En una extraña noche de miércoles, el retorno de Polly Jean Harvey a Barcelona se hizo bajo amenazas, medianamente cumplidas, de chaparrón y una época de verano, mayormente, proclive a la escapada fuera de la ciudad. Aun así, unas 3.000 almas acudieron a la llamada de la británica, que ofreció una nueva muestra de su impecable espectáculo.

Arropada por una hueste de nueve virtuosos, ataviados de riguroso negro, no cabe duda de que su tormentoso encuentro con Nick Cave ha dejado secuelas de toda clase. Y es que su banda no deja de ser una versión domesticada a lo Sweep The Leg Johnny de The Bad Seeds. Troquemos a Warren Ellis por el inefable John Parish, además del deje barroco del que hace gala la formación de Cave por lluvias de percusión y nubes densas de metales, y la ecuación no engaña. Así se dejó notar en los temas de su último álbum, el muy a reconsiderar The Hope Six Demolition Project” (2016), y del que “Ministry Of Defence” sonó como si Swans estuvieran de garbeo por las calles de Nueva Orleans. Catatónica.

Semejante alud de intensidad llegó a las primeras de cambio, dentro de un bloque inicial donde tampoco faltó “The Community Of Hope”, una prueba más de su innegable y progresivo acercamiento, desde “Stories From The City, Stories From The Sea” (2000), a Patti Smith. Fue en este tramo inicial donde el concierto cogió mayor velocidad de crucero, sonando una pletórica “The Glorious Land”, en la que el violín tomó un sutil primer plano, ejemplo del minucioso detallismo hilado por su troupe. Así sucedió también en el bloque dedicado a White Chalk” (2007), donde la titular del disco, “The Devil” y “Dear Darkness” fueron cosidas bajo una estremecedora aura espectral.

Tras haber superado el meridiano de la actuación, resulta innegable que la británica sigue ganando matices actorales con el paso del tiempo. Quizá demasiados. Bajo tan milimétrica puesta en escena, el margen de improvisación es, literalmente, nulo. Nada se escapa del guión dispuesto, lo cual no deja de ser ciertamente chocante dentro de una Polly Jean cada vez más realista e implicada con los sinsabores postergados por los poderes políticos y fácticos. De hecho, a buena parte del respetable le sorprendió que no mentara el atentado acaecido hace poco en la Ciudad Condal. Y mejor así, de (aprovechados) artistas borrachos de populismo ya estamos más que sobrados. Y la británica sabe mejor que nadie que el efecto curativo de canciones como “The Wheel” es el remedio más eficaz para perder el miedo y recuperar el pulso al día y día. Por cierto, que dicho corte resonó como escupido desde las entrañas del monte Vesubio. El arreón fue tal que dio la impresión de habernos topado con los bises antes de tiempo. No puede ser de otra manera ante el remozado tribal con el que vomitó la arremolinada “50ft Queenie” -por cierto, única concesión al punk-blues en hueso de “Rid Of Me” (1993)- y la suma riqueza de filigranas instrumentales con la que “Down By The Water” fue redimensionada. Justamente a continuación, nos recordaba que para blues cocidos en el desierto nada como “To Bring You My Love”, con la que John Parish abrió llagas de electricidad arenosa desde las seis cuerdas.

Después de ochenta minutos de perfección aritmética, llegó el consabido bis por medio de “Near The Memorials To Vietnam And Lincoln”, que explota la innegable vena hímnica desarrollada en su último largo, y el hipnótico rezumar elegíaco que inunda la gospeliana “River Anacostia” que confirmó que la noche no tuvo  mácula en lo interpretativo.