En el ecuador de la noche, un gran piano estrenado por Teo Cardalda volvía a reinar en el escenario. Frente a él se situaba Basilio Martí, compañero de Antonio Vega durante dos décadas, que sin previo aviso comenzaba a interpretar una sentida versión instrumental de “Una décima de segundo”. En ese mismo momento, las pantallas gigantes recordaban figuras como las de Tino Casal, Enrique Urquijo, Antonio Flores, Pepe Risi y por supuesto Antonio Vega, pero también a músicos imprescindibles del rock español como Julián Infante o Guille Martín. Ninguno de ellos está ya entre nosotros pero la carga emocional que aún siguen proyectando sus canciones es enorme, y es justo lo que nos reunía anoche en Palacio de Deportes, ahora WiZink Center. Se celebraban cuarenta años del Penta, un bar que es símbolo tanto del barrio de Malasaña como del mejor pop español surgido en la década de los ochenta, y que de algún modo y tal y como aseguraban muchos de los artistas que pasaron anoche por el escenario, representa a todos esos bares que se mantienen firmes en su apuesta por la buena música. Justo en unos días en los que tenemos que lamentar cierres como el del mítico Ruido Rosa de Granada.

De Granada precisamente llegaban Lori Meyers, últimos en sumarse al multitudinario cartel tras presentar su nuevo disco el pasado viernes en La Riviera. Un breve set acústico con clásicos de su repertorio como “Luces de Neón”, “Emborracharme” y la nueva “Siempre brilla el sol” servía de contrapunto a una noche que había comenzado con Teo Cardalda recordando a Golpes Bajos y a Cómplices; Rubén Pozo interpretando “Margot”, de Pereza; y un espídico Bernardo Vázques de The Refrescos cantando, cuál si no, “Aquí no hay playa”. Una banda base capitaneada por Charlie Bautista y Martí Perarnau permitió que durante más de 3 horas los líderes de bandas de distintas generaciones subiesen a defender sus mayores éxitos.

El público, superando en clara mayoría la mediana edad y teniendo en cuenta la nostalgia que lo envolvía todo, estaba más por la labor de cantar “Chiquilla” o “Bailaré sobre tu tumba” que de descubrir nuevos valores, pero aún ese hándicap lograrían caer de pie Alberto Jiménez de Miss Caffeina con “Mira cómo vuelo” y “Ácido” y, sobre todo, una esplendida Zahara que arrancaba con la potente “Crash” y protagonizaba el que quizá fue el momento más emotivo de la noche, engrandeciendo aún más un clásico como “Lucha de gigantes”.

Evidentemente dio tiempo a mucho, entre otras cosas a comprobar por qué canciones ha pasado o no mejor el tiempo. Las hay que se mantienen siempre frescas como las de Los Flechazos (de lo mejor de la noche Alejandro Díez atacando con “La Chica de Mel” y “A toda velocidad”), o las de Los Nikis, con un Emilio Sancho feliz de volver a subirse a un escenario para cantar “Diez años en Sing Sing” y “El Imperio contraataca”, que a estas alturas todavía sigue causando algo de confusión a más de uno en la zona VIP, enarbolando banderas de España con orgullo y satisfacción. A continuación subía al máximo el nivel de agresividad con la aparición de Jorge Martínez, quien prescindía de la mitad de la banda, cómodo sin florituras en su clásico formato trío, para atacar con “Tiempos nuevos, tiempos salvajes”.

La noche continuaba con clásicos entre los clásicos como Jaime Urrutia, rememorando por supuesto a los cada vez más valorados Gabinete Caligari, que daba paso a un Sean Frutos (Second) y su “Rincón exquisito” para a continuación regresar la veteranía con Javier Ojeda y dos temas de Danza Invisible. Se acercaba el final y faltaban por aparecer dos de esos músicos a los que la fiebre del rock and roll ha atrapado para siempre: Ariel Rot y Johnny Burning. El primero la elegancia personificada, recordando tanto a Los Rodríguez (“Dulce condena”) como a Tequila, con una fabulosa versión ralentizada de “Rock and roll en la plaza del pueblo” y un medley con “Necesito un trago”, “El ahorcado” y “Mr. Jones”; y el segundo representante del rock madrileño salvaje y primitivo, del que no necesita calentamiento. Con “Mueve tus caderas” parecía terminar todo cuando, en una sorpresa final, las luces del escenario se apagaban y la banda comenzaba a tocar “La chica de ayer”. El público pasó a ser el protagonista en un karaoke colectivo que cerró una larga noche larga de reencuentros y recuerdos.