Si el año pasado, en su segunda edición, hablábamos de confirmación y de asentamiento del festival Mugako, en esta tercera edición, quizá debemos empezar a hablar de proyección. Y es que Mugako apunta alto, y no necesariamente en el sentido de crecimiento de público o de espacios en los que se desarrolla, sino más bien en su nivel de repercusión y de influencia a nivel internacional. Existen pocos festivales con la coherencia, el compromiso y el mimo que Mugako muestra por una filosofía, por una manera de entender la música electrónica muy particular. Audaz, abierta, avanzada y al mismo tiempo profundamente respetuosa con su historia y su bagaje, para buscar y encontrar a menudo ese perfecto equilibrio entre la experimentación, la ruptura y la tradición del club de baile. Un terreno que lejos de resultar limitante o monocorde, puede resultar enormemente fértil y variado, como esta tercera edición ha venido a demostrar, con una serie de actuaciones para todos los gustos de muy alto nivel general y en algunos casos, realmente deslumbrantes.

Desconozco hasta qué punto fue algo deliberado en la confección del cartel o se debió al “contagio” entre unos artistas y otros a la hora de afrontar sus respectivos sets, pero lo cierto es que hubo una tendencia mucho más marcada hacia el baile y la rítmica pura y brutal durante la jornada del Viernes que en la del Sábado, en la que hubo lugar a abstracciones más pausadas o más centradas en las texturas y los matices del sonido (ojo, no por ello menos brutales, pero eso ya lo cuento más adelante..)

A Katza le correspondió el ingrato honor de inaugurar las actuaciones del Festival, por aquello de tener que hacerlo a primera hora de la tarde ante un público aún escaso, frío y un poco despistado todavía. Pero en pocos minutos nos hizó olvidar la incomodidad de la situación para abstraernos del mundo exterior con un set bizarro y fascinante que lo mismo recordaba a los Coil más misteriosos que sugería aromas folklóricos de los balcanes o se atrevía con apuntes de trap en castellano. Ecléctico, exquisito y un punto mágico. Katza en estado puro.

Le siguió Jose Cabrera –JC- (foto superior), alma mater del Festival en su organización y sobre todo orientación artística, con otra de sus pequeñas lecciones magistrales sobre las esencias del electro y el techno. Un placer que empezaba ya a sugerir la tormenta de bpm’s que nos vendría encima en pocas horas. Pero antes de ello pudimos disfrutar de dos de los –a priori- platos fuertes del festival, Croatian Amor y Värg. El primero confirmó todas las expectativas con un set espectacular en el que moldeó, extendió, mezcló y transformó las bases de un disco como Love Means Taking Action, bello de por sí, para crear algo aún más físico, más extremo en todos los sentidos y en definitiva, y si cabe, aún más hermoso. Un show impactante que dejó muy buen sabor de boca. No se puede decir lo mismo de Värg, sin embargo. Su show dejó fríos a muchos de los presentes y en ningún momento pareció terminar de comunicar o de conectar con nosotros. Su set resultó quizá excesivamente etéreo (se centró en su vertiente más ambient y abstracta) para el entorno del Festival. No le faltó intriga, misterio y un logrado aire de amenaza constante pero supo más a un apunte de un concepto aún por desarrollar – o a una improvisación a la que no se encuentra forma de concluir- que a otra cosa.

A partir de ahí, quizá por contraste, quizá por contagio, o porque estaba perfectamente premeditado Voiski (foto inferior), Silent Servant y Phase Fatale nos sometieron a cerca de 5 horas de brutal y adictiva rítmica techno. Prácticamente sin pausa, en una vuelta de tuerca constante que obviamente produjo cansancio físico pero en ningún momento sonó autocomplaciente ni “facilona”. Mérito de tres DJs en estado de gracia y mención especial por mi parte, para Silent Servant que, en su aparente sencillez machacona, me acabó pareciendo uno de los sets más impresionantes a los que jamás he asistido.

Como adelantaba, el sábado tuvo en general un sabor (o más bien mezcla de sabores) completamente diferente. Si bien se inició con otro delicioso set de electro/techno por parte de Annie Hall, secundado más tarde por un histórico como Zenobit3 que hizo honor a su bien ganado prestigio para hacernos vibrar con su contagiosa vitalidad, ya el propio set de Annie derivó a oscuridades y aristas más abruptas en su tramo final, anticipando una tarde llena de excitantes retos. El primero el protagonizado por Roots In Heaven (foto inferior), que con su habitual parafernalia en escena (su inseparable máscara, la luz tenue y una enorme sábana negra translúcida en la que se proyectaban textos y gráficos de aspecto medieval) nos invitó a sumergirnos en un pequeño océano de sonidos, con una base rítmica pausada y austera bañada en oleadas de drones analógicos de ida y vuelta, en un ondular constante que hacía evolucionar lentamente pero en todo momento la música. El efecto fue hipnótico sin duda, pero este es un adjetivo del que se ha abusado mucho y está muy desgastado, por lo que no sé si hace justicia al poder alterador que tuvo. Pero puedo asegurar que resultó muy reconfortante y además demostró que no hay estilos que encajen o dejen de encajar mejor entre ellos (recordando lo dicho en torno al set de Várg del día anterior). Se trata de actitud y de mensaje, y cuando este último se hace llegar con esta maestría, las fronteras se disuelven totalmente,
Yves de Mey planteó un reto más próximo a la arquitectura sónica, a una geometría angulosa y asimétrica de ritmos y texturas, muy en la onda de los sellos Spectrum Spools y Mego para entendernos. Resultó la actuación más abstracta y compleja del festival en su concepción pero Yves supo desarrollar una excitante narrativa en toda la evolución de la pieza que nos mantuvo en vilo constante. Gran trabajo por su parte.

Pero la excitación de la sorpresa y del descubrimiento fue sin ningún lugar a dudas, para Jasss (foto inferior). La asturiana dejó boquiabiertos a todos los presentes con dos horas a los platos en los que cupo literalmente de todo (de postpunk, a swing, a dub, a blues o a drum’n’bass, incluyendo un ferviente homenaje a sus paisanos de Fasenuova) y aún, tres días después, nos preguntamos cómo fue capaz de enhebrar en un todo tan coherente y tan impactante a la vez. La revelación del Festival con todo merecimiento. Atentos a Weightless, el disco que acaba de publicar en Ideal Recordings, porque esta chica va a dar mucho que hablar.

Es posible que durante las siguientes dos horas estuviera aún noqueado por los efectos de la actuación de Jass pero lo cierto es que ni Rrose ni Kassem Mosse satisficieron al 100% mis (por otro lado, enormes) expectativas con ambos. La coincidencia de ambos exactamente a la misma hora obligaba además a perderse parte de sus sets y a no poder emitir un juicio completo de los mismos. Me decanté por Rrose y asistí al inicio de la actuación de Kassem, que aquejado por algunos problemas de sonido, comenzó de forma un poco fría y tímida, y no pareció sentirse del todo a gusto. Por su parte Rrose desplegó una propuesta sonora intachable, de enorme calidad y finura. Pero me dio la sensación de una excesiva contención, de una ensoñación que no se materializa nunca. Puede ser una cuestión de puro rigor conceptual y estar así concebido y como tal tendría sentido en el conjunto de su vasta obra, pero precisamente, dado el inmenso potencial que ésta alberga, uno esperaba que hiciera más daño y se mostrara de alguna forma más incisiva, más terrenal y carnal. En cualquier caso, no se puede hablar de decepción en ninguno de los casos. Ambos cumplieron y se trata de apreciaciones puramente personales.

Lo cierto es que tampoco es sencillo tener una perspectiva clara de esas dos actuaciones con lo que vino inmediatamente después. La desbordante actuación de Damien Dubrovnik (foto inferior) lo cubrió todo con su magma corrosivo. 40 escasos y feroces minutos de ruido libre, a modo de performance confrontacional, con Loke desgañitándose y retorciéndose en torno al micro, y Christian golpeando sus “instrumentos” a modo de planchas metálicas con amplificación, contra las vigas de la sala, que sonaron creíbles, verdaderos y poderosos. Damien reventaron todos los esquemas preconcebidos que pudiera haber en torno al contenido y a la estética de este Festival. La sala quedó vacía tras la tempestad. Muda. Arrasada. Limpia. Feliz. Tabula rasa para buscar nuevos retos el año que viene.

La fiesta y el baile continuaron con Galaxian (foto encabezado), DJ Pete, Lucy y Paula Temple en la sala Este y después en Kubik. Así es Mugako, y su prodigioso equilibrio. Que no decaiga.