Días antes de celebrarse el concierto, se respiraba en el ambiente una extraña certeza de que iba a ser una velada de las grandes. Y no precisamente por su importancia simbólica, mediática o nostálgica –léase Madonna-, sino porque los últimos coqueteos estilísticos de los de Oxford en “Kid A” y “Amnesiac” (disco que venían a presentar a Bilbao en exclusiva en el estado) no admiten medias tintas: maravillan o aburren. Y naturalmente, maravillaron. Con un público entregado desde el primer acorde, Radiohead jugaron a no defraudar a nadie: para empezar, los cinco músicos vinieron provistos de una artillería analógica que abarcaba desde mini moogs, theremines y cajas de ritmos a otra serie de efectos impecables, como por ejemplo el xilófono que abrió “No Surprises”, junto a su rockero formato de tres guitarras. El inteligente uso que hicieron de estos aparatosos cachivaches fue la clave que diferencia a un grupo decente de otro realmente grande, máxime cuando lograron una fidelidad pasmosa a su trabajo en estudio. Eso y la brillantez de su repertorio, que conjugaba sus singles infalibles (“Karma Police”, “Paranoid Android”, “Airbag” o “The Bends”) con temas experimentales -en el buen sentido de la palabra- de sus dos últimos discos (“Idiotheque”, “National Anthem”, “Pyramid Song”), unidos a la sobrenatural voz de un feliz Thom Yorke entregado a más no poder, hicieron de las más de dos horas de show algo realmente especial: intensidad en estado puro, rock intemporal con una visión artesanal de los sonidos más vanguardistas, canciones impecables… además de una asombrosa capacidad de nadar en varias aguas (rock de guitarras, post rock, música electrónica) sin ahogarse. ¿El concierto del año?