Por mucho que haya quien añore el pescaíto frito y la familiaridad de las tabernas del Puerto de Santa María (Cádiz), el traslado del Monkey Week a Sevilla se ha saldado con éxito. De hecho, el festival ha doblado el número de asistentes a sus jornadas profesionales y estima un aumento de público de los 5.000 del año pasado a los 8.000 de este año. Es obvio que nunca llueve a gusto de todos, y la prueba es que desde algunos sectores de la sociedad sevillana ya se han criticado el ruido y las molestias que acarrea la cita a quienes residen en las inmediaciones de la Alameda de Hércules, que es su nuevo entorno urbano. Doctores tiene la iglesia entre la prensa local que ya se han pronunciado al respecto, aunque desde un punto de vista externo, quienes venimos de fuera -y soportamos con estoicismo la insufrible jarana de festividades como las Fallas de Valencia, durante más de una semana del mes de marzo- no podemos menos que relativizar y poner en cuarentena cualquier mohín de esa índole. Más aún cuando el entorno de la Alameda sevillana se nos antoja como uno de los mejores circuitos urbanos de música en directo de los que nunca hemos podido disfrutar, imbricando la música pop en enclaves de la ciudad de indudable belleza, al estilo de lo que hacía -y aún en parte mantiene- el BAM de Barcelona en sus mejores tiempos. Sevilla no solo ofrece infraestructuras consolidadas (un gran espacio abierto para acoger dos escenarios, una red de pequeñas salas cercanas, un amplio centro cultural como base de operaciones, un teatro y la cercanía al Teatro Central, con tan solo cruzar el río), sino que también acercaba el festival a una capital mejor conectada con el resto del estado, que es de donde al fin y al cabo procede la mayoría de participantes en sus jornadas profesionales y gran parte del público. El Monkey Week consolida, con este traslado, su carácter de cita híbrida, mitad feria musical, mitad festival de pequeño formato, funcionando como punto de encuentro de diferentes agentes de la industria musical y expositor de una larga retahíla de conciertos y showcases, configurados a modo de menús de degustación.

En el apartado estrictamente musical, el Monkey se saldó como un variado muestrario de algunas de las tendencias más efervescentes del underground estatal, con especial protagonismo -como es en cierto modo lógico- de bandas de la zona. Los principales titulares, no obstante, se los llevaron los tres músicos que coparon cada una de las noches del Teatro Central: Michael Rother (Neu!, Harmonia), Lee Fields & The Expressions y Niño de Elche con Los Voluble. Al primero de ellos no pudimos verle, pero sí a los otros dos: el veteranísimo Lee Fields (sesenta y cinco años), acompañado de sus Expressions, ofició de inconmensurable soulman de la vieja escuela. Su relectura de las enseñanzas clásicas no aporta un plus de imaginación (ni falta que le hace, él mismo prácticamente pertenece a esa misma generación), ni tritura ortodoxia alguna, pero derrocha oficio, sudor y veracidad. Lo que al fin y al cabo puede esperarse de esta clase de veteranos de guerra, rescatados para la causa del soul clásico. Por lo que resspecta a Niño de Elche con Los Voluble, su espectáculo fue igual al del Sónar hace unos meses: siviéndose de jadeos y onomatopeyas, pasándose la tradición del flamenco por el forro y valiéndose de proyecciones de una crudeza reveladora, que mostraban el sangrante drama de la inmigración, ese quiste que amenaza con conducir Europa a la necrosis, mostrando imágenes de pateras que vuelcan, turistas tomando el sol junto a cuerpos que llegan inertes a la playa o la alambrada fronteriza que separa Marruecos de España. De nuevo, en un punto equidistante entre los arrebatos ruidistas, el ambient, la música electroacústica, la electrónica de desguace e incluso la incitación al trance en su recta final. Y de nuevo tremendo, hay que decir.

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El resto de la programación del Monkey Week fue una interminable sucesión de actuaciones breves que encapsulan el potencial de sus artífices en conciertos de algo más de media hora, dando forma a una programación inabarcable de más de doscientas actuaciones, así que no nos tengan en cuenta la ausencia de nombres, porque al final no queda más remedio que diseñarse una ruta a la medida de cada cual. En la franja alta, como actuaciones destacadas, mencionar a los sevillanos All La Glory, dando buena cuenta de por qué su “Everybody’s Breaking Everybody’s Heart” es uno de los grandes discos estatales del año, balanceando entre las guitarras heredadas del Nuevo Rock Americano y las legadas de la tradición power pop. También sobresalieron el rock recio de hechuras norteamericanas de los vitorianos Izaki Gardenak, la forma de regurgitar el legado indie rock de los noventa y el hervor post-hardcore de los ampurdaneses Cala Vento, cuyo directo crece exponencialmente, los gaditanos Holögrama demostrando que el magnetismo de su cruce entre el trote motorik del kraut, vapores psicodélicos y electrónica de desguace no mengua, o la rocosa e intensa puesta en escena de los sevillanos Miraflores y su rock cavernoso de estirpe australiana y ascendiente detroitiano, así como el solvente concierto de Chencho Fernández en el escenario grande de la Alameda o el músculo shoegaze de los murcianos Noisebox.

Soleá Morente

Soleá Morente

En la zona más templada, sin generarnos tanto entusiasmo pero deparando momentos de indudable interés, el granadino Enrique del Castillo haciendo gala de su electrónica intrigante al frente de su proyecto Las Barbas Indómitas; los daneses The Magnolia Shoals coqueteando con la serena y elegante gravedad de bandas como The National o Tindersticks; Solo Astra con su pop a ratos atmosférico y otras veces acuoso, de corte hipnagógico y levemente psicodélico; el aún indefinido y algo convencional discurso de Soleá Morente, que carece del pellizco de las relecturas más eléctricas del legado que digiere, pero también del de las más aflamencadas; la buena factura -pero también la linealidad- de las canciones de Nothing Places; el oscurantismo rock de Trepàt -que se antoja demasiado deudor de El Columpio Asesino– o el atronador pase del one man band madrileño King Cayman, despachando actitud punk y furibundos perdigones de factura lo fi. El año que viene, más. Y seguramente, mejor.