Apenas habían pasado seis meses desde que los responsables de unode los discos de la década que viene (he dicho uno de) pasearan sumonstruo llamado “OK Computer” por la barcelonesa sala Zeleste. A pesar de los excesos veraniegos, (Benicàssim, el BAM y la contaminaciónacústica que venimos sufriendo en muchos locales) a muchos todavíales perseguía un eco de esa estelar presentación del mes demayo. Los recuerdos de esas dos especiales veladas no se habían disipadotodavía cuando, de nuevo, Radiohead volvieron a intimidarnos consu música. La perorata computerizada de Mr. Hawkins acerca de una sociedad utópica(“Fitter, Happier”) dio paso a la traumatizante “Airbag”.Más tarde nos agredieron con “Karma Police” (phew!!), “Climbingup the walls” (sin el aterrador grito final) y nos arrebataron la virginidad-espiritual, si queréis- con la tremenda “No surprises”.Una corta pero profunda inmersión en “Planet Telex” y luegosuben a la superficie con “The Bends”. Sobre el escenario, cadauno de los cinco músicos parecía concentrado en su labor.Sí, Thom Yorke cantó como el diablo, pero si alguien brillóde forma individual, ése fue Johnny Greenwood. La auténticaestrella de la noche y, probablemente el que mejor se lo pasó. Comosi estuviera en su habitación de Oxford, echó mano de un transistory experimentó con él y con su guitarra como un críocon juguetes nuevos para conseguir algún efecto sónico. Elresultado entre el público: una pareja abrazada durante una horay cuarto sin hablarse, más allá, una chica llorando a mocotendido durante casi toda la actuación, y hasta mi colega Oscar Brocconfesó haber vivido momentos de perplejidad. Lástima queahora estén de gira por su país llenando estadios de fútbol,con lo bien que quedó “Nice dream” en la intimidad de unasala relativamente pequeña. Su actuación -por lo menos aquí-fue especial, como la más bella explosión interestelar ocurridajamás en este planeta ¿Hay alguien que tenga huevos para dudarlo?