Enfrentarse (el verbo asistir se me queda muy corto) a un concierto de Napalm Death,, no es como acudir a un recital cualquiera con cuatro tipos usando sus instrumentos musicales. La propuesta de los ingleses es conectar con la parte más primigenia del público. Buscan aturdir, machacar la cabeza como si usaran un martillo, provocar un estado de shock en el oyente para después manejarlo a su antojo. Buscan crear una catarsis colectiva por medio de una batería implacable y un bajo y una guitarra que no ofrecen paz durante casi hora y media. Grindcore que lo denomimaron algunos críticos hace ya más de dos décadas (un estilo también impulsado por Carcass). Y el caso es que estos cuatro músicos siguen siendo considerados como los reyes indiscutibles del género, por lo que no es extraño que fueran recibidos como tal en un abarrotada Sala López.

Saben que no es bonito seguir viviendo de las rentas y arrancaron casi de la misma manera que lo hace su último trabajo, “Utilitarian” (2012), con el que siguen fieles a su estilo, aunque abran con un tema instrumental (“Circumspect”) y alguna canción consiga tener casi una melodía (“The wolf I feed”). La banda se mantuvo sobria, perfecta, muy profesional. Sin descanso. El vocalista Mark BarneyGreenway, aunque algo fondón, no ha perdida ni pizca de poderío vocal (gutural, por supuesto) y sabe arengar a las masas.

Mucho más disfrutables en directo que en disco, supieron canalizar toda la rabia para llegar a un público que no les defraudó tampoco. Pero la catarsis fue total en la parte final de la noche en la que recurrieron a dos de sus álbumes más celebrados “From Slavement to obliteration” (1988) y “Scum” (1986), con los que cimentaron su estilo con temas de apenas un minuto. Por supuesto tocaron “I suffer”, y dos veces, por si a alguien le pilló en el baño.