Desde hace cinco años, el bucólico Parque da Cidade de Oporto alberga una edición algo más concentrada del festival barcelonés, gracias a la asociación entre Primavera Sound S.L. y la empresa portuguesa Palco da Primavera, de la cual surgió la promotora Pic-Nic Produçoes.

En estos años, muchos de los nombres más destacados de las ya 15 ediciones de Barcelona han pasado por los cuatro escenarios de Oporto (de Lou Reed a My Bloody Valentine, The Cure, Pulp o Swans), consolidando a la edición portuguesa como festival de referencia europeo.

Era la tercera vez que acudía al evento, con cierta aprensión teniendo en cuenta que los abonos de tres días se habían agotado hace semanas, lo que auguraba una avalancha de público; sin embargo, la reciente edición mantuvo el carácter tranquilo de sus inicios -uno puede degustar un vino Oporto o una sidra antes de ir al siguiente concierto o incluso viéndolo-, con un equilibrio envidiable entre público y comodidad para ver los shows y una organización impecable. El transporte al parque (bus, metro ligero) sigue siendo relativamente bueno, aunque conviene saber que los taxis escasean.

Ambiente NOS

Público internacional

La organización calcula que el nutrido público asistente de este año procedía de hasta 58 países, prueba del tirón que tanto el festival como la ciudad (y la sinergia entre ambos) han generado entre los jóvenes (y no tan jóvenes) portugueses, del resto de Europa e incluso de fuera. Pero aunque Oporto ha acrecentado en estos últimos tiempos (precisamente, en parte gracias al festival) su merecido aura de ser una de las ciudades más especiales del continente, el atractivo cartel de esta edición ha sido determinante. No pudimos verlo todo, como suele suceder en los festivales de estas características (algunos artistas se solapan); pero sí disfrutamos de conciertos memorables y muy diferentes (ya sabemos por la edición barcelonesa: del rock más visceral a la electrónica experimental), que se beneficiaron (como ya es tradición) de un sonido más que aceptable en muchos casos y bueno en algunos.

Personalmente, me quedo con la soberbia actuación, en una primera tarde que amenazó lluvia, de Deerhunter que demostró ser una de las fuerzas más creativas y poderosas del nuevo rock alternativo norteamericano -además de que en directo potencian su sorprendente lado funk-, y con el enorme concierto del trío ruidista-rítmico de Los Angeles, Autolux, una de esas bandas por las que uno no da un euro hace tiempo y que los sagaces programadores del Primavera recuperaron con mucho olfato (el año pasado le tocó a las reinas del pre-grunge Babes in Toyland, que también aprovecharon la ocasión).

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Pero hubo bastante más: la delicadeza de Julia Holter y Cass MacCombs; la intensidad de P.J. Harvey, acompañada por ocho enormes músicos (John Parish y Mick Harvey entre ellos), y que ofreció un espectáculo imponente; la fuerza de unas Savages que se metieron al público en el bolsillo gracias al carisma de Jehnny Beth y el solidísimo trabajo de todas; la segunda juventud que vive Dinosaur Jr, a punto de lanzar su nuevo disco; la irresistible pulsión rítmica de Battles y Tortoise y el rock asilvestrado, con el cuchillo entre los dientes, de Mudhoney, Drive Like Jehu, Ty Segall y la gozosamente habitual banda de Steve Albini, Shellac. Algiers fueron claramente de más a menos, pero también mostraron sus innegables virtudes, con ese improbable maridaje de esencias blues y góspel y vanguardia electrónica. El momento nostálgico de Brian Wilson conmemorando el 50 aniversario de “Pet Sounds” tuvo su aquél, mientras Animal Collective, Beach House y Sigur Rós estuvieron a la altura de las expectativas.

El festival también es, por cierto, una inmejorable oportunidad de ver a bandas portuguesas de referencia en aquel país pero desconocidas por aquí, como Linda Martini, que pueden homologarse a cualquier banda europea de cierta calidad.

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Una ciudad única

Si el festival (cuya sexta edición ya está en marcha) ofrece abundantes razones para visitarlo, la ciudad portuguesa no se queda atrás. La intrincada fisonomía dieciochesca de su precioso gran casco histórico, con sus calles empinadas y la huella indeleble de la riqueza que dejó el comercio del famoso vino de Oporto, es única, desde su catedral fortificada, sus preciosos parques, sus iglesias barrocas o neoclásicas cubiertas de baldosas, las casitas de dos o tres alturas que ahora se rehabilitan como apartamentos y el panorama que podemos ver desde el puente Luiz I que cruza hasta la antigua ciudad de Gaia, donde se encuentran las bodegas, sobre el río Duero.

Cruzar este imponente viaducto de hierro, tomarse algo en el famoso café Majestic de la comercial Rua Santa Catarina Manuel o encaramarse al viejo tranvía desde la zona de la catedral recompensarán a buen seguro al visitante del festival que dedique las mañanas a visitarla. En calles como la Rua do Almada, con sus tiendas y sus bares se percibe cómo la modernidad inconfundiblemente hipster también se está abriendo camino, poco a poco, a su ritmo. Y es que los ciudadanos de Oporto, con buen criterio, no han sucumbido al desarrollismo salvaje y desordenado que, como sabemos, ha arruinado el sabor autóctono de unas cuantas ciudades y barrios de nuestro país.

beach_house_copyright_hugo_lima-001Beach House

Efectivamente, Oporto mantiene rincones de una autenticidad difícil de ver ya en Barcelona o Madrid, como el pintoresco y viejo mercado do Bolhao, donde podremos reponer fuerzas tomando un caldo verde, una sopa de pescado, unas bolitas de bacalao o un polvo (pulpo) a la brasa…la comida de la ciudad, en sus numerosos restaurantes (como el Ora Viva en la zona junto al río) es sencilla, sustanciosa y sabrosísima en su simplicidad de ingredientes de primera (especialmente los del mar). Por si fuera poco, los precios son aún más que asequibles, incluso para el sufrido ciudadano español.

En definitiva, Oporto es un planazo. Y su consolidado festival, una muy buena razón para dejarnos caer por allí. Esperamos ya con impaciencia la próxima edición.

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