La misma formación que ha alumbrado recientemente “Grinderman” sale al escenario bajo unas luces tenues y una expectación inusitada: James Sclavunos a la batería (Sonic Youth, Lydia Lunch), Martyn Casey (The Triffids) al bajo y Warren J. Ellis (Dirty Three). Poco después, con el público ya en pie y a gritos, aparece Nick Cave, brazos en alto, reverencias cada tres pasos y dando las gracias antes de sentarse ante el piano. Suena el tema homónimo de su último disco con The Bad Seeds, “Abattoir Blues”, al que consigue imprimirle más fuerza que en el disco gracias a una voz tan grave como tierna. Aunque, sin duda, su faceta de bluesman elegante y de semidios por encima del bien y del mal se impone al de vástago esquizoide del post-punk. No olvidemos que estamos en un precioso teatro y que sonará “lo mejor de su carrera” que reza el folletito de la entrada obvia, por ejemplo, su escalofriante y magnánimo debut con los Bad Seeds, “From Her To Eternity”, pieza clave en su trayectoria. Caen joyas de los ochenta (“Sad Waters”, “Deanna”), pero para el recuerdo queda la interpretación de “Tupelo” con una voz traída del infierno y un Warren Ellis en su máximo grado de enajenación. Ojo, durante la dos horas que dura el concierto la vista se va ,a partes iguales, al impoluto piano y a ese violín loco en manos del genio con pinta de sin techo. Principalmente, Cave repasa sus discos de estas dos últimas décadas, mucho más apropiados, debe de pensar, para el público burgués en su mayoría, que le está viendo. Y así, “The Weeping Song”, “Jack The Ripper”, “Henry Lee” (donde no se echa en falta a PJ Harvey, por cierto), “God Is In The House” (con el público rendido a sus pies), “Rock Of Gibraltar”, un sentido “Hallelujah” y la eucaristía en que acabó convirtiéndose “The Lyre Of Orpheus” con más de mil personas coreando “O Mamma”.