El pasado año ha sido clave en la trayectoria de Rufus T. Firefly, con la publicación de un disco como “Nueve” (LagoNaranjaRecords, 14) capaz de confirmar sólidamente las expectativas generadas por entregas previas.

La compleja personalidad de la formación madrileña explotaba así en todo su esplendor a través de una catarsis que ahora trasladan con trabajada fidelidad a sus conciertos. De hecho ése es el fin principal del combo sobre las tablas, en una idea mutada incluso en obsesión tras volcarse el quinteto en lograr una precisión sonora de gran impacto. La épica de las formas contrasta (a la vez que complementa) con el ardoroso realismo presente en una lírica convertida a uno de los principales activos del grupo, a pesar de que las cualidades interpretativas del vocalista Víctor Cabezuelo se encuentren alejadas del virtuosismo para aportar a cambio (aún más) crudeza al conjunto.

Son piezas aptas para estimular situaciones y sensaciones a través de letras devastadoras, que encuentran necesario sustento en lo férreo de la instrumentación. Trazas de shoegazer y dream-pop se unen a una inquietante inspiración creativa marca de la casa protagonizada por indie pop-rock, para sumar siempre en positivo y donde cada punteo, distorsión o golpe de efecto está pensado con intención.

Una evolución siempre creciente a lo largo de ochenta minutos que aumentan en intensidad y complicidad (entre los propios músicos pero también entre estos y el público) a medida que sube la temperatura, hasta terminar en celebrado éxtasis a través de canciones como “Pompeya”, la propia “Nueve” que da título al álbum, “El problemático Winston Smith”, “Midori” o “El increíble hombre menguante”, que en directo acrecientan su hipnotismo.

Los madrileños han alcanzado, bajo la meticulosa dirección de Manuel Cabezalí (Havalina) como productor, un punto de no retorno en el que su crecimiento como banda sucede a pasos agigantados, al ritmo que marca la grandeza de sus propias composiciones.