Cuando Lucía tenía diez años, su hermano apareció un mes de febrero en casa con tres discos que la marcarían para siempre: “Evil Empire” de Rage Against The Machine, “Mellon Collie And The Infinite Sadness” de The Smashing Pumkins y “(What’s The Story) Morning Glory” de Oasis. Catorce años después ve por fin en un escenario a los Gallagher. Liam estrena rapado y viste gruesas patillas mientras “Fucking In The Bushes” precede la tormenta. Esa introducción es impagable. Arroja botellas de agua como preparando a las primeras filas, sube el mentón y escupe “Rock’n’roll Star”: “señores, fuimos la banda pop más grande del planeta y nos habían olvidado”. Las cuatro pantallas gigantes les muestran en plena forma y lanzando la pandereta de entre los dientes hacia el público, Liam ataca “Lyla” y “The Shock Of The Lightning”. Durante hora y media Oasis restriegan por la cara su chulería y suben el cuello de sus chaquetones altivos, premiando las canciones de sus dos primeros y sus dos últimos discos, porque todo lo que quedó en medio en su carrera fue una travesía por el desierto. Guiris fríos de cojones, duros, engrasados, que espetan “Wonderwall” y “Supersonic” antes de los bises con las manos en la espalda y el corazón del Palacio en sus manos. Cuando vuelven y regalan “Don’t Look Back In Anger”, Lucía ya comparte su mini de cerveza de nueve pavos con desconocidos que lucen su misma euforia. Juntos se desgañitan con “Champagne Supernova” y “I Am The Walrus” pensando: “¿qué grupo con tantos hits, tiene los huevos de acabar un concierto con una versión y dejar a todos contentos?”. Oasis lo hicieron, justo antes de que Lucía devolviese su cara al frío de Madrid dándose cuenta que para otra vez le deben “Live Forever”.