Empezar un concierto con una bola de fuego saliendo de la pista del estadio, es dar un puñetazo encima de la mesa y gritar: “aquí estoy yo, hemos venido a hacer un concierto de rock”. El espectacular inicio del show de Muse, con la épica “Supremacy”, hacia presagiar un concierto histórico, por lo menos en cuánto a lo visual. En ese aspecto dieron en el clavo. Hablar de concierto en el caso de Muse es hablar de robots gigantes que bailan, ejecutivas que beben gasolina en medio de una performance, un trapecista saliendo de un globo aerostático con forma de bombilla o espectaculares animaciones con Obama y Merkel bailando al son de “Panic Station”. Muse se han propuesto hacerlo bien, y hacerlo a lo grande, aunque esto choque con la crítica social de  opulencia que plantean en sus enérgicos directos. Pero, por suerte, la pirotecnia no servía para tapar deficiencias musicales, como suele ocurrir en las divas pop.

Muse ofreció un concierto imponente, en el que destacaron sus canciones más rockeras y guitarreras, y sobre todo sus clásicos: “Hysteria”, “Time Is Running Out”, “Stockholm Syndrome”… También hubo sitio para los aires de grandeza en los que se ha instalado Matt Bellamy, al más puro estilo Queen, con canciones como “Survival” o “United States Of Eurasia”, así como para las versiones de “Dracula Mountain” o “Feeling Good”. También hubo bajones de ritmo (necesarios para que volvieran los subidones), como la extraña “Follow Me”, la psicodélica “Madness” o la aburrida “Undisclosed Desires”, canción que aprovechó para bajar a saludar al público, colgarse una bandera española en el cuello y recibir el silbido atronador del estadio. No le salió bien la jugada. Alguien debió informar a Matt de la situación política española antes de los bises (el chico parecía no enterarse de la misa la mitad) y, para compensar, terminó “Uprising” con un “Barcelona, t’estimo”, para meterse en el bote de nuevo a los que había perdido minutos antes. “Starlight” fue la inesperada última canción del repertorio. Y es que, cuando todos pensábamos en ver un imponente final a la altura del principio del concierto, el más difícil todavía, la bola de fuego final, un “MK Ultra” como guinda, con el que nos dimos cuenta de que ya había terminado todo. Todo lo bueno se acaba, ¿no?