Unos minutos antes de sumergirnos en la sala mediana de Razzmatazz, manejábamos distintas informaciones que hacían presagiar lo que marcaría el rumbo de la actuación que veríamos más tarde. Por un lado, colgaba en taquilla el cartel de “no hay entradas”, lo que hacía intuir una noche de apretones, sudor, mala visibilidad y peor sonido. Por otro lado, la cancelación de gran parte de las entrevistas previstas para aquella misma tarde con distintos medios, debido a la resaca que atenazaba los cerebros de toda la banda tras los excesos con la absenta de la noche anterior, dejaba entrever que el estado de forma de los músicos no sería el más adecuado para enfrentarse a una sala abarrotada. El rumor de que la banda había solicitado, al despertarse esa misma tarde, los servicios de un médico y dos masajistas para que les ayudasen a recuperarse, indicaban lo que más tarde iba a ser toda una realidad: un concierto corto en exceso, lleno de imprecisiones y en el que primó un sonido muy duro (más próximo a Black Sabbath que a Led Zeppelin) carente de esos detalles que enriquecen su propuesta hasta llevarla a la peculiaridad. Con un set basado más en su segundo largo, el irrepetible “Rated R”, con algunas incursiones en el reciente “Songs For The Deaf” (“No One Knows” sonó a clásico ineludible, siendo de lo mejor de la noche), la banda fue a cumplir en todos los aspectos. Cumplió en su incursión de cuatro temas un delgadísimo e irreconocible (desde la lejanía) Mark Lanegan, sin que su torrente vocal nos impresionara demasiado esta vez. Cumplió Nick Oliveri al perderse y reencontrarse con sus cuatro cuerdas y hacer en algunos momentos la guerra por su lado. Y también cumplió un Josh Homme contenido, muy por debajo de lo que su talento a las seis cuerdas exige. Una promesa de algo distinto que se desvaneció en una noche de tremenda resaca.