Había sensación de cuentas pendientes en los aledaños del Palacio de los Deportes. A fin de cuentas, aunque su alcaldesa la tenga hecha unos zorros, la capital es la capital, y sigue manteniendo su orgullo de serlo, así que no acepta de buena gana que un grupo como Portishead haya estado veinte años sin tocar en sus escenarios.

En el interior, la banda se mostró gélidamente elegante, con un diseño de escenario frío y sin aparentes aspavientos, en el que, sin embargo, se combinaban las imágenes tomadas in situ por una decena de cámaras y clips de la banda (las animaciones de Nick Uff para “The Rip”) o imágenes de videoarte (“Lunch Break” de Sharon Lockhart). La manipulación de todas ellas producía un efecto extraño de obsoleta tecnología puntera… Es algo parecido a lo que ocurre con la música de Gibbons, Barrow y compañía: si alguien nos dice hace veinte años que el trip hop seguiría vivo, y que el scratching iba a parecer moderno (como ocurrió en “Over”), le habríamos dicho que se pagara otra. Misterios de la música y, principalmente, de la colección de arcanos que habita en la garganta de Beth Gibbons, auténtico pegamento de la propuesta que transmuta los sonidos más industriales, las imágenes más feroces, en una dulce nana para bebés. Lo sabíamos, pero lo recordamos en cuanto se cantó “Wandering Star” en un face to face al bajista.

El momento álgido llegó pronto, con “Glory Box” y “Machine Gun” (su final con amanecer nuclear y teclados a lo Vangelis fue inolvidable). La única pega fue que con la que está cayendo, como bien nos recordaron sus imágenes más reivindicativas y anti “casta”, una hora y media de concierto pelada se antojó justita. Cuando finalizó “We Carry On” entre los abrazos de Gibbons con la primera fila del público, muchos resoplaron: después de dos décadas, esperaban que se estiraran un poco más en un repertorio que recordó demasiado al que habían ejecutado en festivales recientes.