Con un cancionero trufado de clásicos era difícil que R.E.M. decepcionasen en su nueva visita a nuestro país (tras una fugaz gira hace diez año, su participación en el festival Gutiérrez y un exclusivo showcase en Madrid). Si atendemos también al compromiso socio-político que les sitúa entre los grupos más sintonizados con la realidad, en cuanto a mensaje se refiere, del momento, tampoco iban a defraudar a su público, que se supone alrededor de los treinta y concienciado. Pero, aún así, no coló. Primero por el sonido, que, de tal filtrado y pulido, nos llegó como enlatado, sin vivacidad, sin chispa. Segundo por un repertorio mejorable a todas luces. Hubo olvidos imperdonables y un sinfín de minutos totalmente obviables (¿por qué se empeñan en mantener en la gira “Permanent Vacation” y “I´m Gonna Dj”?). Aunque el fan más entregado o el buscador de momento también pudo extraer sustancia, sin duda, a ese comienzo con “Finest Worksong” -que nadie coreó-, con la perfectamente interpretada “Life And How To Live It”, o al silencio sin mecheros (¡por fin!) de “Everybody Hurts” y “The One I Love” o la inesperada “Fall On Me”. Durante las dos horas justas de show, Stipe, Mills y Buck, acompañados a los teclados por Ken Stringfellow (The Posies), Scott McCaughey (Young Fresh Fellows) a la guitarra y Bill Rieflin (ex Ministry) a la batería, encantaron a dieciocho mil espectadores como pocos saben hacerlo, rozando la épica de estadio en varias ocasiones, pero dejando vacíos (de contenido y de, dicho sea de paso, presencia escénica). Con Stipe erigiéndose en auténtico protagonista de la velada, los de Athens sí consiguieron que sus incontestables himnos solventasen el desaguisado y pusiesen a la audiencia en ebullición puntualmente (de hecho, únicamente cuando sonaron “Losing My Religion”, “Imitation Of Life” y “Man On The Moon”), por mucho que fuesen interpretados con previsible aunque bien camuflado automatismo