Sus discos no tienen esa capacidad, pero sus directos… sus directos son otra historia. Eso sí que emociona a cualquiera. El pasado sábado, contemplar el Palacio de Deportes convertido en una Misa-Muse, con cerca de 18.000 creyentes dispuestos a levitar, dejó bien clarito que era una de esas “grandes ocasiones” en las que o te dejas llevar, o mejor no te dejes caer por allí.

Y eso que la cosa empezó algo extraña. Bajo el manto de luces rojas, el trío salió vitoreado a escena para atacar el dubstep infernal de “Unsustainable”, y uno no podía dejar de preguntarse “¿están tocando sus instrumentos?”. Sonó exactamente igual que en el CD de “The 2nd Law”, y eso sólo se debe ser posible con pregrabados. Además, es un corte que hubiera funcionado muy bien como una introducción enlazada inmediatamente con el siguiente tema, pero no fue así. El estruendo terminó, dejando unos segundos de silencio antes de que empezara la música de verdad. Así, pareció algo casi forzado y fuera de lugar.

Con “Supremacy” empezó el concierto propiamente dicho, y si el sonido ya había sido epatante, ahora era directamente imposible. Cómo se puede sonar así de limpio y atronador al mismo tiempo, es un secreto que muy pocos deben conocer. Sorprendió ver a Matt Bellamy convertido en el Dave Grohl del rock épico, moviéndose sin parar por todo el escenario, animando el cotarro con mucha más empatía que en otras ocasiones. Y así, para el cuarto tema, “Super Massive Black Hole”, el recinto ya estaba hecho trizas.

Mesiánico y todopoderoso, Bellamy ofreció imágenes icónicas de sí mismo al interpretar “The Resistance” como una verdadera deidad, cuyos gestos eran obedecidos por la masa rendida a sus pies. Que hay que dar palmas, se dan, que hay que agitar los brazos hacia arriba, se agitan, que hay que gritar, se grita. Si uno no es muy fan, por un momento la cosa da que pensar… ¿de verdad pintamos así de cómicos, frívolos, fútiles cuando nos venimos arriba con nuestros respectivos guitar-heroes? Sí amigos, todos nos ponemos muy tontuelos. No hay nada de lo que avergonzarse, al contrario.

Porque espectáculos totales como los del sábado apelan a nuestro lado más instintivo, que, cosas que pasan, suele coincidir con nuestro lado más infantil. Posiblemente eso mismo ha llevado a Bellamy a plantear una puesta en escena como esta para esta gira, basada en “The Wall” de Pink Floyd, seguramente unos de sus ídolos de su pubertad. Una pirámide de pantallas gigantes descendió poco a poco del techo, para después bajar pieza por pieza hasta alcanzar su vértice y empezar a invertirse engullendo por completo al grupo. Sin embargo, la significación fue totalmente distinta a la pergeñada por Roger Waters. Él quiso escenificar su sensación de distancia respecto al público, pero a Bellamy eso no lo va. Sí el lado estético gigantista, pero no el mensaje. Él no siente esa distancia. De hecho, pasada la primera mitad del concierto bajó al foso para chocar esos cinco con toda la primera fila de fans. El otro gran momento de sorpresa fue su tropezón. Sí, el impecable frontman se cayó al suelo de boca en “Panic Station”, pero salió indemne cual Axl Rose del siglo XXI.

“Time is running out” enfiló la apoteosis de tal manera que hasta “Liquid State”, cantada por Chris Wolfstenholme, sonó temebunda. Y si Bellamy estuvo soberbio en “Undisclosed Desires” –uno de los instantes más espectaculares en cuanto a iluminaciones y lasers-, imagínense al enlazar “Plug in Baby” y “New Born”. Otro tema que no esperábamos que funcionara de forma tan colosal fue “Uprising”. Ahí sí que hubo sensación de estar ante la banda más poderosa del planeta, pese a quien pese, incluido servidor. Y es que como una ola, que diría la Jurado, la fotografía del público hacía contener el aliento. Impresionante la entrega de la parroquia, especialmente con los emotivos versos de “Knights of Cydonia” (You and I must fight to survive…), ya en la recta final.

Sólo quedó una cuestión en el aire. ¿No fue más impresionante lo de las torres de la anterior gira? Quizá sí. Y eso sería un fracaso en toda regla para Bellamy y los suyos, que si en algo se esfuerzan, es en llevarlo todo siempre más allá, en superar lo ya hecho. Pero a ver quién es el listo que habla de fracaso. Con semejante monstruosidad de casi dos horas de duración, no hay quien proteste, no hay quien dude de pregrabados, no hay quien se atreva a criticar sus discos recientes, no hay quien se resista a ellos. Y así no vale.