ley. Su saber hacer en directo supera hasta el momento su EP “Wishes/Fishes” (DIY, 2014) pero con su 7” y un puñado de nuevas composiciones que llevan tocando estos meses parece que la cosa va camino de resultar íntegra y redonda.

Casi al mismo tiempo llegaba uno de los platos fuertes de la noche: Love Of Lesbian, que venían con su nuevo trabajo “El poeta Halley” (Warner Music Spain, 16) bajo el brazo. Pese a prodigarse ampliamente por festivales a lo largo y ancho de la península (véase El Mundo Today), los barceloneses siguen suponiendo un revulsivo allá donde se les programe. No había más que echar un vistazo a la reacción del entregado público que allí se agolpaba. La épica de canciones como “Allí donde solíamos gritar” o la más reciente “Bajo el volcán”, junto con recursos tales como explosiones de confeti, hace que cada vez sea menos descabellado hablar de ellos como de una especie de U2 en versión patria.

Simultaneamente el escenario Matusalem estaba siendo testigo de uno de los conciertos/exorcismos de León Benavente. La palabra puede resultar exagerada, pero de verdad que las actuaciones del cuarteto resultan (cada vez más) una autentica experiencia emocional, en la que la tensión entre sus miembros parece convertirse en una herramienta más al servicio de la música. Así, comenzaron su actuación con el potente single “Tipo D”, seguido de “California”, canción que abre el excelente “2” (Marxophone /Warner, 16) en un setlist ya conocido para los que hayan podido verlos recientemente. Sin embargo, algo parecía fallar y lo que debía ser consistencia devenía en rutina. Por un momento se mascó la tragedia. Pero entonces llegó “Gloria” y con ella la magia se hizo. Abraham Boba se vino arriba y en cuestión de segundos la banda volvía a funcionar como una entidad reconocible. Respiramos tranquilos. Todo volvía a su cauce.

Punk noventero mucho más mítico era lo se desarrollaba en el escenario Wiko de la mano de Dwarves, banda acostumbrada a liarla mucho más que lo que pudimos ver esa noche pero que aún con todo fue capaz de generar esos “pogos del Low” que tanta gracia nos hacen. Más destartalado, ácido y agresivo y en formato monobanda –no olvidemos –fue el marciano Daniel Gómez, bajo el nombre de King Cayman, un par de horas después en el mismo escenario. Directo punk algo accidentado pero siempre abofeteándote la cara, K. C. interpretó temas ya recurrentes en sus conciertos como “Roses In Trash”, “Mirror’s Carnaval” o “You Make Me Shine” junto a algunos nuevos temas que están por venir.

De vuelta al escenario grande (Budweiser), Belle & Sebastian dieron el que sin duda fue el concierto de la noche. Poco importa que no seas fan de la banda de Glasgow, Stuart Murdoch y los suyos exhiben sobre las tablas una solvencia a prueba de bombas. Además merece la pena recordar que en su extensa discografía cuentan con temas de todo tipo. Si bien su querencia por el Pop (con mayúsculas) es evidente, la banda se mueve con la misma facilidad y eficiencia por derroteros más folkies como por la chamber music y hasta los destellos disco de su último trabajo (que decir del rubio cantante bailando sobre el piano en consonancia con esas visuales que no desentonarían en Pacha Ibiza). En cualquier caso, fue maravilloso vivir en vivo y en directo temas como “The Stars Of Track & Field” o “Like Dylan In The Movies”, clásicos ya atemporales. Por cierto, que si alguno de los presentes hubiese dudado de la nacionalidad de la banda, Stuart se despachó con un emotivo discurso en perfecto castellano: “Somos escoceses, somos europeos, seguimos siendo europeos, no os abandonaremos nunca”.  

Por su parte, Oblivians ofrecieron un buen concierto de punk-rock, aunque con un sonido algo deficiente por parte de los técnicos que mejoraría con Los Nastys, más gamberros y en mejor sintonía con el público que los anteriores, y con los que sonaron rolas como “Never digas never”, “Baby” o “Fumar, beber, romper”. Noche de fantasmas, ciertamente, aunque esa noche salieron y no terminaron peleándose pese a las “aparición estelar” (por decir algo) de algunos miembros de The Parrots y Sexy Zebras.  Antes, en el escenario Matusalem, Belako perpetraron un concierto un tanto a medio gas, muy lejos de lo que los vizcaínos puede llegar a hacer, aunque con algún que otro momento álgido, como su sorprendente rendición del “Paper Planes” de M.I.A.

Pero la primera jornada se cerraría de verdad en el escenario Budweiser con la actuación de Hot Chip, seguida por sus discípulos vascos WAS. Los ingleses son cada vez más un grupo para la pista de baile que para los escenarios. Poco importaban los visuales o el hecho de que Alexis Taylor hubiese decidido vestir una toga rosa (¿?), el verdadero espectáculo estaba a ras de suelo. Y es que ante temas como “I Need You Now”, “Boy From School” o la inevitable “Over And Over” el público no puede hacer otra cosa que bailar. Pero eso tampoco hace que podamos olvidarnos de que estamos ante una banda de instrumentistas soberbios, desde el propio Joe Goddard (autentica alma mater de la banda) hasta la batería Sarah Jones, conocida de ahora en adelante como Person Pillow.

Días dos:

El segundo día llegábamos al recinto a tiempo para ver a Sr Chinarro. Con un sol de justicia (habría que plantearse si en un lugar tan caluroso como Benidorm no merecería la pena retrasar un poco el horario de conciertos) pudimos disfrutar en directo de los temas de “El Progreso” (El Segell, 16), incluyendo su estupenda canción titular (aunque sin la presencia de Soleá Morente) y algún que otro hit pretérito como la gran “Del Montón”. Pese a que las condiciones climáticas no acompañaban, el sevillano Antonio Luque salió airoso y se marcó un concierto de lo más digno.

Poco después, en el mismo escenario, música para bailar y follar de la mano de Novedades Carminha, a los cuales les faltó algo de potencia en su ecualización pero que con temas como “Antigua pero moderna”, “Dame veneno”, “Te vas con cualquiera” o “Ritmo en la sangre” hicieron el efecto deseado en el público. Tampoco falto su versión de “Et Moia, Et Moia, Et Moia” (Jacques Dutronc) y además se marcaron otra de “Demolición” (Los Saicos) en los últimos minutos de su actuación. En el escenario Jagermusic teníamos casi al mismo tiempo a Terrier, con público escaso pero fiel y unas ganas tremendas de ver en directo algunas canciones de La Plaga” (Sonido Muchacho, 2016). De alguna manera nos sentimos afortunados de estar ahí.

Mientras tanto en el escenario Budweiser hacían aparecieron Black Lips (que ya habían actuado el miércoles durante la fiesta de presentación en la playa), quizás una de las decepciones del festival. Acostumbrados a sus locos conciertos de antaño, aquello parecía una versión descafeinada de ellos mismos. Quizás era aún demasiado pronto para su propuesta o quizás sencillamente el tamaño del escenario les venía grande, pues parecían un tanto incomodos en ese rol de grupo masivo. Ante el panorama muchos decidimos volver al escenario pequeño para ver a Los Belanga. Uno detrás de otro, el duo zaragozano fue soltando sus temas de rock and roll, como un trabuco. Y como un trabuco estalló Guillermo, el cantante, cuando cortaron el sonido y no pudieron terminar el set. Otra propuesta muy distinta se sucedía en el escenario Wiko. Algunos pensaron que quizás eran demasiado buenos, pero lo de Melange es otra movida porque son virtuosos, distintos y, con todo, comprensibles. Baterías camaronescas, guitarras y voces a lo Vainica Doble o King Crimson…Entraron muy bien todas las canciones que interpretaron, sobre todo “La cosecha”, “Solera” o “Despertar”. Preludio perfecto para lo que vendría a continuación.

Los Planetas. Punto y aparte. La banda granaína está empezando a adquirir ya categoría de leyenda. Y no sólo porque su último gran disco lleve la palabra en el título. Ni porque su presencia en festivales (y en los escenarios) sea cada vez menos frecuente. J, Florent, Banim, Erik y Julián salieron al escenario entre luces tenues para interpretar una intensísima versión de “Los Poetas”. Casi 10 minutos que nos dejaron a todos con la sensación de estar viviendo algo épico; casi místico. Y es que el rollo trascendente que han ido adoptando con el paso del tiempo les sienta realmente bien. Poco a poco, casi con sigilo, fueron desgranando parte de su repertorio más profundo y sutil. Ese que se mueve entre el shoegaze y el flamenco, entre la psicodélia y el indie pop más brillante. O el más oscuro, depende de cómo se mire: “Señora de las Alturas” “Ya no me asomo a la reja”, “Corrientes circulares en el tiempo”… Una densidad que lejos de aburrir, conmueve. La tela estaba tejida y nosotros éramos cautivos cuando decidieron empezar a soltar temones (¿acaso no lo son todos?): “Santos que yo te pinte”, “Segundo Premio”, “David y Claudia”, “Pesadilla en el parque de atracciones”… y sí, tampoco faltó “Un buen día”, por si a esas alturas quedaba algún no confeso entre los presentes. Por cierto, que el sonido fue apabullante en todo momento. Curiosamente en el último tramo del concierto recurrieron a su primer trabajo, aquel lejano “Super 8” (RCA, 95) del que recuperaron una canción que no desentonan en absoluto con sus últimas excursiones vitales: “La Caja del Diablo”. ¿Mirar al pasado para continuar avanzando? El futuro lo dirá. Pero queremos que ese futuro llegue lo antes posible.

La Habitación Roja, por su parte, ejercieron de héroes locales sin necesidad de recurrir a sus clásicos: ni un solo tema de sus primeros 10 años y sólo dos anteriores a 2012. Un directo digno, aunque a muchos nos dejaran un poco fríos. Estábamos aún flipando. En el caso de Suede, la veteranía también es un grado. Como tantos otros compañeros de generación (y ya van…), parece que la banda de Brett Anderson ha vuelto para quedarse. Aunque todavía hay quien lleva considerándoles apócrifos desde que Bernard Butler (guitarrista original) abandonará el barco ¡en 1994! Originales o no, poco importa. Con un puñado de hits inapelables (“Trash”, “Animal Nitrate”) la banda llegó y venció. Hasta temas aparentemente menores como “Killing Of A Flash Boy” resultaron impresionantes. Todo gracias a un Anderson que se entregó hasta niveles preocupantes para su salud. Subiendo y bajando del escenario, adentrándose entre el público, tirando el micro al suelo y balanceándose sin parar, en un momento dio un salto y le perdimos de vista durante unos minutos. Aún nos preguntamos que ocurrió (¿desfallecimiento? ¿ostión sin más?). Lo que está claro es que el británico salió con ganas de comerse el festi y se hubiese llevado el premio gordo de no haber sido por que Los Planetas habían puesto el listón exageradamente alto.

Lo de después con Juventud Juché tampoco tiene nombre. Los madrileños dieron un bolazo de los que marcan un antes y un después en la historia de un grupo. Con la batería en primer termino, en paralelo a la guitarra/voz y al bajo, el power trio reventó las neuronas de cualquiera que se acercase por el escenario Wiko. La conexión con el público fue total, lo cual no deja de ser sorprendente teniendo en cuenta la rigidez con la que afrontan sus directos. Ni un paso en falso. Como una maquina de tres motores perfectamente engrasada fueron soltando los temas-apisonadora incluidos en su debut “Quemadero” (Sonido Muchacho, 14) y su reciente “Movimientos” (Sonido Muchacho, 16):  “En tu casa”, “Bien”, “Defensa”, “Niebla”, “Fuera”…en fin. De locura. El trio bebe del mejor post-punk hipervitaminado (Gang Of Four, Wire) pero le añade unas dosis extra intensidad y decibelios. Puro hardcore. En el sentido amplio de la palabra.

La noche terminaba para nosotros con el show de Peaches. Y digo show porque lo de la canadiense arraigada en Berlín tiene poco de concierto musical y mucho de espectáculo de choque. Pero vamos, esto tampoco es nada nuevo en la historia del rock. Los que nunca antes la habían visto alucinaron. De hecho su contratación en un festival de estas características y en el escenario grande tiene algo de provocación maquiavélica. Con dos bailarines que se disfrazaban literalmente de cualquier cosa (los trajes de vagina fueron épicos), Peaches no dejó títere con cabeza. Los coqueteos con el S&M y el guarrismo sexual que se gasta escandalizaron a más de uno, pero, sobretodo, resultaron tremendamente divertidos. El único problema para ella es que sus discípulos le han adelantado en todas las direcciones. Mientras Die Antwoord se coronan como los reyes de todo lo bizarro, Lady Gaga ha exprimido su propuesta (escénica y estética) hasta convertirla en un producto de masas socialmente aceptable.

LOW-2016-©-ambiente-Foto-Liberto-Peiró

Día tres:

El último día de festival comenzaba calentito con la actuación de Las Ruinas. Los barceloneses son, probablemente, una de las bandas más entretenidas del underground patrio. Su pop-punk eufórico y, muy especialmente, las letras del peruano Eduardo Chirinos no dejan indiferente a nadie: “Cerveza Beer”, “Ramón y Cajal”, “Cubata de Fairy”. Aquí hay genio.

Al mismo tiempo, Mucho llenaba el escenario Matusalem con unos fieles seguidores que no dejan de crecer. Sorprende como la banda de Martí Perarnau IV, con su particularísima idiosincracia, esté siendo capaz de conectar con un público tan amplio, hasta el punto de que no sería de extrañar que en poco tiempo acaben convirtiéndose en los nuevos Izales o Supersubmarinas. Casi el camino inverso de Xoel López. No porque el gallego haya dejado de interesar al gran público, sino porque sus discos cada vez conectan mejor con el oyente más exigente. Bello concierto, como siempre.

Más allá de grandes nombres, la última jornada también nos deparó alguna que otra sorpresa. Fue el caso de Badlands. Liderados por May Bañez (una auténtica frontwoman con una voz imponente), los valencianos ofrecieron un concierto en el que los límites entre el folk, el bluegrass y el country (no necesariamente “alt-“) se difuminaron entre actitud y buen hacer con los instrumentos, del banjo al contrabajo.

Poco después sería el turno de Carlos Sadness. El aragonés afincado en Barcelona tiene una virtud especial para empatizar con el público. Sus canciones son como pequeñas píldoras pop, tan aptas para amantes del indie-folk como de la radiofórmula estándar. Sus letras, además, tratan temas absolutamente universales que Sadness consigue trasmitir como si fuesen únicos, casi íntimos. Algunas de ellas, como “Que electricidad” o “Miss Honolulu” (dedicada a las influencers) bien podrían acabar por convertirse en generacionales para los millennials. Pero aunque ninguna de estas temáticas te interese ni lo más mínimo, su humildad y profesionalidad sobre el escenario son elementos lo suficientemente importantes como para seguir su carrera con mucha atención.

Y si la noche anterior la cosa iba de granadinos, el domingo la ciudad de la Alhambra tuvo otros dignos representantes en Benidorm. Aunque ese comienzo a lo Ennio Morricone casi recordaría más al desierto almeriense, los recientemente reunidos 091 ofrecieron justo lo que se esperaba de ellos. Ni más ni menos. Un concierto intenso y eficiente de rock, siguiendo la mejor tradición de su admirado Joe Strummer. No faltó “Qué fue del siglo XX”, brillando en lo más alto de su repertorio.

Pero si hablamos de intensidad, la matrícula de honor se la llevó Pablo Und Destruktion. Flanqueado por su excelente banda (la Tribu del Trueno), el asturiano ofreció su setlist habitual, aunque con las inevitables reducciones por tiempo propias de un festival. Comenzado por las emocionantes “Los días nos tragaran” y “El Aire Puro”, los (por desgracia) pocos asistentes que optaron por su concierto no se arrepentirían de haberlo hecho. Nunca falla. No importa el recinto, el formato o la afluencia de público. Pablo vive cada concierto como si fuese el último.

Muchos habían preferido acercarse al concierto revival del festival. Cuarenta años de Marky Ramone, un punk. Algo así rezaba la tela en el fondo del escenario y algo así nos vino a decir su actuación. La edad, su vida y el punk pasan factura y su formación resulta una buen tributo a la banda legendaria donde ejerció de batería. Fuera de esto no creo que pretenda mucho más, por lo que se limitó a repasar clásicos y no tan clásicos. “53th and 3rd sonó, y eso fue un alegrón.

Sin embargo, el concierto más esperado de la noche fue, como no podía ser de otra manera, el de Vetusta Morla. El último, al parecer, de su interminable gira por nuestro país tras su último trabajo “La Deriva” (Pequeño Salto Mortal, 14), sino contamos precisamente su disco en directo “1515” (Pequeño Salto Mortal, 15). No obstante, los de Tres Cantos decidieron innovar y comenzaron su set en formato semi-acuático con Pucho acompañado tan sólo de la guitarra de Guillermo Galván. Tras esta pequeña introducción, el resto de la banda saltaba a escena y hacían sonar los primeros acordes de “Lo que te hace grande”. A partir de ahí, un maremoto que arrastraría (literalmente) a la masa humana que se había dado cita en el concierto. Realmente no cabía un alfiler y acercase a las primeras filas era algo parecido a un deporte de riesgo. Resulta curioso comprobar en carne propia como un grupo que ha hecho de la sensibilidad su razón de ser cause semejantes estallidos de histeria. “La Deriva”, “Golpe Maestro”, “Maldita Dulzura”, “Copenhague”… apenas faltó uno sólo de sus temas-himnos que los asistentes cantaban a viva voz con milimétrica (es un decir) exactitud. De lo que no hay duda es de la solvencia musical de una banda cuyo rodaje ha hecho que sus miembros parezcan comunicarse sin necesidad de palabras. Aquello sonaba de lujo.

Tras semejante espectáculo de delirio colectivo, Miss Caffeina tuvieron muy difícil levantar a un público aún aturdido por lo que había presenciado apenas unos minutos antes. Pese a todo ofrecieron un show dinámico y ameno en el que no faltaron sus temas más conocidos, como ese “Mira como vuelo” de su último disco “Detroit” (Warner Music, 16). Los ecos ochenteros de la banda son la razón de ser de El Último Vecinoque hacían de las suyas en el escenario Wiko. El espíritu de Décima Víctima o The Cure (en su faceta más oscura) parece vivir en el cuarteto barcelonés. “Tu casa nueva”, “Mi escriba”, “Antes de conocerme”… sus temas han venido con la intención de quedarse entre nosotros, al menos, durante una larga temporada. Además Gerard, su cantante, las interpreta de una forma ciertamente peculiar. Eso por no hablar de su outfit: calzoncillos y camiseta de Queen.

Precisamente él sería el invitado sorpresa en uno de los conciertos de la noche. Javiera Mena ofreció un espectáculo sencillo pero potente. La chilena salió sin más músicos que ella misma, encargada única de cantar y tocar teclados en directo mientras bailaba acompañada de tres bailarinas perfectamente sincronizadas con la música. Temas de synth-pop perfecto como “Otra era” o “Espada” que en directo resultaron explosivos, con una preponderancia de bajos houseros deliciosamente adictivos. Por cierto, que en este último se subió a hombros de una de las bailarinas mientras blandeaba una espada láser al más puro estilo jedi.

De vuelta al escenario pequeño, fue el turno de los madrileños Trajano!, que se enfrentaron a algún que otro contratiempo con el sonido. Aún así salvaron los muebles y conquistaron al público, ya de por sí entregado a su “post-punk tropical”. En estas estábamos cuando, casi sin darnos cuenta, el Low Festival llegaba a su fin. El broche de oro lo pusieron los Ochoymedio DJs, con una sesión muy festivalera en la que no faltaron sus habituales hits de todas las épocas y estilos. En definitiva, una edición repleta de sorpresas y confirmaciones en la que las bandas y artistas patrios fueron (pese a algún que otro concierto de altura) sin duda, los grandes protagonistas.