Princess Nokia pertenece a esa clase de artistas que dicen tanto por su música como por sus circunstancias geopolíticas o sus planteamientos ideológicos. Esta semana, justo el día antes en que tenía lugar su primera actuación en Madrid, las principales publicaciones musicales internacionales se hacían eco de su último hito: tirarle una sopa caliente a un racista en el metro de Nueva York. El video se viralizó en cuestión de horas, especialmente al ser compartido por la propia Princess Nokia en sus redes sociales. Ella se mueve como pez en el agua en el lenguaje milennial. Para muestra el público tan insultantemente joven que se agolpaba desde primera hora a las puertas de la madrileña sala Penélope, ahora conocida como Mon Live. Un público que estaba falto de referentes que pudieran combinar con destreza estética y ética.

Nacida en Nueva York hace 25 años con el nombre de Destiny Nicole Frasqueri, su origen portorriqueño y su conciencia de clase son determinantes para entender su mensaje y actitud, alejada de la superficialiad y testosterona que exhiben gratuitamente otras y otros popes de la trap music. Ella es mitad diva, mitad guerrilla girl. Va sobrada de actitud. Tanto es así, que hasta el retraso de más de un hora se convirtió en un elemento más de su espectáculo. El dúo gallego Lowlight, encargados de abrir la velada, se esmeraban en mantener entretenido al público con la inestimable colaboración de Demaro Small mientras los temores sobre una posible cancelación iban creciendo de oreja a oreja (el caso de Azealia Banks hace unas semanas estaba aún caliente). 

Al parecer, Frasqueri se encontraba aún en su hotel, festejando en compañía de un nutrido grupo de locales (Yung Beef y La Zowie, incluidos), mientras apuraba al máximo su llegada a la sala. Los promotores atajaron la cuestión haciéndole entrar por la puerta principal. Flanqueada por su peculiar crew, Princess Nokia subió al escenario  atravesando la abarrotada sala (estaba sold out desde hace meses) ante la atónita y extasiada reacción de sus entusiastas seguidores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin complejos, abrió su demoledor set con tres bombas de su repertorio. En este orden: Tomboy, Brujas y Kitana. De órdago. Probablemente las tres mejores canciones de su repertorio, en las que podemos rastrear aspectos intelectualmente más complejos que los que muestran la mayoría de sus contemporáneos. Tomboy es un auténtico manifiesto acerca de la feminidad y el empoderamiento sexual de las mujeres (“With my little titties and my phat belly”). En Brujas es capaz de cuestionar percepciones normativas sobre la historia colonial reivindicándose como una sacerdotisa de la madre tierra de origen yoruba (“my grandmas was brujas”). A lo largo de su carrera, Princess Nokia ha encarnado una gran cantidad de arquetipos. La versatilidad de su rap le permite interpretar papeles muy diversos. Con cada transformación, su sonido también ha cambiado. Con un pie puesto en el rap clásico de Nueva York y otro todo lo que tiene que ver con Migos, su música mezcla de disco, funk y hip-hop con tambores africanos, extrañas melodías de jazz, sintetizadores electrónicas… influencias dispares y estilos se mezclan a la perfección en su primera mixtape 1992 (año de su nacimiento), reeditada ahora vía Rough Trade. 

Pero no hablamos de música intelectual. Su música es mundana y está destinada a disfrutar sea cual sea el origen del oyente. Su carisma y su energía a prueba de bombas sobre el escenario hace conectar con su propuesta al más acérrimo detractor. En la escasa hora que duró el set no dio tregua. Canto, bailó, sudó e interactuó con el público de mil y un maneras. Se lanzó al crowd surfing, aceptó (y se fumó) un porro, enseño el culo y se hizo selfies con las primeras filas. Pero además tuvo tiempo de lanzar unas cuantas diatribas; del “black lives matter” al “girls to the front”. Princess Nokia recupera la práctica de las riot grrrl de los 90 de invitar a las mujeres de la sala a pasar a las primeras filas del concierto; una actitud inédita en el género hasta su irrupción en la escena. Conciencia feminista, negra, latina y queer. Ahí es nada.

Pero más allá de toda esa batería de recursos político-teatrales conviene destacar el efecto revitalizador de su música tanto a nivel lírico como estrictamente sonoro, así como su linaje con el hip-hop del extrarradio de Nueva York. En temas como Shaggy Denim o sobre todo la estupenda G.O.A.T. se entrega a esa fanfarronada lánguida en la mejor escuela de Wu-Tang Clan, saboreando cada sílaba. Como una Nicki Minaj underground se declara la “perra jefa” sobre un ritmo ominoso, rapeando sobre pantalones pitillo, zapatillas Vans y MySpace. Lo peor en este caso son las deficiencias y limitaciones de su producción (¿cómo sonaría Frasqueri sobre los beats de productores como The Alchemist o RZA?). En cualquier caso, el concierto cumplió con creces. Princess Nokia es justo lo que necesitaba un género que demasiado a menudo olvida de donde viene (y a dónde va).