A menudo sucede aquello tan manido de que los árboles no te dejan ver el bosque y, en el caso de Oques Grasses, es su música vital y festiva la que te impide reflexionar sobre el carácter profundo de sus letras. Harto quizás de esta situación, Josep Montero ha ideado un espectáculo híbrido que tiene más de concierto que de pieza teatral, y que busca sin disimulo que el público se concentre no solo en la vertiente lúdica de sus notas, sino también en la profundidad de unas letras cargadas de máximas.

Para ello se ha valido del trabajo de dos jóvenes actores que tienen la dicícil labor de hacer que el texto cobre cierto sentido. Y es aquí donde reside el principal problema del espectáculo: que sales con la sensación de no haber entendido muy bien de qué demonios va el grueso de la obra. Está claro que la intención es narrar los diferentes estados de un proceso de enamoramiento y que, tras le felicidad inicial que te llena de esa estúpida alegría que te hace invencible, llega la dolorosa etapa del desengaño y el sufrimiento. Está claro también que uno sale convencido de que, pese a todo ese dolor de la pérdida, la historia ha merecido la pena y volverías a intentarlo. Sin embargo, un exceso de cierta formalidad teatral y un texto que no siempre es fácil de asimilar por parte del espectador, acaban provocando que una vez más te fijes en la excelente interpretación que la banda realiza de su cancionero, hábilmente adaptadas a este nuevo formato.

De hecho es precisamente la puesta en escena, con un vestuario que resume la carrera del grupo, más una simple pero efectiva escenografía, la que ayuda que la banda logre una proximidad con el espectador que se agradece. Acaba uno con la sensación de haber presenciado una versión más seria y cuidada de un concierto de Oques Grasses, que la representación dramatizada de unas letras que esconden más de lo que a simple vista parecen. El problema reside también en la poca interactuación entre los dos personajes -masculino y femenino- que van declamando por separado las frases de una misma historia. Aunque no es menos cierto que hay momentos de acierto en la puesta en escena, como cuando ambos actores se adentran en la platea para interactuar con los demás (el público), que son los que acaban salvándote del pozo de la depresión y la soledad que surge tras el fin de una poderosa historia de amor.

En cualquier caso, la experiencia merece la pena y es una ocasión única para disfrutar de la música del grupo de Osona en un formato inédito y más próximo. Además si tenemos en cuenta que es un espectáculo que solo repetirán por el momento en cinco ocasiones más, no tengo más que recomendar a los seguidores de la banda que se dejen llevar por la ensalada de sentencias vitales en la se prodría resumir este “Meravellós desastre”.