Las injusticias existen y en este país aun más. Porque lo de Aina no tiene justificación. Una banda de su nivel tendría que ser reverenciada por un público que, por lo general, venera de inmediato todo producto con denominación de origen Washington DC, olvidando que en su propia ciudad hay cuatro chavales dispuestos a comerse el mundo. En esta ocasión, por lo menos, se vieron relegados a un segundo plano por una gran banda, pero cualquier grupo debería pensárselo dos veces antes de enfrentárseles. Sobrios, compactos, de guitarras hirientes, bajo devastador y batería capaz de aguantar el tipo ante un conjunto tan demoledor. Cada vez más alejados del hardcore y más cercanos al rock, Aina parecen dispuestos a llegar muy lejos, de momento aquella noche ganaron a más de un nuevo adepto. Por otra parte, las dudas se cernían sobre lo que ocurriría con Queens Of The Stone Age en esta ocasión: si seguirían fieles a lo hecho anteriormente o, por el contrario, intentarían recrear en directo todo lo bueno de “Rated”. Al final, ni una cosa ni la otra. Sonaron más contundentes y cercanos al stoner que nunca. Ahora bien, olvídense de Nebula, Spiritual Beggars o Fu Manchu, el stoner empezó en Kyuss y, por lo visto, acaba en QOTSA. De sonido atronador, el concierto gozó de dos partes bien diferenciadas. La primera basada en sus temas más directos, muchos de su primer trabajo y con Nick Oliveri como vocalista punkarra. La segunda resultó ser más improvisada, con un par de fragmentos de más de diez minutos que hizo las delicias de los más afines a los desarrollos más densos. Disfrutables a partes iguales, Josh Homme y sus secuaces nos dejaron con la sensación de estar pasando por un buen momento como grupo. A partir de ahí, aunque duren un año o dos décadas más seguiremos recordándoles como una entrañable rareza dentro del complejo entramado musical.