Ya lo cantaban Astrud: la nostalgia es un arma. Pero mucho mejor si viene acompañada de un regreso tan solvente como “History of modern”, el álbum con el que OMD rompieron el pasado otoño catorce años de silencio y de paso recuperaban la formación original del grupo hasta 1986. Y así se presentaron en una sala Heineken atestada, pendiente de comprobar cómo ha pasado el tiempo para Andy McCluskey (voz y guitarra), Paul Humphreys (teclados), Martin Cooper (teclados y saxo) y Malcom Holmes (batería).

A lo largo de algo más de hora y media cayeron temas de todos sus discos a excepción de “Liberator” (1993), con mayor peso para “Architecture & Morality” (1981), “Junk culture” (1984) y, sobre todo, el reciente “History of modern” (bastante más aprovechable que muchos trabajos de algunos de sus presuntos vástagos musicales), que acaparó cinco de los veintiún temas de la noche. Nostalgia sí, por supuesto, pero también presente, porque precisamente a este último trabajo corresponden dos de los mejores momentos de su actuación: primero con “History of modern (part I)”, puro trance-pop, y más tarde con “Sister Mary says”, interpretada y recibida como si fuese uno más de sus clásicos de los 80 (y en parte lo es, dado que algunas partes proceden de aquella época). Mención especial igualmente para el electropop de “New babies: new toys”, el tema elegido para abrir un concierto que no se quedó en una simple sucesión de grandes éxitos, aunque fueran estos los más aclamados por una audiencia tan entregada como el propio McCluskey, casi exhausto después de bailar de forma espasmódica y mirar a Humphreys para constatar que la tremenda ovación que siguió al triunvirato de “If you leave”, “Joan of Arc” y “Maid of Orleans” era para ellos. Antes, con “Tesla girls”, ya habían demostrado que el synth pop, un género tantas veces denostado, también tiene grandes canciones.
Padres (musicalmente hablando, aunque también podrían serlo por edad) de muchos de los grupos que han rescatado la etiqueta en los últimos años, de Hurts a los propios Mirrors -que actuaron como teloneros y en media hora apuntaron unas cuantas cosas de valor-, OMD optaron en esta ocasión por dejar la épica romántica en apenas un esbozo para centrarse en un tecno-pop deliberadamente hedonista. Inofensivo incluso, sin que el término tenga esta vez connotaciones negativas, porque “Souvenir” es amable a la vez que pegajosa, lo mismo que “Sailing on the seven seas” o “Walking on the milky way”, precisamente hablando de esos días que ya no volverán. También hubo minutos más prescindibles (“Green”, una desdibujada “Talking loud and clear”) y, faltaría más, aquellos consagrados al karaoke: “Enola gay”, himno ochentero donde los haya, manoseado una y cien veces, tarareado hasta la saciedad y que aquí llegó en una interpretación más por cumplir que por otra cosa; y “Electricity”, paradigma del mejor synth-pop, echando el cierre a un concierto que no traspasó la piel, pero del que en la epidermis se pudo disfrutar a conciencia.