Algo pasa en la música. Ésa es la frase que todo el mundo repite. Bueno, pues debe ser verdad. Por ejemplo, ahora vienen Nada Surf y revienta una sala que se le quedaba grande cuando sacaba discos mejores. Está claro que algo ha cambiado. “¿Tenemos todos disco nuevo?”, preguntaba el cantante, Matthew Caws, en un momento de la actuación. Ah, que regalaban disco a todo el mundo con la entrada. Bueno, aun así, algo pasa en la música. Siempre pasa algo, claro. Y los de Nueva York lo han ido viendo todo desde que aquel “Popular” en 1996 casi les colgase el cartel-epitafio de onehitwonders. Desde entonces se han dedicado a esa cosa tan rara que se llama componer canciones. Decididamente no son héroes del geek rock como los inefables Weezer, ni tampoco —aunque tengan momentos tan infalibles como los de “Killian’s Red”, “80 Windows” o “Do It Again”— miembros de la oficialidad indie como Death Cab for Cutie. ¿Cuál es su secreto, entonces? A lo mejor es tan sencillo como que, ya lo hemos dicho, Nada Surf hacen canciones, y muchas de ellas son muy buenas. Y a la gente le gustan. Por eso la gente es muy importante para Nada Surf. Ellos regalan sus canciones porque saben que la gente (que hace que toquen en la sala Heineken en lugar de en Moby Dick) se las va a bajar de todas maneras. O invitan a todo el mundo a invadir el escenario con la confianza de que, aunque vayan a subir cincuenta personas (que subieron), no va a pasar nada raro ni se va a romper nada. Su secreto es no ir de nada que no sean. Con las canciones por delante, se suben a un escenario a cantar “All I wanna do is make you happy” o “I wanna know what is like on the inside of love” y no resultan ñoños en absoluto. Sean malos, hagan la prueba e imaginen aquí a su luminaria indie favorita.